sábado, 5 de mayo de 2018

Imperturbables


Existen distintas características del carácter que definen el modo de ser de una persona. El modo de ser de una persona no se describe, únicamente, por un rasgo en concreto sino por la suma de varias cualidades. Un rasgo habitual de aquellas personas que tienen una gran fortaleza emocional es que son imperturbables, es decir, pueden permanecer inalterables a nivel anímico ante un estímulo externo.

Una persona imperturbable es aquella que tiene un gran control sobre su estado de ánimo y sus sentimientos potenciando el valor de la fortaleza como muestra el estoicismo. Desde el punto de vista de las relaciones personales, aquellas personas que tienen un modo de ser de estas características pueden mostrarse distantes en ciertos momentos al parecer frías.
Sin embargo, no se trata de que las personas que son imperturbables no sientan como las demás sino que sus manifestaciones externas ante un dolor determinado o una emoción intensa, es distinta.

Desde un punto de vista positivo, una persona imperturbable es aquella que tiene una gran inteligencia emocional para resistir una situación de tensión manteniendo la tranquilidad de ánimo. Por ejemplo, tienen una claridad mental importante para tomar decisiones al trabajar bajo presión ya que no se dejan desbordar por la emoción.

Una persona imperturbable es aquella que no pierde la tranquilidad en situaciones en las que otras sí pierden dicha serenidad. Una de las virtudes de una persona que se muestra imperturbable es la paciencia y la capacidad de observación
En ocasiones, las personas que permanecen inalterables ante ciertas situaciones pueden aparentar cierta indiferencia. Sin embargo, que a nivel externo no muestren signos de intranquilidad no debe confundirse con que a nivel interno, no exista una respuesta del sujeto por parte de ese estímulo externo.

Cada ser humano es único e irrepetible. Existen distintas formas de reaccionar ante una misma situación externa. Existen personas que ante una situación determinada sienten una gran inquietud interior mientras que otras logran mantener la serenidad la tranquilidad anímica. Desde este punto de vista, no es posible establecer conclusiones generales y universales sobre el comportamiento humano ya que cada ser humano es diferente. 


Pero además, aquello que una persona muestra a nivel externo no siempre es reflejo de su modo de sentir interno.


viernes, 4 de mayo de 2018

La Buena Lectura



Dicen que a la lectura sólo hay que dedicarle los ratos perdidos, que se pierde vida mientras se lee. Lo cierto es que, agradable pasatiempo para muchos, obligación para otros, leer es un beneficioso ejercicio mental. 

Rendir culto al cuerpo está en boga, pero ¿y dedicar tiempo al cultivo de la mente? “Al igual que nos cuidamos y vamos cada vez más al gimnasio, deberíamos dedicar media hora diaria a la lectura”, sostiene el escritor catalán Emili Teixidor, autor de La lectura y la vida (Columna) y de la exitosa novela que inspiró la película Pa negre.

Favorecer la concentración y la empatía, prevenir la degeneración cognitiva y hasta predecir el éxito profesional son sólo algunos de los beneficios encubiertos de la lectura. Sin contar que “el acto de leer forma parte del acto de vivir”, dice el ex ministro Ángel Gabilondo, catedrático de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del reciente ensayo Darse a la lectura (RBA). Para Gabilondo, la lectura “crea, recrea y transforma. Una buena selección de libros es como una buena selección de alimentos: nutre”.

De la lectura de los primeros jeroglíficos esculpidos en piedra a la de la tinta de los pergaminos, o a la lectura digital, el hábito lector ha discurrido de la mano de la historia de la humanidad. 

Si la invención de la escritura supuso la separación de la prehistoria de la historia, la lectura descodificó los hechos que acontecían en cada época. Los primeros que leyeron con avidez fueron los griegos, aunque fuesen sus esclavos quienes narraban en voz alta los textos a sus amos. Siglos más tarde, la lectura se volvió una actividad silenciosa y personal, se comenzó a leer hacia el interior del alma. “Los grecolatinos vinculaban la lectura a la lista de actividades que había que hacer cada día”, sostiene Gabilondo. “Convirtieron el pasatiempo en un ejercicio: el sano ejercicio de leer”. Fueron los romanos quienes acuñaron el “nulla dies sine linea” (ni un día sin [leer] una línea).

