jueves, 18 de agosto de 2016

Incongruencias


Nos estamos habituando cada vez más a cubrir nuestras expectativas sobre otras personas con  un manto de escepticismo que nos prevenga de los más que probables incumplimientos  de los dichos formulados en un determinado momento.

Recuerdo oír en boca de mis abuelos la tan mentada frase: miren hijos, no se confundan ni se ilusionen en demasía, con lo que la gente nos diga o prometa, recuerden que “del dicho al hecho hay un trecho” y cada vez son menos quienes lo transitan.  

“…Esa confianza que esperamos que nos dispensen los demás, se construye sobre las experiencias que compartimos con esas mismas personas, si podemos ser de confianza como para que nuestra palabra sea suficientemente válida, cualquiera que nos conozca tomará nuestra promesa como una garantía de verdad.

 Así podremos sentirnos orgullosos de ser personas que cumplimos con nuestra palabra, que no prometemos en vano…

“En ocasiones afirmamos cosas que contradicen nuestras acciones. Si digo que soy una persona generosa pero no ayudo a los demás, estoy diciendo una incongruencia, pues lo que digo y lo que hago no coinciden.

La incongruencia no es necesariamente una mentira, ya que alguien puede creer honestamente que dice la verdad aunque sus palabras no sean ciertas. La no correspondencia entre las palabras que decimos y nuestra conducta es la expresión de una contradicción interna.

Si alguien quiere lograr un objetivo pero no actúa en consecuencia nos encontramos con otra contradicción. Así, si digo que quiero mejorar mi inglés pero no estudio más estoy siendo incongruente.”

La incongruencia no debería ser una herramienta de uso circunstancial ni utilizada como un medio válido para “salir del paso”.

Nuestra arma más poderosa es nuestra palabra cuando es refrendada por las acciones, en caso contrario se convierte en un “boomerang” que con  la misma fuerza que lo lancemos, volverá a nosotros tomándonos por la espalda.


Hugo W Arostegui


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