sábado, 5 de octubre de 2019

Inquietud

La inquietud o desasosiego es, según una teoría postulada por Liebert y Morris en 1967, uno de los componentes principales de la ansiedad. El otro componente sería la emocionalidad. Esta última se refiere a los síntomas fisiológicos tales como sudar, sufrir palpitaciones o tener alta la presión arterial.


Inquietudes al azar:

"Aburrirse es siempre responsabilidad de uno mismo, basta con un buen libro para matar el aburrimiento y alimentar el espíritu"
"Hay que ponerse grandes objetivos, pues con esfuerzo y constancia, podemos llegar a conseguir aún más de lo que nos propongamos"
"Hasta lo más aburrido se puede llegar a aprender casi sin esfuerzo de forma creativa y divertida"
"Nunca debemos dejar de aprender ni pensar que ya lo sabemos todo"

Sin Embargo…
Es habitual ver a personas que basan su día a día en perder el tiempo en nimiedades. Aburridos, sin curiosidades, algunos hasta se encierran en una relación de pareja y se aíslan del mundo, a dar sueño a las paredes mientras que, más que refugiarse en esa persona, se apoyan entre sí sin interés de crecer, de conocer, sencillamente conformándose con no caer.

Enganchados al wassap, escuchando todo el día música de discoteca, reuniéndose a tomar el sol, jugar a las cartas, fumar, salir "de fiesta"... Pero sin inquietudes. De hecho, creo que es eso lo que me ha llevado a esta reflexión. Las palabras "falta de inquietudes" son exactamente las que encajan con lo que necesitaba para definir a la inmensa mayoría de personas que conozco. Escuchar los cuatro grupos de música del momento, comprarse un móvil potente cuando no vas ir más allá del Twitter, hacerse con el último iPhone, sumarse a todas las modas absurdas que se expanden viralmente por internet... 

Compran camisetas de grupos que apenas han escuchado, porque así te las puedes dar de "rockero", de "diferente", porque inconscientemente saben que ahí están las inquietudes que te llevan a expandir tus horizontes y poder tener una charla interesante sobre estos temas con otras personas. Pero no lo comprenden. Se limitan a comprarse las camisetas y dárselas de algo que no alcanzan a comprender, a sabiendas de que "por ahí van los tiros", pero que precisamente, por falta de inquietudes, no profundizan. Pasan los años para ellos, entierran las camisetas, las pulseras, las pulseras de cuero, y a vivir una vida insulsa, con medio cerebro secándose irremediablemente sin encontrar nada que les satisfaga.

En mi opinión, son personas sencillas de manipular, que claramente, en algún momento cayeron en la masificación, y que no supieron darse cuenta, y ahora no saben como salir, porque realmente no han aprendido nada en los años más activos de nuestras vidas, y se quedan como zombies. 

Con esto de "la sociedad de la comunicación", se ha acelerado aún más esto de "madurar antes", o mejor dicho, hacer "cosas de mayores" antes de lo que deberían, ¿por qué? Por pura imitación de los mayores, como ha sido siempre.

Sencillamente en algún punto de nuestra historia, la sociedad de consumo hizo "crack", se descontroló y se llevó de un plumazo a los mayores, y poco a poco, los menores empezaron a "imitar", a aprender de sus mayores, a aprender... ¿Qué? 

viernes, 4 de octubre de 2019

Las Infulas


Decimos que alguien “tiene ínfulas” cuando muestra presunción, vanidad o aires de grandeza de una manera desproporcionada y generalmente sin motivo alguno; aparentando cierto “estatus social” o importancia que no le corresponde.

Las ínfulas eran unas cintas que se usaban en la antigua Roma y que los personajes de alta clase se colocaban en la cabeza a modo de diadema, de la que colgaban otras dos tiras conocidas como “vittae” (de color púrpura o blanco).

A mayor número de tiras y mejor calidad en el acabado de las mismas, más importancia, prestigio o relevancia del personaje que las vestía dentro de la sociedad.

El significado de esta expresión es tener mucho orgullo o vanidad. Según José Mª Iribarren: 

"La ínfula era una venda o tira a manera de diadema, de la cual pendían, una por cada lado, dos cintas llamadas vittae. Solía ser ancha, de color blanco y de púrpura, retorcida a manera de guirnalda, y con ella se cubría toda aquella parte de cabeza en que hay cabellos hasta las sienes, atándosela últimamente por detrás con las vittae. Los sacerdotes paganos y los reyes la usaban como distintivo de su dignidad, o a modo de diadema".

