lunes, 15 de mayo de 2017

Mefistófeles


Mefistófeles o Mefisto, son las formas más comunes por las cuales se conoce a uno de los príncipes del Infierno, subordinado a Satanás, como su capturador de almas para el infierno. En muchas ocasiones también se toma como sinónimo del Diablo mismo. Fue antaño un ángel que siguió a Lucifer en su rebelión. Cayó pronto en combate frente a los arcángeles de Dios, precipitándose a la tierra y transformándose en demonio.

Se le representa como un personaje de elegancia y ropas de noble, es extremadamente racional y lo utiliza a su favor para engañar las mentes de los pecadores. No obstante, al ser un demonio es de naturaleza espiritual y no tiene un cuerpo físico propiamente dicho. A pesar de no ser especialmente poderoso ni como ángel ni como demonio, destaca por su extraordinaria inteligencia, la cual le convierte en uno de los principales demonios mayores y lugartenientes de Satanás.

Cabe aclarar que este demonio nunca es mencionado en la Biblia, a pesar de ello algunos escritos apócrifos dicen que fue el segundo demonio que se unió a Lucifer durante la rebelión contra Dios y también el segundo en caer durante la batalla.

Durante el Renacimiento, era conocido por el nombre de Mefostófiles, forma de la cual se deriva una de sus posibles etimologías, según la cual el nombre procede de la combinación de la partícula negativa griega μή, φής (luz), φιλής (el que ama), o lo que es lo mismo: El que no ama la luz. Sin embargo, el significado de la palabra no se ha establecido por completo. Butler menciona que el nombre sugiere conjeturas en idiomas griego, persa o hebreo. Entre los nombres sugeridos, están Mefotofiles (enemigo de la luz), Mefaustofiles (enemigo de Fausto), o Mefiz-Tofel (destructor-mentiroso). Extendido por el Romanticismo y universalizado por el Fausto, simboliza el proceso de pérdida de fe y concreción a lo práctico según un sistema moral relativista propio de las sociedades avanzadas como consecuencia de la Revolución científica y la industrial.

Mefistófeles es presentado muchas veces como una figura tragicómica, atrapado entre su victoria al lograr que las grandes masas dejen de considerar a Dios en el centro de todas las cosas, y su derrota al perder él mismo relevancia por el mismo motivo. En muchas culturas y mitologías se compara a Mefistófeles con Satanás. Lo cierto es que Mefisto, un demonio proveniente del odio hacia las reglas establecidas por Dios, fue la primera estrella caída en la pelea del Dragón y  Miguel,  en jerarquía demoníaca tiene alto rango sobre Astaroth, Azazel, Behemoth entre otros, y es el mal encarnado.

En el aspecto gráfico, Mefistófeles ha sido representado como la representación más "refinada" del mal, utilizando ropas fastuosas dignas de un personaje de la nobleza. Se le suele representar como un ser racional, altamente frío y con un alto nivel de lógica, misma que utilizaría para poder atrapar mentalmente a las personas y hacer que sigan sus oscuros designios. Mefistofeles es considerado el átomo oscuro, la contraparte de Lucifer, pues es el enemigo de la luz, sus características difieren de muchos demonios pues él siente que los humanos no somos dignos de verlo por lo cual tiene muchos demonios a su servicio, simplemente uno de los demonios más poderosos y sin duda el más maligno.

Nos cabe agregar que cualquier semejanza que podamos encontrar con algunos personajes de ambos sexos, o de cualquier otra de las opciones sexuales propias de la diversidad de nuestros días, (con los cuales  mantengamos algún tipo de contacto) donde seguramente encontraremos en la forma de proceder de estas personas algunos rasgos muy característicos por no decir similares al personaje aludido deberemos atribuirlo a la frondosa imaginación de cada lector.

Aunque es conveniente recordar, de acuerdo a los antecedentes de nuestra tradición,  que todo indica que procedemos del mismo linaje y que transitamos por esta vida en condiciones bastante similares.

Para pensar y preocuparse.  Conste que no me estoy riendo


Hugo W Arostegui

Supersticiones


La superstición suele basarse en tradiciones populares que se transmiten de generación en generación. Esto quiere decir que, dentro de una comunidad, los ancestros que sostenían que algunas acciones (como contar con un amuleto o repetir ciertas palabras) favorecían la buena suerte o alejaban lo negativo, transmitieron dichas creencias a sus descendientes.