¿Por qué es tan saludable? “La lectura es el único instrumento que tiene el cerebro para progresar –considera Emili Teixidor–, nos da el alimento que hace vivir al cerebro”. Ejercitar la mente mediante la lectura favorece la concentración. 

A pesar de que, tras su aprendizaje, la lectura parece un proceso que ocurre de forma innata en nuestra mente, leer es una actividad antinatural. El humano lector surgió de su constante lucha contra la distracción, porque el estado natural del cerebro tiende a despistarse ante cualquier nuevo estímulo. 

No estar alerta, según la psicología evolutiva, podía costar la vida de nuestros ancestros: si un cazador no atendía a los estímulos que lo rodeaban era devorado o moría de hambre por no saber localizar las fuentes de alimentos. 

Por ello, permanecer inmóvil concentrado en un proceso como la lectura es antinatural.

Según Vaughan Bell, polifacético psicólogo e investigador del King’s College de Londres, “la capacidad de concentrarse en una sola tarea sin interrupciones representa una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico”. Y aunque antes de la lectura cazadores y artesanos habían cultivado su capacidad de atención, lo cierto es que sólo la actividad lectora exige “la concentración profunda al combinar el desciframiento del texto y la interpretación de su significado”, dice el pensador Nicholas Carr en su libro Superficiales (Taurus).

Aunque la lectura sea un proceso forzado, la mente recrea cada palabra activando numerosas vibraciones intelectuales.

En este preciso instante, mientras usted lee este texto, el hemisferio izquierdo de su cerebro está trabajando a alta velocidad para activar diferentes áreas. Sus ojos recorren el texto buscando reconocer la forma de cada letra, y su corteza inferotemporal, área del cerebro especializada en detectar palabras escritas, se activa, transmitiendo la información hacia otras regiones cerebrales. 

Su cerebro repetirá constantemente este complejo proceso mientras usted siga leyendo el texto.


La actividad de leer, que el cerebro lleva a cabo con tanta naturalidad, tiene repercusiones en el desarrollo intelectual. “La capacidad lectora modifica el cerebro”, afirma el neurólogo Stanislas Dehaene, catedrático de Psicología Cognitiva Experimental del Collège de France en su libro Les neurones de la lecture (Odile Jacob). 

Es así: hay más materia gris en la cabeza de una persona lectora y más neuronas en los cerebros que leen. El neurocientífico Alexandre Castro-Caldas y su equipo de la Universidad Católica Portuguesa lo demostraron en uno de sus estudios, junto a otro curioso dato: comparando los cerebros de personas analfabetas con los de lectores, se verificó que los analfabetos oyen peor.

Entre La Vida Y La Muerte

Cualquiera que sea nuestra fe, es a menudo incomodo el enfoque de la muerte, y el morir no refleja lo que creemos. Eso de saber que hay más allá de la vida y la muerte con frecuencia a mucho nos hace sentir írritos cuando estamos sobre el tema. De lo contrario, ¿Por qué el miedo a la muerte siendo cristianos, y sabiendo que el cielo está en el otro lado? ¿Por qué el ateo se aflige, cuando él es de la opinión de que nuestro intervalo de tiempo en esta tierra no es más que una mota efímera e irrelevante de polvo?

Si la reencarnación fuera nuestra creencia, entonces ¿Por qué habríamos de ser afectados tan profundamente y por qué habríamos de llorar si sabíamos que estábamos regresando? Nuestro enfoque de la muerte en ocasiones no es simplemente hipócrita, simplemente no tiene sentido.

La muerte es la parte más inevitable de la vida, y que optamos por ignorar su inminente llegada, lo mirarmos en su mayor parte por con el miedo y el desprecio. Sin embargo, a menudo se encuentra en presencia de la muerte nuestras más grandes revelaciones. La muerte pone las cosas en perspectiva. 

Esas cosas que pensamos importante pronto tienen poca relevancia, y empezamos a reflexionar sobre todo lo que es importante para nosotros. Es un momento que dejamos, que consideramos… para reflexionar.