También nos explica en su libro que: "con las ínfulas se adornaban los altares y los templos, y particularmente las víctimas que conducían al sacrificio, y se graduaba la importancia de ellas por el número y riqueza de las ínfulas que llevaban. De donde se formó el proverbio primitivo de víctima de muchas ínfulas, que luego se aplicó a los hombres."

Iribarren, José Mª; El porqué de los dichos. Gobierno de Navarra. Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud. Novena edición. Octubre 1996, pg. 22.

Podemos aspirar a ser grandes, pero debemos lograrlo con y entre la gente. La verdadera grandeza no necesita la humillación del resto.

El problema de tener ínfulas de grandeza es que nos pone en el plano de la competencia o en una absurda rivalidad.

Nuestros retos son con cada uno de nosotros. La misión no consiste en subir a la cima solo para gritarlo a todos los vientos. Si nos ponemos a alardear, lo único ‘grande’ que conseguimos es caer en el error de la prepotencia.

Brillar siempre será bueno, pero no podemos “encasillarnos”.

Muchas veces alguien lucha de manera desmedida por llegar a ser el jefe de la oficina, por tener el mayor número de millones en sus cuentas bancarias o por vestir con los últimos ‘gritos’ de la moda.

Suele suceder que cuando se alcanzan tales instancias, los únicos ‘alaridos’ que escuchamos son los de nuestras conciencias, las cuales nos ponen frente a los espejos de la soledad, la tristeza o la depresión misma.

Deberíamos saber que con el solo hecho de tener salud, ya tenemos el brillo terrenal ganado. Lo demás, entiéndase el trabajo, el dinero, el amor o la estabilidad, llegan por añadidura.


Irascible



Irascible es un adjetivo que podemos emplear para referirnos a quien es muy propenso a irritarse o enfadarse. La palabra, como tal, proviene de latín irascibĭlis, que significa “susceptible de encolerizarse”. En este sentido, sinónimos de irascible son irritables, coléricos o iracundos.

De allí que la calificación de irascible recaiga específicamente en las personas que demuestran facilidad para desarrollar sentimientos de indignación o enojo frente a ciertas situaciones o ante determinadas personas: “Cuando María está en sus días se pone muy irascible”.

Irascible, pues, solo puede ser aquel que se encuentre, por alguna razón o circunstancia determinada, predispuesto hacia su entorno: “Desde que su madre lo reprendió en la calle, anda muy irascible”.

La persona irascible, de esta manera, se caracteriza por identificar constantemente, en los otros, señales o actitudes que justificarían un enojo, como una ofensa, una injusticia o un atropello contra su persona: “No lo contradigas en su trabajo, porque se vuelve irascible”.

Irascible en Filosofía

Platón, en el “Mito del carro alado”, consideraba que el alma de los hombres se dividía fundamentalmente en tres partes: la racional, la irascible y la concupiscible, representadas en un carro conducido por un auriga y tirado por dos caballos, uno blanco, bueno y obediente, y otro negro, malo e indócil. Cada una de las tres partes tenía un significado específico:

La parte racional (el auriga) estaba enfocada en las actividades del intelecto y el pensamiento, que son las que conducen al conocimiento;

La parte irascible (caballo blanco), por su parte, estaba vinculada con las pasiones nobles, como la voluntad, la valentía y la fortaleza;

La parte concupiscible (caballo negro), por otro lado, era la que se refería a los apetitos bajos del hombre, es decir, los asociados al deseo y el instinto. 

Decimos que alguien es irascible cuando se enoja muy fácilmente, es decir, alguien sugiere una mínima cuestión negativa sobre él o algo en lo que no está de acuerdo y entonces no tardará en demostrar su enojo, su enfado. Probablemente para alguien que no dispone de esta característica esas cuestiones no sean detonantes de enojos pero para el irascible sí lo serán y lo manifestará con gritos, golpes, insultos, entre otras maneras de expresarse.

La ira es básicamente el sentimiento, la emoción que domina a la persona que se muestra irascible. Incluso, la ira, es realmente fácil de reconocer físicamente en alguien porque se producen modificaciones consistentes en su expresión facial y corporal. Así, quien siente ira mantendrá su ceño fruncido, sus dientes apretados, no sonreirá, e incluso, en los casos más graves de ira se podrán desarrollar ataques violentos a otros individuos o bienes materiales, dependiendo de la motivación de la ira.