Muchas son las supersticiones que forman parte ya de nuestro acervo cultural o tradición. No obstante, entre las más significativas se encuentran las siguientes:

• Un gato negro que camina hacia una persona significa mala suerte. Esta es una superstición que emana de la idea establecida por la Santa Inquisición de que ese animal era una reencarnación del Diablo.

• Un cuadro que está colgado torcido que luego se cae supone mala suerte. En este caso, dicha idea es fruto de la creencia que existía en la Antigua Grecia y que decía que si sucedía eso con el retrato de un dirigente, este iba a morir en breve periodo de tiempo.

• Siete años de desgracias trae consigo romper un espejo. Esta superstición, por su parte, emana del hecho de que antiguamente se establecía a ese elemento como un elemento de adivinación y su rotura indicaba que algo iba a ir muy mal.

• Apagar las velas del cumpleaños de un soplido. Esta supone un presagio de buena suerte y tiene su origen en la Edad Media pues fue entonces se puso en vigor como una manera de dejar atrás el pasado.

La ciencia considera que ciertas disciplinas son supersticiones, como la astrología, el espiritismo o el tarot. La superstición, de todas formas, no siempre forma parte de un cuerpo mayor sino que puede ser una creencia aislada.

Al creer en la superstición, la persona atribuye una relación causal entre acontecimientos a una fuerza sobrenatural. Un supersticioso puede creer que un gato negro trae mala suerte y, si se cruza con un animal de este tipo en la calle, preferirá retroceder. Nada prueba, por supuesto, que los gatos negros tengan capacidad de incidir en el destino o en la fortuna.

Por otra parte, si el supersticioso ve un gato negro y luego tropieza, atribuirá la caída a la presencia del felino, por más que haya tropezado porque la vereda estaba rota.



domingo, 14 de mayo de 2017

La Condición Humana


“Hermano, la vida es en todas partes la vida; está en nosotros mismos y no en el exterior”
Quiero recoger hoy un pensamiento que encuentro en una de las tantas cartas que escribió Dostoievski a su hermano Misha. Era el 22 de diciembre de 1849 y le narraba ese último minuto, previo a la ejecución de la sentencia de muerte, condena que había recibido junto con otros compañeros.

Se trataba de un acto de trágico ceremonial. Como se condenaba a militares –Dostoievski lo era en ese momento– se comenzaba por leerles la sentencia de muerte y se les permitía luego besar la cruz; 

les rompieron enseguida las espadas sobre sus cabezas y los ataviaron con camisas blancas para recibir la muerte.

Terminada la ceremonia, separaron a los condenados de tres en tres, para atarlos al poste de ejecución. El primer grupo ya estaba en el poste y Dostoievski pertenecía al segundo. “No me quedaba de vida más que un minuto, querido hermano mío; solo entonces me di cuenta de cuánto te quiero”.

Sin rencor. De pronto, se oyó el toque de retirada. “Nos comunicaron a todos que su majestad imperial nos concedía la vida”.

Aquel hombre superior había vivido, sin morir, el último minuto de su vida; sintió que su cabeza, que creaba y vivía de la vida superior del arte, habituada a las exigencias más altas del espíritu, se la habían arrancado de los hombros; pero contra sus verdugos nunca tuvo rencor.

“Hermano, la vida es en todas partes la vida; está en nosotros mismos y no en el exterior. Pienso que cerca de mí habrá gente siempre y que ser un ser humano entre la gente y mantenerse como tal es cumplir con la vida y con su objetivo”.

En ese último minuto, comprendió mejor que había que defender los principios elementales de la humanidad no obstante las situaciones difíciles que pudieran presentarse.

“He conservado el corazón y la misma carne y la misma sangre, capaces de amar y de sufrir y desear y recordar como antes, y eso es, a pesar de todo, la vida”
.
Amar, sufrir, desear, recordar… y perdonar, para decir con certeza que hemos logrado mantener la condición humana.


Mamá Crea, Mamá Cría,… Mamá

Mientras algunos atribuyen la celebración del Día de la Madre a una estrategia mercadotécnica y comercial, la realidad es que su origen tuvo un sentido muy diferente.

Las celebraciones por el día de la madre se iniciaron en la Grecia antigua, en las festividades en honor a Rhea, la madre de Jupiter, Neptuno y Plutón.

El origen del actual Día de la Madre se remonta al siglo XVII, en Inglaterra. En ese tiempo, debido a la pobreza, una forma de trabajar era emplearse en las grandes casas o palacios, donde también se daba techo y comida.