Uno de nuestras más grandes revelaciones es la forma que tenemos de expresar nuestro verdadero afecto no contenida para otro, hasta que hayan pasado por esto, cuando somos consumidos de repente por el dolor de lo que hemos perdido.
Las emociones hierven por encima, y todas las cosas que nos hubiera gustado haber dicho llegan a la superficie de nuestros pensamientos. En ese momento en que suelen tener en cuenta que quizás tanto dolor no es suficiente para reparar su muerte.

En verdad, nuestro dolor es una pena que nace del hecho de que llevamos a cabo nuestra expresión. Pero cómo nos sentimos realmente mientras que la persona estaba viva, ¿Es nuestro dolor igual sabiendo que tal relación no fue vivida a plenitud como fue ofrecido por la constelación?

La tragedia de nuestro enfoque de la vida y la muerte, es que no queremos ver a la muerte como un ciclo continuo de la vida. Es el secreto a voces que todo el mundo sabe, pero no se atreve a hablar. Y así, cuando otro muere, actúan sorprendidos, como si fuera algo que no se pudo prever, cuando la verdad es que la muerte podría amanecer sobre todos nosotros, desde el día en que nacimos.

De la vida y la muerte, es necesario aprender que debemos apreciar más, amar más, dedicar más tiempo a reflexionar sobre la grandeza de nuestro ser, abrirse, tener el valor de expresar su ternura, olvidar el argumento, y dejar que sea necesario demostrar que tenía razón y aceptar que simplemente estaba equivocado, de amar sin nada que lo detenga, de dar cariño entero a sus hijos, hermanos, madre, padre, abuelos tíos, amigos y hasta los enemigos.

Porque cuando a tu alguien tú te entregas todo tu amor y lo hace realmente feliz, y vives plenamente los momentos que pasan juntos, tú no tienes deudas con él, sabes que lo hiciste bien aunque haya partido temprano.

Pero no lo hacemos. La defensa es nuestro juego final, y vivimos protegidos hasta el final.

La ansiedad y el ajetreo nos consumen, y la vida pasa, pasa y sigue pasando. No es de extrañar que lloremos cuando otra muerte cerca de nosotros pasa por encima, aunque nosotros realmente nunca llegamos a conocerlos.

Así que nos aferramos, se aferran a la ilusión de que lo era, todavía lo es, cuando la verdad es que lo que era, ya no se puede, y en verdad tal vez nunca lo fue.

Nos ligamos en las memorias aunque no fuera cierto… incluso, nos desesperada al tratar de recordar algo bueno. Hemos sido consumidos por el dolor y la culpa, sin darnos cuenta de que la vida, por su parte, continúa floreciendo en nuestra puerta, bailando al ritmo eterno de un ritmo armónico y divino que nos llama constantemente para saber y entender que la vida no tiene fin, ni principio, sin alta, sin ninguna baja, sin términos medio. ¡Es simplemente la vida!


Es simplemente un pulso universal, un pulso a la que todos pertenecemos. El ciclo de vida es tal que siempre hay una oportunidad de volver a vivir lo que no hemos elegido antes. Esa es su verdadera belleza. No hay muerte, sólo el amor, y es un amor que eternamente debemos recordar.

Las Aptitudes


Llamamos aptitudes a las distintas capacidades que una determinada persona tiene para realizar algo adecuadamente. 

Las aptitudes se refieren tanto al ámbito psicológico como al físico o corporal. 

Se puede hablar de aptitudes innatas, es decir, que se poseen desde el mismo momento del nacimiento, que dependen de factores constitucionales.

Hay personas que nacen especialmente dotadas para ejercer una labor en determinados campos y, ya desde niños, vemos que tienen una constitución física ideal para algunos deportes, o habilidades manuales, artísticas, sociales, intelectuales, etc.; pero si estas aptitudes no se desarrollan lo suficiente, el resultado final puede ser que estas personas lleguen a cierta edad sin destacar en los ámbitos para los cuales habían nacido especialmente dotadas. Por tanto, hay que considerar también la importancia de los factores adquiridos.