Sin dudas la ira es una de las emociones más típicamente humanas y casi todos, sin excepciones, solemos experimentarla alguna vez en la vida, con mayor o menor intensidad, pero todos la transitamos.
La ira es una de las tantas maneras a través de las cuales las personas manifestamos que algo no nos gusta o nos cayó realmente mal.

Ahora bien, es importante que destaquemos que hay personas que son irascibles porque esa característica ya está arraigada en su personalidad, en tanto, hay otras personas que pueden volverse irascibles ante el padecimiento de alguna afección o enfermedad, o experimentar la irascibilidad con determinadas personas que ciertamente le despiertan enfado.

Lo más complicado al respecto de la ira se da en aquellas personas que son irascibles por naturaleza y entonces a la mínima cosa que les sucede o que les provoca alguien la sacan a relucir, y en algunos casos, de maneras ciertamente extremas y violentas.

Los expertos en la materia señalan que le hace bien al cuerpo y al alma descargar la ira pero siempre en la medida en que no se haga daño a nadie. Por caso, en aquellas situaciones en las que se sabe positivamente que no se la domina se recomienda la realización de alguna psicoterapia para atenuarla.


Confines Del Saber


Ha de entenderse que la filosofía no es un cuerpo de doctrina de estándares ciertos e infalibles.

Entonces nos preguntamos: ¿qué viene a ser la filosofía si no ofrece ningún tipo de conocimiento, ni contiene verdad alguna sobre el mundo o la realidad?
¿Cuál es la naturaleza de sus elucubraciones y de cómo le sirve al hombre en los asuntos de orden práctico?

Llama la atención en la actualidad el uso que se hace de la filosofía. 

A veces se tiñe del color de las necesidades e inquietudes humanas en el sentido de que sirve para paliar en algo el sufrimiento por la pérdida de un ser querido o por la angustia del desenlace que trae consigo una enfermedad terminal (un grupo de profesionales hace terapia emocional a un grupo de pacientes, con enseñanzas filosóficas, por ej.). 

Nadie discute la utilización de la filosofía con fines positivos. Se corre el riesgo de un uso espurio y agresivo con intenciones de manipulación y engaño, como sucede en ocasiones.

No se sabe hasta dónde la proliferación de filosofías contribuye a la solución de problemas de vida.

Sin embargo, se piensa que en la medida en que sugieran indicaciones útiles y se ajusten, en cada caso, a situaciones particulares pueden contribuir a la mejor comprensión de los procesos.

No existe proyecto educativo, institucional, empresarial o político que no lleve por justificación una filosofía que traza el perfil de lo se quiere y de cómo conseguirlo. 

Una filosofía que señala los límites de lo que se puede y las restricciones a tener en cuenta para no incurrir en arbitrariedades o en acciones que desdigan de los propósitos. En estos casos la filosofía interviene para señalar los grandes y perentorios asuntos que atañen con el desarrollo libre y sin condicionamientos del individuo.

Se trata de apuntalar mejor la cuestión y de dilucidar de qué se trata. Por ser un ejercicio racional y de compresión conceptual, que conlleva una crítica de las formas en que se puede incurrir en error, esta actividad de dilucidación no es cualquier cosa.

Partiendo de las incertezas humanas el individuo encuentra la encrucijada que es el principio y el fin de sus inquietudes: “sólo sé que no sé nada y al comprender que no sé nada, se algo”


jueves, 3 de octubre de 2019

El Valor De Nuestras Miserias


“No debemos temer nuestras miserias, cada uno de nosotros tiene las suyas”

La reflexión sobre nuestras miserias, aquello que solemos dejar para otro momento, y ese momento que pocas veces llega pues, en realidad, somos nosotros mismos, lo soy yo, quienes debemos respondernos aquellas cuestiones que gravitan –a veces, gritan- en nuestra interioridad, claro está, si aún está en nosotros, es decir, si recreamos asiduamente nuestro diálogo interior, activando el juicio crítico y siendo conciencia.

El aburrimiento es el estado natural de los seres inteligentes, como el gato, y el estado definitivo de muchos de los demás. 