Un domingo del año, denominado «Domingo de la Madre», a los siervos y empleados se les daba el día libre para que fueran a visitar a sus madres, y se les permitía hornear un pastel (conocido como «tarta de madres») para llevarlo como regalo.

Esta celebración se desarrollaba colectivamente, en bosques y praderas.

Aunque algunos colonos ingleses en América conservaron la tradición del británico Domingo de las Madres, en Estados Unidos la primera celebración pública del Día de la Madre se realizó en el otoño de 1872, en Boston, por iniciativa de la escritora Julia Ward Howe (creadora del «Himno a la república»). Organizó una gran manifestación pacífica y una celebración religiosa, invitando a todas las madres de familia que resultaron víctimas de la guerra por ceder a sus hijos para la milicia.

Tras varias fiestas bostonianas organizadas por Ward Howe, ese pacifista Día de la Madre cayó en el olvido. Fue hasta la primavera de 1907, en Grafton, al oeste de Virginia, cuando se reinstauró con nueva fuerza el Día de la Madre en Estados Unidos, siendo Ana Jarvis, ama de casa, quien comenzó una campaña a escala nacional para establecer un día dedicado íntegramente a las madres estadounidenses.

En memoria de una madre

Luego de la muerte de su madre en 1905, Jarvis decidió escribir a maestros, religiosos, políticos, abogados y otras personalidades para que la apoyaran en su proyecto de celebrar el Día de la Madre, en el aniversario de la muerte de su propia progenitora, el segundo domingo de mayo.

Tuvo muchas respuestas, y en 1910 esta fecha ya era celebrada en casi todo Estados Unidos.
En 1914, el Presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día de la Madre como fiesta nacional, que debía ser celebrada el segundo domingo del mes de mayo.
La primera celebración oficial tuvo lugar un día 10 de mayo, por lo que este día fue adoptado por muchos otros países del mundo como la fecha del «Día de las Madres».

En México, los aztecas ya honraban la maternidad

A la madre de Huitzilopochtli

Honrar la maternidad también fue característica de las culturas que poblaron Mesoamérica antes de la Conquista. Una de ellas, la azteca, rendía culto a la madre de su dios Huitzilopochtli, la diosa Coyolxauhqui o Maztli, que según era representada por la luna.

La mitología cuenta que durante la creación del mundo fue muerta a manos de las estrellas, que celosas, le quitaron la vida para que no diera a luz a su hijo Huitzilopochtli, quien representaba al sol, sin embargo, éste sí pudo nacer, venciendo a las tinieblas.

Los indígenas rendían especial tributo a esta diosa y dedicaron a ella hermosas esculturas en oro y plata, que no sólo revelan profundo sentido artístico sino la importancia tan grande que ellos concedían a la maternidad.

La peregrinación al Tepeyac

El más representativo de estos rituales era el celebrado a mediados de la primavera, en el cerro del Tepeyac, con el fin de honrar a la madre de los dioses, Tonantzin, cuyo nombre significa «nuestra madre venerable».
Los festejos a la maternidad entre los aztecas eran de carácter sacro. Peregrinar desde distintos puntos del antiguo México para honrar a Tonatzin, era un acto de comunión cósmica y una ceremonia de reconocimiento a la propia madre.

Tonatzin, como dice la historiadora Bibiana Dueñas, «era “la Madrecita”, y tenía por mayor atributo la vida; ella la daba. De allí su importancia y su fuerza más grande. Era el elemento vital de la sangre y, por lo tanto, también la guerra y la muerte eran sus atributos». En las fiestas se le invocaba como «madre de las divinidades, de los rostros y los corazones humanos». Tonatzin aparecía muchas veces, según cuentan, como una señora vestida elegantemente de blanco; de noche gritaba y pregonaba.

También cuentan que traía una cuna a cuestas, como quien trae a su hijo en ella; iba al mercado y se acomodaba entre las otras mujeres; más tarde desaparecía, abandonando la cuna por ahí. Cuando las otras mujeres advertían la cuna estaba olvidada, se asomaban a ella y encontraban un pedernal, con el cual se hacían sacrificios en su honor.

sábado, 13 de mayo de 2017

El Presente Con Perspectiva De Futuro


Si solo miramos hacia el horizonte, podemos pisar los brotes germinales y destruir las bases, el fundamento de lo que será nuestro futuro. Muchas veces vamos por la vida con tanto deseo de llegar al futuro que queremos, que destruimos los brotes germinales, que son la base de ese futuro, que está por llegar… Cuando solo vemos el futuro, encontramos que los obstáculos del día a día entorpecen nuestro camino y no nos dejan avanzar, esto pasa por no comprender que ese día a día es lo que sentará las bases de lo que esta porvenir.