Otras veces, las aptitudes iniciales no sólo no se ven progresivamente desarrolladas, sino que se pueden ver disminuidas por diversos factores a lo largo de la vida, como, por ejemplo, por traumatismos, deficiencias físicas o psíquicas o simplemente por la edad; es decir, las aptitudes pueden sufrir un deterioro.

En la práctica, el desarrollo de las diversas aptitudes individuales se ve influido por circunstancias que actúan dentro de tres líneas fundamentales: proporcionalidad con las tendencias, constancia y polarización.

Las aptitudes vienen a ser instrumentos de las tendencias, ya que, en definitiva, suponen la mayor o menor capacidad para lograr un objetivo concreto. Cuando el objetivo de las tendencias («lo que queremos conseguir») está en proporción con nuestras aptitudes («lo que podemos hacer para conseguirlo») es muy probable que lo logremos. 

En este caso actuamos con «realismo, trazándonos objetivos que podemos llegar a superar; durante el camino que necesitamos recorrer para alcanzar el éxito habremos desarrollado nuestras propias aptitudes, ganaremos seguridad en nosotros mismos y nos sentiremos gratificados.

Todo esto hace que nos dispongamos a intentar lograr objetivos progresivamente superiores, ya que, paulatinamente, podemos estar realmente capacitados para conseguirlos. De este modo, resulta importante fijarse objetivos concretos a corto plazo que estén en proporción con nuestras aptitudes, si queremos irlas desarrollando a la vez que logramos una serie de metas.

Por el contrario, si los objetivos son desmesurados en proporción a nuestras aptitudes, se produce inevitablemente el fracaso, con lo que nos sentimos frustrados y con deseos de abandonar ese campo de actuación.

Si los objetivos son demasiado sencillos desarrollamos menos nuestras aptitudes y alcanzaremos un nivel inferior al que hipotéticamente nos correspondería. Es importante, entonces, conocer nuestras aptitudes y sacarles el máximo partido posible.

La constancia es también importante. A pesar de que los objetivos que nos hayamos trazado estén en consonancia con nuestras aptitudes, podemos tener fracasos de mayor o menor envergadura si abandonamos, quedándonos sin lograr unos objetivos que realmente estaban a nuestro alcance, y que hubiéramos conseguido de mantenernos perseverantes. Además, se puede producir un trauma psicológico que afectaría negativamente a nuestra vida psíquica o incluso un complejo.

Por último, hay que considerar la necesidad que se establece en un momento dado de polarizar nuestros esfuerzos en un sentido determinado. El conjunto de aptitudes deben estar lo más orientadas posible hacia objetivos que se sitúen dentro de campos concretos, que, generalmente, corresponden al ámbito profesional o laboral.

La dispersión de objetivos dificulta extraordinariamente la posibilidad de alcanzar un nivel de cierta altura en algunos de ellos, por lo que, cuando una persona tiene tendencias muy diferentes, debe renunciar a algunas de ellas en provecho de la que considere más importante, que debe coincidir con la tendencia para la que esté más dotado. 

Esto no significa una especialización exagerada, sin más, sino una polarización de esfuerzos hacia un determinado campo para profundizar en él, ya que profundizar en varios, en la actualidad, es casi imposible.

Esta actitud es perfectamente compatible con el desarrollo de aptitudes relacionadas con el objetivo principal, ya que tienen una labor complementaria fundamental, y, por supuesto, con un progresivo enriquecimiento cultural que sirve de soporte imprescindible, ya que favorece la maduración de la personalidad, ejerce un gran poder formativo y aporta una amplitud de miras necesaria para encauzar adecuadamente nuestras tendencias.


Dar O No Dar: He Ahí La Cuestión


El término mendigo, es utilizado para referirse a aquellos pobres que piden limosna procede de la palabra en latín mendīcus que era el modo como se denominaba en la Antigua Roma a aquellas personas que tenían algún defecto físico.

Aquellos que habían tenido la desgracia de sufrir un accidente o tenían algún ‘medum‘ [defecto en latín] no solían encontrar empleo o estaban impedidos para desempeñar algún trabajo (teniendo en cuenta que en aquella época la práctica totalidad de los empleos requerían algún esfuerzo físico), por lo que, ante la falta de una faena remunerada, la mayoría de los ‘mendīcus’ acababan pidiendo limosna para poder subsistir.