Saber salir del aburrimiento es el reto que tienen ante sí los inteligentes.

Sacudir el polvo de nuestras conciencias nos lleva a respirar mal. De ahí a la asfixia sólo hay algunos pasos. No sería la primera vez que tratando de limpiar nuestra conciencia, nos ahogásemos.


Para evitar el aburrimiento. Lavarse a conciencia, como el gato, nutre y repara las sinapsis de nuestra mente oculta, al parecer. Y convierte un instante vacío en la plenitud ante nuestros ojos.

Purificarnos. He ahí la cuestión. ¿Sabemos lavar nuestros pecados?


Lo que nos han enseñado y lo que hemos ido aprendiendo, a veces, difiere bastante. La verdad es que los occidentales tendemos a ocultar el polvo debajo de la alfombra. Y a tirar la alfombra por la ventana, pero ese es otro tema.


Nos han enseñado, generalmente, a cargar con nuestras miserias, pero no tanto, a limpiarlas. Y así, si ponemos algún empeño en ello, nos cuesta establecer qué hemos obtenido partiendo de donde partíamos.

Esto es, la limpieza de nuestro espíritu es algo que, quizá consideremos, no nos atañe personalmente. Sí en lo colectivo, como sociedad, pero no como individuos. Esta es una de las lacras del mundo occidental.


El abandono del sentido de la pérdida. Ya no sabemos perdernos, no digamos encontrarnos. La noción de pecado se pierde, las culpas se diluyen, ¿qué nos queda? La conciencia de fin, de arribo al final de una época.


Puede que no haya sido tan buena idea la de socializar el pecado, las culpas. Que cada palo aguante su vela. Esa máxima que ha regido buena parte de nuestra historia es lo que deberíamos recuperar.


Si queremos sobrevivir como cultura. El individuo está muriendo y no sabemos qué lo sustituirá. ¿Retrocederemos a estadios de barbarie o daremos un gran salto adelante? La suerte de la limpieza está echada.


Algo Visceral


Las vísceras, también llamadas entrañas, forman parte del aparato respiratorio o del aparato digestivo, como los pulmones, el hígado, el corazón o el páncreas. La noción de visceral, por lo tanto, está vinculada a estos órganos, aunque suele utilizarse de una manera simbólica.

Lo visceral aparece vinculado a una reacción emocional muy intensa, que brota de lo más profundo del interior de la persona (de allí esta denominación). Se trata de algo que el sujeto casi no puede evitar, ya que está encarnado en su interior y que escapa a la razón o la lógica.

Las reacciones viscerales suelen concretarse sin ningún tipo de filtro o control. Por eso es común asociarlas a la violencia o al exabrupto, lo que muchas veces provoca un profundo arrepentimiento en quienes las sufren.

El término visceral remite a lo que tiene relación con las vísceras u órganos internos. 

De modo figurado suele remitir a formas de ser descarnadas y que se caracterizan por una profunda emotividad; en este sentido el término guarda relación ante todo con cuestiones psicológicas. En el ámbito discursivo ordinario es esta segunda acepción la que predomina, dejando el otro a cuestiones propias del ámbito de la medicina. En cualquier caso, la relación entre ambos conceptos se fundamenta en el hecho de hacer referencia a algo vital y de gran relevancia, algo que dista de ser superficial y capaz de ser ignorado.

La tríada visceral tiene que ver con la inteligencia del cuerpo, con el funcionamiento básico vital y con la supervivencia. El cuerpo tiene un papel importantísimo en todas las formas de trabajo autentico porque devolver la conciencia al cuerpo afirma la cualidad de la presencia.

El cuerpo existe en el aquí y en el ahora, en el momento presente, lo que es fundamental para poder realizar un buen trabajo de desarrollo personal.

Cuando en realidad se habita el centro del cuerpo, éste da una profunda sensación de plenitud, estabilidad y autonomía o independencia. Cuando se pierde el contacto con esa fuerza, la personalidad intenta “compensar” proporcionando una falsa sensación de autonomía. Para encontrar esa falsa sensación de autonomía la personalidad crea lo que en psicología se llama mecanismos de defensa. 

Los tipos de personalidad de esta tríada procuran resistirse a la realidad (creando límites para el Yo, basados en tensiones físicas).
Estos tipos de personalidad tienden a tener problemas de agresividad y de represión; bajo las defensas de la personalidad llevan muchísima ira.