Por otro lado pasarnos la vida envueltos en lo cotidiano y no sacar tiempo para pensar en la utopía, en el sueño, en lo que vendrá, tampoco es lo ideal, podemos dormirnos y quedarnos en el aquí, en el ahora, en lo cotidianos, y perdernos de ese futuro que se presenta.

¿Cómo transmitir eso? Hay que creerlo, y vivirlo… pero ¿Cómo transmitirlo? Vivir el presente pero nunca perder la perspectiva del futuro.

Las personas que viven en el futuro tienen un grave problema: no son capaces de aceptar la incertidumbre. La imposibilidad de saber a ciencia cierta qué puede pasar les atormenta, por eso intentan realizar todo tipo de hipótesis que les ayude a estar preparados para lo que pueda ocurrir. El futuro tiene un gran componente de incertidumbre, y cuanto antes lo aceptemos, mejor.

Abrazar la incertidumbre, asumirla como una sorpresa o un desafío nos permitirá liberarnos de esa ansiedad que suele generar lo desconocido y nos ayudará a vivir plenamente el aquí y ahora.

Por supuesto, no se trata de dejar de pensar en el futuro porque siempre tendremos que hacer planes y pensar en las posibles consecuencias de nuestras decisiones, sino de aprender a lidiar con esta perspectiva asumiendo una actitud menos rígida.

Cuando nos liberamos de las ataduras del futuro obtenemos una gran recompensa: el presente.

El presente es con lo único que contamos para cambiar el futuro, por tanto, es nuestra posesión más preciada. Nuestro deber es aprovechar cada minuto porque no tendremos una segunda oportunidad para hacerlo.


Hugo W Arostegui

Goya Y El Racionalismo



Este, es un grabado de Goya, de su serie “Los caprichos”, publicado en 1799. Goya en su grabado habla del  pensamiento racionalista que ha ido ascendiendo en Europa en ese momento mediante un proceso muy brusco respecto a la  estructuración de la cultura y del pensamiento medieval, 

cambiando por completo las formas de percibir el mundo y de desenvolverse en este. En su grabado, él plantea el conflicto que hay entre la razón y  la tradicional forma de pensar. Habla también de las “tinieblas” de la humanidad (la ignorancia, la superstición, la tiranía) que no permiten dejar ver la luz, la luz de la razón.

Por todo lo que implicó la ilustración con respecto al uso de la razón y al surgimiento de un sujeto histórico consciente, lo que Goya expresa es ese despertar, ya no todo lo que lo rodea es divinidad, ni armonía, sino justo lo contrario, el horror porque el hombre se hace consciente de su realidad.

Mi primera  impresión al contemplar esta imagen fue vincularla con nuestra realidad y ver cómo,  al anteponer la razón a las emociones  humanas, como lo dice Goya, puede producir monstruos.

La ciencia  y sus avances por ejemplo, le han  traído grandes beneficios a nuestra calidad de vida, pero a pesar de todos estos beneficios también acarrea  grandes problemas a la humanidad, pues muchas veces sobrepasan los límites de la ética y la moral. 

La cuestión es si estamos como seres humanos, o más bien como sociedad, pagando un precio muy alto,  a cambio de este racionalismo.

Hugo W Arostegui


Lo Que Percibimos


Todos los días, cuando abrimos los ojos en la mañana, nos invade una gran cantidad de estímulos visuales. Los colores y las luces fluyen desde nuestra retina hasta el cerebro, donde los decodificamos. Así podemos saber si hay un día soleado, vemos el color de las cortinas y encontramos la puerta. Sin embargo, dentro de este inmenso cúmulo de información, hay muchos detalles que ignoramos, detalles que no nos resultan significativos.
De hecho, ¿en alguna ocasión te has preguntado cuántas cosas ve tu cerebro que pasan desapercibidas para tu conciencia?

Esta pregunta se la plantearon investigadores de la Universidad de Arizona, quienes monitorizaron las ondas cerebrales de una serie de personas mientras procesaban unas siluetas que se mostraban en el centro de una pantalla y otra serie de formas paralelas que eran perceptibles solo para la visión periférica.

Los investigadores pudieron apreciar que, tal y como afirmaba la teoría, las personas se focalizaban en lo que veían en el centro de la pantalla haciendo caso omiso a las imágenes paralelas. Sin embargo, la actividad cerebral indicó que en realidad sus cerebros estaban procesando esas imágenes paralelas para buscarles un significado, incluso desde el punto de vista semántico.