Con el tiempo acabó generalizándose el término mendigo para referirse a todos aquellos que habitualmente piden caridad, tengan algún defecto o no.

 Se conoce como ‘pordiosero’ a aquella persona sin recursos que vive y se sustenta de pedir limosna.

El término surgió en la Edad Media y comenzó a utilizarse para hacer referencia a aquellos individuos que se ganaban la vida pidiendo limosnas a los demás, ya que éstos utilizaban la coletilla ‘por Dios’ con cada petición: ‘Deme una limosna, por Dios’, ‘Por Dios dele una limosna a este pobre mendigo’, ‘Por Dios, una limosna’.

Al estar convencidos de que se trataba de auténticos profesionales de la mendicidad, se le añadió el sufijo ‘ero’ al final de la coletilla que utilizaban (invocando a Dios), al igual que se hacía con otros oficios: tabernero, alfarero, herrero, carpintero…

Así es como surgió el término pordiosero: ‘por-dios-ero’.


La Dignidad Del Trabajo


Un trabajo debe reunir varios factores para ser considerado un Buen Trabajo. No basta con un buen salario, un buen horario o buenas relaciones por separado. 

Debe existir una integración entre dichos factores y otros tantos más. Por ello, en hemos desarrollado un Decálogo del Buen Trabajo para que sepas cuáles son las condiciones mínimas, más allá de las legales, que un trabajo debiese tener para ser satisfactorio.

El primer requisito y más fundamental es que en tu lugar de trabajo se respete la dignidad del ser humano. Pero ¿qué entendemos por dignidad?

La dignidad hace referencia al valor inherente del ser humano por el simple hecho de serlo en cuanto a ser racional y dotado de libertadEs el derecho que tiene cada ser humano, de ser respetado y valorado como ser individual y social por el solo hecho de ser persona, independientemente de cualquier característica particular que pudiera poseer. 

La dignidad no es una cualidad accidental (como la de ser hombre o mujer, sano o enfermo, rico o pobre), sino que es algo esencial. En otras palabras, no hay ser humano que esté desprovisto de valor intrínseco, de dignidad.

Para comenzar debemos entender que el respeto a la dignidad es extensivo a todas las personas con las que interactuamos o compartimos en nuestros trabajos. Esto incluye a trabajadores, empleadores, clientes y proveedores. Es necesario considerar al otro como a uno mismo, cuidando su vida y en la medida de lo posible facilitándole los medios para vivirla dignamente.

Se oponen a la dignidad humana, los tratos humillantes, discriminatorios, la violencia y la desigualdad legal. Por tanto para cuidar la dignidad de las personas en nuestro trabajo debemos pensar siempre si nuestra acción, actitud u omisión está perjudicando en alguna u otra forma la dignidad del otro.

La dignidad implica además la libertad de trabajar y el derecho de acceder a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones, sin discriminaciones de sexo, raza, creencia.

Por tanto, cada vez que una mujer es discriminada salarialmente, cada vez que un migrante es discriminado en cuanto a que no posee las mismas condiciones de trabajo que sus compañeros, es una falta a la dignidad humana. 

Cada vez que en nuestro lugar de trabajo se pone en riesgo nuestra vida por falta de sistemas de seguridad es una falta grave a nuestra dignidad humana, así como cada vez que somos víctimas de acoso laboral.

La persona denominada trabajador debe considerarse siempre como sujeto de protección, cuidando tanto la integridad corpórea como la moral en el desempeño de su labor, no pudiendo posibilitarse cualquier injerencia hacia su privación o violación.

La dignidad y la sana convivencia son la base fundamental para que pueda existir una sociedad en armonía, y se pueda lograr el pleno respeto de la persona. Es a partir del reconocimiento y el respeto a la dignidad humana que en las comunidades se otorgan e imponen derechos y obligaciones para la vida en sociedad. 

Implica la obligación de asumir, de manera solidaria, el desarrollo de las potencialidades, presentes en la naturaleza de todo ser humano y hace posible la realización de la persona en todos sus aspectos.


Cabe insistir en que todo trabajo es digno e importante por el hecho de ser realizado por una persona. 