El trastorno de personalidad antisocial (TPA), a veces llamado sociopatía, es una patología psiquiátrica. Las personas que la padecen no pueden adaptarse a las normas sociales, como son las leyes y los derechos individuales. Si bien puede ser detectada a partir de los 18 años de edad, se estima que los síntomas y características vienen desarrollándose desde la adolescencia. Antes de los 15 años debe detectarse una sintomatología similar pero no tan acentuada, se trata del trastorno disocial de la personalidad.


Las personas que padecen este trastorno sufren un mal de índole psiquiátrico, un grave cuadro de personalidad antisocial que les hace rehuir las normas preestablecidas; no saben y no pueden moldearse a ellas. A pesar de que saben que están haciendo un mal, actúan por impulso, cometiendo incluso delitos graves. Es común que se confunda este trastorno con otras patologías parecidas, como podrían ser la conducta criminal, el comportamiento antisocial o la psicopatía. 

Pero son trastornos, aunque relacionados, de diferentes características, con otros tratamientos y consecuencias.


Auténticos


La compasión, nuestra capacidad de conectarnos con el sufrimiento propio y de los demás junto a la motivación sincera de aliviarlo y prevenirlo, es instintiva en los seres humanos cuando el que sufre es alguien cercano. Sin embargo, las tradiciones contemplativas sugieren que es posible ampliar nuestro círculo de cuidado y compasión más allá de lo instintivo. 

Cuando la compasión surge en nuestro corazón, nuestra mente se libera del odio, de los juicios negativos y de la preocupación obsesiva por uno mismo, constituyendo una fuente natural de paz interior y exterior.

La compasión es un proceso que se desenvuelve en respuesta al sufrimiento. Comienza con el reconocimiento del sufrimiento, el cual da pie a pensamientos y sentimientos de empatía y preocupación por el bienestar de quien sufre. A su vez, esto motiva a la acción que alivia el sufrimiento.

Los seres humanos tienen una capacidad natural para sentir y expresar la compasión. Sin embargo, el estrés diario, las presiones sociales y las experiencias de vida pueden limitar la expresión plena de esta capacidad. Cada uno de nosotros puede elegir nutrir y desarrollar nuestro instinto compasivo, tal como una planta puede ser cultivada desde la semilla.

Este proceso requiere paciencia, cuidado, así como también las herramientas apropiadas y un ambiente propicio.

El cultivo de la compasión va más allá de sentir más empatía y preocupación por los demás. El cultivo de la compasión hace surgir la fortaleza para estar con el sufrimiento, el valor para actuar con compasión y la resiliencia para prevenir la "fatiga por compasión". 

Estas cualidades facilitan y apoyan, a su vez, una serie de cambios positivos, desde mejorar las relaciones interpersonales hasta hacer una diferencia positiva en el mundo.

Los contactos entre personas o grupos dan lugar, tarde o temprano, a desacuerdos más o menos declarados, según sea lo que está en juego, las afinidades y las capacidades de las personas para comunicarse. La experiencia cotidiana demuestra que el éxito de un encuentro (en el sentido de interacción, intercambio, contacto) va a la par con la creación de un clima de confianza y que, en el mejor de los casos, los encuentros con éxito pueden provocar unos lazos de amistad auténticos y duraderos, cuya confianza caracteriza y condiciona la estabilidad.

Cuando lo que se plantea es un encuentro intercultural, el riesgo de discrepancias incluso de disensiones aumenta, debido a los malentendidos interculturales, y surge, a menudo con acuidad, la dificultad de llegar a una relación de confianza. ¿Por qué la confianza es un factor determinante para el buen transcurso de los intercambios interculturales? ¿De qué depende su aparición y preservación?

Es decir, ¿cuáles son las condiciones para la confianza?

Para conseguirlo, hay que examinar previa y sucesivamente algunos problemas teóricos generales de la comunicación y, concretamente, aquellos que plantean las situaciones interculturales. 

Esto permitirá, finalmente, abordar la cuestión teórica de la confianza en las relaciones interculturales.

Este no es un juego de palabras sino una reflexión para tener la valentía de ser el verdadero YO, si se es alegre, expresarlo, si es creativo, hay que cultivar la creatividad, si es malgeniado hay que buscar mecanismos para controlar ese sentimiento, pues lo único que trae es amargura, y hasta una enfermedad.