¿Qué implica esto?

Nuestra visión central abarca poco más de 30 grados mientras que la visión periférica abarca casi unos 180 grados. Por ejemplo, cuando estamos ante un paisaje, barremos rápidamente con la vista toda la zona y buscamos los puntos más importantes para centrarnos en estos. Sin embargo, en realidad estamos viendo mucho más ya que nuestra visión periférica está abarcando un radio más amplio y nuestro cerebro lo está procesando, por debajo del nivel de conciencia. De esta manera, si se detecta algún estímulo que puede llegar a ser peligroso para nuestra integridad, esta información salta a nuestra conciencia y nos da la voz de alarma.
La percepción es no solo nuestro proceso de “asimilar” los estímulos sino es además la manera cómo reaccionamos ante ellos, cómo cada uno de nosotros nos manejamos o conducimos en el entorno que nos rodea y, además, es el mecanismo a través del cual realmente convivimos en sociedad. Entonces, más específicamente, debemos hablar sobre  la semiótica de la percepción.

Todos estamos expuestos a una inmensa cantidad de estímulos a cada momento del día, partiendo por cosas cotidianas y domésticas como el sonido de un despertador o el “ringtone” que asignamos a una persona específica y significativa de nuestra libreta de contactos, las luces de un semáforo, el aroma del primer café de la mañana, el sabor de un postre, el contacto con la textura de una superficie y hasta los más complejos sistemas de signos, por ejemplo, un mapa, un manual constructivo, las letras de un libro, los diagramas informáticos, los datos que refleja un equipo médico para controlar los valores de la respiración durante una cirugía, etc. No podríamos reaccionar ante toda esta avalancha de sensaciones sin la herramienta de la percepción.

Hay que recordar o aclarar que percibir no es sinónimo de “ver”; vemos con los ojos y a través de un mecanismo también maravilloso que es la vista, pero no es suficiente. Percibimos a través de los cinco sentidos y por medio de estímulos que pueden ser visuales, auditivos, gustativos, olfativos y táctiles, y que tienen muchas más categorías dentro de sí mismos, volviendo el proceso de percibir algo muy complejo, específico y detallado.

Estos signos estímulos generan en nosotros sensaciones, las cuales duran únicamente fracciones de segundos para que, al ser asimiladas, nuestro cerebro las convierta en percepciones, involucrando  procesos cognitivos y otorgándoles  significados.

Este proceso continuo e ilimitado es la “semiosis”: la capacidad humana de asignar significado a todo lo que le rodea. De esta manera es como realmente nos comunicamos y es así como la fragancia de un perfume significa para nosotros el recuerdo de una persona en particular, la música y la letra de una canción nos remonta a un momento importante de nuestra vida… un color nos puede hacer pensar en una marca específica y un símbolo nos puede comunicar un concepto.

No podemos hablar de semiosis sin aclarar que la semiótica es el estudio de los signos dentro de un contexto social, por lo tanto ese proceso perceptivo estará siempre condicionado por las características y particularidades de cada uno de nosotros.

Percibimos de acuerdo a quienes somos, a nuestra sensibilidad,  carácter y temperamento,  a nuestro nivel de estudios, nuestra identidad cultural, creencias religiosas, ideologías políticas, tendencias sexuales, género, edad, status social y capacidad adquisitiva, a nuestras experiencias de vida, sean éstas agradables o no.

Es por eso que un diseño no funcionará de la misma manera para un público oriental que para Latinoamérica, tenemos un simbolismo diferente para ciertos colores, palabras y lugares… percibimos diferente.

Podríamos escribir muchísimo más acerca de la maravilla de la percepción pero quizás el punto medular sea que es parte de nuestra esencia, que está directamente relacionada a nuestro ser individual y que constantemente está siendo modificada por todos los acontecimientos, pequeños o grandes, afortunados o no, que marcan nuestra vida. Que con cada nueva experiencia o cambio al que nos enfrentamos modificamos nuestra manera de percibir y que, como dije al principio, la percepción es una herramienta evolutiva que nos ayuda a seguir viviendo y nos permite adaptarnos a nuestro entorno actual, sin duda no es igual al de ayer y será totalmente distinto al de mañana.

La vida cambia y con ella nuestra situación laboral, familiar y emocional, por lo tanto, percibimos siempre de acuerdo a nuestra propia historia.


Hugo W Arostegui