La dignidad del trabajo no reside en el tipo de trabajo que uno realiza sino en la persona humana que lo realiza. Por ello, es la persona humana quien confiere dignidad a cualquier trabajo y es el trabajador quien hace digno el trabajo. 

El trabajador debe por tanto siempre, tratar y ser tratado dignamente.

Entrometidos


En estos días estuve leyendo una fábula que me enviaron por correo y la verdad para reenviárselas es como demasiado larga, pero luego de leer y leer y leer lo que más  me gustó fue la moraleja del cuento.  

¿Qué cuál fue la moraleja? Pues ahí les va:

Cada quien mete y saca de su saco lo que quiere.

Claro, para entender esto debería reenviar la fábula, pero es muy larga así que yo solo la traduzco más criollamente de la siguiente manera:  

No te metas con mis temas porque son míos y no son problemas tuyos.  

 Yo siempre digo que la gente es tan cómoda, tan fresca, tan metida, tan metiche,  tan CHISMOSA (porque si fuera de buena intención no lo harían a escondidas, ¿no?) que le encanta meterse en la vida de los demás sin ver que su propia vida da más tela para cortar que la que están criticando o chismoseando.  

Yo por eso VIVO Y DEJO VIVIR.

No me meto en la vida de nadie para que NO SE METAN EN LA MÍA.  

Hago mi vida como mejor me place porque estoy consciente y feliz de saber que no le hago daño a nadie y sobre todo NO ME METO EN LA VIDA DE LOS DEMÁS.  

Pero, como en esta vida todo no es perfecto, siempre hay quien se mete donde no le importa, pregunta lo que no es asunto suyo y chismosea como si la vida que llevara no diera ya bastante pena.  

En fin, me gustó mucho esa fábula y quise traducir la moraleja porque nunca esta demás, ¿verdad ?

Displicencia


Quien se comporta con desprecio hacia los demás, actúa con desgana y expresa indiferencia por los otros, tiene una conducta displicente. Supone una actitud muy poco respetuosa y propia de personas soberbias e intolerantes.

Etimológicamente, el término displicencia proviene del latín, concretamente del vocablo displicentia.

La actitud displicente es la cara opuesta de la amabilidad, el respeto y la buena educación. En el trato con los demás hay una norma general no escrita que conviene recordar: hay que tratar a los otros como nos gustaría ser tratados.

La persona displicente puede tener sus motivos personales para comportarse con altanería e indiferencia, ya sea porque se cree superior o porque no le interesa lo que ocurre a los otros. A pesar de sus razones, su actitud indica mala educación y una nula empatía.

La palabra displicencia no siempre se usa para describir el comportamiento despreciativo hacia alguien, ya que en ocasiones hace referencia al escaso interés en una actividad. Cualquier persona que realice una tarea o actividad sin determinación e interés también puede considerarse como displicente. 

En este sentido, su actitud no se proyecta sobre otra persona sino que se manifiesta en una actividad concreta.

El estudiante desmotivado por sus estudios o el trabajador que no se compromete en su actividad laboral, son ejemplos típicos de comportamientos displicentes. 

En ocasiones, ciertos gestos o tonos de voz (por ejemplo, un bostezo o una mueca expresando falta de interés) se pueden considerar como displicentes.

Las personas que se comportan normalmente con apatía a la hora de realizar una tarea se sienten desconectadas emocionalmente. 

En otras palabras, cumplen con sus obligaciones, pero sin ningún tipo de entusiasmo por lo que están haciendo.

Si bien en algunos casos puede haber una razón que justifique este comportamiento (por ejemplo, alguien que trabaja en una situación de explotación laboral), la actitud displicente es una reacción psicológicamente dañina y poco recomendable. 

Así, si tenemos que cumplir con una obligación porque no queda más remedio, es preferible hacerlo con un mínimo de entusiasmo y no con indolencia y dejadez.


Para comprender el verdadero significado de una palabra puede ser útil recordar las palabras con un significado contrario, es decir, los antónimos. 

En este sentido, cortesía, amabilidad, agrado o satisfacción son algunos de los antónimos de displicencia.