Horizontes


Frases de horizonte: 

Línea que limita la superficie terrestre a que alcanza la vista del observador, y en la cual parece que se junta el cielo con la tierra: al amanecer, el horizonte es muy bello. Conjunto de posibilidades o perspectivas que se ofrecen en un asunto o materia: hay un horizonte prometedor.

El horizonte fue creado donde existe un siempre, ¿en dónde? En algún lugar.
El horizonte está en los ojos y no en la realidad.
Todos vivimos bajo el mismo cielo, pero ninguno tiene el mismo horizonte.
Quisiera ay tantas cosas más quisiera. Revelar tus ojos, celebrar tu nombre y salir contigo disfrazado de horizonte.
Dos personas se acercan hacia nosotros por la carretera, y. Sus siluetas se recortan fantásticamente contra el horizonte. Pero si aplaudiéramos, no lo entenderían, porque no saben nada de su relación con el horizonte.
Torciendo mi camino avanzo al horizonte de platino, desnuda hasta del propio pensamiento.
El ojo mira hondamente al horizonte que la verticalidad ignora.
Mis ojos, faros de angustia, trazan señales misteriosas en los mares desiertos. Y eterna, la llama de mi corazón sube en espirales a iluminar el horizonte.

En la noche y la trasnoche, y el amor y el transamor, ya cambiados en horizontes finales, tú y yo, de nosotros mismos.
Sobre la humanidad se cierne un sueño confuso y grandioso. El horizonte está cargado de tinieblas, y en nuestro corazón sonríe la aurora.
La necesidad de ver el horizonte, de ver un poco más allá, es lo que nos salva. Y creo que está en todos nosotros.

El Proceso De Aprender



Por qué aprender tanto de los errores como de los aciertos. Esta es mi propuesta de hoy, que por cierto, suele ser bastante complicado.

El genérico que está instalado en nuestra sociedad es generalmente que aprendamos de los errores, pues así podemos saber en qué hemos fallado, en qué nos hemos equivocado, en qué no somos buenos, etc.

Tras este aprendizaje toca levantarse, que es la segunda parte y la más compleja. Después toca volver a empezar y volver a intentarlo.

Esto está genial. Aprender siempre es bueno. El problema es que no solamente debemos focalizar el aprendizaje en base a los errores o incluso a los pequeños fallos o desviaciones.

A mí siempre me ha gustado el equilibrio y quizás por este motivo también he hecho mucho caso a los aciertos. De los aciertos se aprende tanto como de los errores.

Nos podemos hacer las mismas preguntas que en el caso anterior, en esta ocasión con un sentido positivo y también podemos sacar fantásticas conclusiones que nos permiten ser conscientes de, por ejemplo, por qué hemos ganado, por qué hemos acertado, por qué hemos logrado el objetivo planteado, etc.

Como me gusta decir, la vida es cuestión de dualidades. Esta es otra dualidad más, muy potente, a la que hay que hacer caso en ambos sentidos. Errar y acertar. En ambos es vital saber por qué.

Mi consejo sobre esto es claro: aprende de ambas cosas, porque ambas cosas te hacen conocerte mejor, encontrar el equilibrio y ser consciente de tus fortalezas tanto como de tus debilidades.

Somos seres que provocamos que ocurran cosas, por tanto lo coherente es analizar lo bueno y lo malo, sacar conclusiones siempre positivas e intentar mejorar nuestros puntos débiles y potenciar nuestros puntos fuertes.

La cultura popular ya lo decía: Equivocarse es de sabios“. Y es que, según un estudio canadiense publicado en la revista Psychology and Aging, a medida que envejecemos, nuestro cerebro aprende mejor de los errores que de los aciertos.

Los experimentos realizados en el estudio con sujetos de 20 a 70 años de edad revelan que la diferencia de resultados entre ambos métodos de aprendizaje es 2,5 veces más pronunciada en adultos de edad avanzada que en jóvenes.

Los adultos mayores suelen experimentar una disminución de la memoria relacionada con la edad, por lo que consiguen recordar más a partir de aprender a crear recuerdos más ricos que aquellos adultos jóvenes que no están experimentando problemas de memoria.

Todos tenemos “lo nuestro” eso está claro, lo esencial es que aprendamos a “manejar los tiempos” utilizando todo lo que hayamos aprendido a través de los “aciertos y errores” que capitalicemos como enseñanzas que la vida en su transcurso nos ha deparado


Preparados Para Las Pruebas


Del griego "áskesis" (ejercicio, preparación para una prueba). Término procedente de la práctica gimnástica que Platón aplicará al ámbito de la moral para referirse a la actividad del alma en pos de su liberación de lo corporal, a fin de regresar a su lugar de origen. 

Los estoicos lo utilizaron en un sentido similar, como ejercicio de abstinencia del alma para controlar las pasiones y el pensamiento. 

Esta característica de la ascesis, como ejercicio de abstinencia, de privación, de alejamiento de lo sensible, es común también a varias religiones, como medio para conducir el alma a la unión con lo divino, o como simple ejercicio de expiación y purificación.

Para entender lo que realmente queremos, tenemos que aprender a someter el deseo inmediato al juicio de la razón.

Entre los numerosos deseos debemos seleccionar algunos que queremos realizar verdaderamente y concentrar en ellos la energía de la vida que se llama trabajo. ¿Cómo es posible jerarquizar los impulsos instintivos y ordenarlos dentro de una hipótesis de personalidad coherente?

Esta operación de jerarquización de los instintos y de unificación de la persona sólo es posible a la luz de la verdad sobre el bien de la persona.

La mentalidad común otorga un gran valor a la espontaneidad. En esto hay algo de verdad, especialmente como reacción a una pedagogía autoritaria y coercitiva de una fase histórica anterior que generó hipocresía más que una verdadera adhesión al bien.

Sin embargo, es preciso estar atentos a no hacer de la espontaneidad un ídolo. Muchas veces la elección espontánea que obedece a un impulso irreflexivo y no educado es también una elección equivocada y destructiva para la persona.

¿Qué sucede en una cultura que ha difamado la ascesis y desacreditado a la autoridad? Lo ha descrito muy bien Erich Fromm en un libro famoso hace tiempo, titulado Fuga de la libertad.

El joven que tiene miedo de sus impulsos y de la propia incapacidad de controlarlos y de disciplinarlos acepta depender del poder de la opinión dominante en su ambiente. En lugar de desarrollar un pensamiento crítico se rinde a lo que se dice, a lo que quiere quien tiene el control de los medios de comunicación de masas. Herbert Marcuse habla de sublimación represiva.

La sociedad permisiva ofrece al joven numerosas modalidades de satisfacción inmediata del instinto, pero precisamente de este modo hace más difícil la formación de una personalidad libre,  capaz de establecer su propia relación con la verdad y de hacer de esa relación la guía de la propia construcción social.

La educación «tradicional» invitaba a luchar por controlar las propias pasiones, a buscar la verdad, a orientar las pasiones según la verdad y hacia la verdad. El hombre llega a ser libre cuando reconoce la verdad. La obediencia a la verdad libera al hombre de la tiranía de las opiniones dominantes y también de la sumisión a los hombres. Temer a Dios es reinar. Quien teme a Dios no tiene miedo de los hombres.

Igualmente la obediencia a la verdad libera de la sumisión a las propias pasiones. Obediencia a la presión de las pasiones y obediencia al poder social externo pueden oponerse entre sí, como ha sucedido con frecuencia en el pasado. Hoy acontece lo contrario. El poder social se alía con las pasiones del alma para impedir que se forme una personalidad responsable y libre, para crear una masa libremente manipulable por quien tiene el poder.

Este es el problema de la educación en nuestro tiempo.

Está, por una parte, la libertad del instinto y, por otra, la libertad de la persona. La libertad de la persona supone que el sujeto es capaz de dominar su propio instinto y, de ese modo, llega a ser dueño de sí mismo.

El hombre que no llega a ser dueño de sí mismo mediante la ascesis acaba por sentir la libertad del instinto como una carga insoportable, no se orienta en los conflictos que surgen inevitablemente entre las diversas metas instintivas posibles y acaba por entregar de buena gana su libertad al poder social dominante.

El hombre que pide sólo satisfacción inmediata a sus pulsiones se entrega inevitablemente a quien puede darle esa satisfacción, y resulta infinitamente manipulable. El hombre pertenece a quien puede darle panem et circenses.

La satisfacción alucinatoria del deseo mediante el espectáculo televisivo sustituye el esfuerzo por realizar realmente las propias exigencias verdaderas.