Solución De Conflictos


El conflicto forma parte de la vida y es un motor de progreso, pero en determinadas condiciones puede conducir a la violencia. Para mejorar la convivencia educativa y prevenir la violencia, es preciso enseñar a resolver conflictos de forma constructiva; es decir, pensando, dialogando y negociando.

Un posible método de resolución de conflictos se desarrolla en los siguientes pasos:

Definir adecuadamente el conflicto.
Establecer cuáles son los objetivos y ordenarlos según su importancia.
Diseñar las posibles soluciones al conflicto.
Elegir la solución que se considere mejor y elaborar un plan para llevarla a cabo.
Llevar a la práctica la solución elegida.
Valorar los resultados obtenidos y, si no son los deseados, repetir todo el procedimiento para tratar de mejorarlos.

Una buena idea puede ser ir escribiendo las distintas fases del proceso, para facilitar su realización.

En los programas de prevención de la violencia escolar que se están desarrollando en los últimos tiempos, se incluyen la mediación y la negociación como métodos de resolución de conflictos sin violencia.




La Lucidez


La lucidez es un estado de ánimo doloroso. Estar lúcido implica “conocer” en su sentido más amplio. Es percibir hasta en las menores cosas las distintas facetas de la vida. Es una duermevela, una vigilia en medio de la noche.

Estar lúcido es alcanzar un nivel de conciencia trascendente que  provoca la complejidad del ser y sus circunstancias. Es ver claramente, como decía Pablo, Apóstol de Jesucristo, no por un espejo, sino cara cara. Es no intuir la entropía sino abarcarla en su conjunto con todo lo que ello implica.

Estar lúcido es asimilar la esencia del conocimiento primordial. Es un abarcar en la milésima de un segundo las viejas claves perdidas en el tiempo. Y saber de veras. Saber que el equilibrio supremo está en soportar las vicisitudes cotidianas con una mirada “más allá del bien y del mal” al decir de Nietzsche, el más atroz de los desesperados.

Estar lúcido es alcanzar el punto culminante del hombre y de las cosas.  Es el “estar iluminado”, es  el “entender” soportando los mayores dolores con los más desenfrenados placeres.  Es estar abierto al Todo, al Todo, así con mayúsculas. Y es aterrarse por ese conocimiento que alguna vez estuvo vedado a los hombres, pero que algunos lograron alcanzar.

Estar lúcido es traspasar los umbrales de lo cotidiano. Es ver más allá. Es “aprehender” de una forma total, circular. Estar lúcido es descarnarse. Ser un atalaya en la soledad como Ezequiel, profeta en medio de Israel.

Saber las verdades y tolerar ese conocimiento que puede ser atroz, es estar lúcido. Porque es ver hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es “asir” lo inasible. Es “vivir de veras”. Es ver sin los celajes de la costumbre.

Alejandra Pizarnik, esa gran desesperada de nuestra literatura lo supo. Es que los artistas alcanzan ese estado pavoroso de lucidez. Por eso escribió:

“La lucidez es un don y es un castigo, está todo en la palabra, lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer, el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. 

Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de Lux y de Fergus que quiere decir, el que tiene luz, el que genera luz, el que trae la luz que permite la visión interior, el bien y el mal, todo junto: el placer y el dolor. La lucidez es un dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez, el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se ven los años y en esto se fue la bella alegría animal”.


Han alcanzado esa lucidez, entre otros, los místicos y los locos. Por eso es que la lucidez pocas veces se perdona y que a algunos ha llevado al ostracismo o al cadalso.

Cuando Crees Que Sabes


Se atribuye a Sócrates decir: "yo sólo sé que no sé nada"; esta frase memorable señala justamente el principio de la verdadera sabiduría. La frase no aparece como tal en la obra de Platón. Sin embargo, el verdadero espíritu de la frase puede encontrarse en La apología, cuando Sócrates responde con humildad a la idea que se tiene de que él es el más sabio de los atenienses. 

Dice ahí que si parece que es más sabio lo es sólo en que "lo que no sé no creo que lo sé". En la humildad y en el correcto juicio de no pensar que se sabe algo que no se sabe yace el principio de la sabiduría. Y es que, y en esto coinciden Platón y Aristóteles, la filosofía nace del asombro o del misterio ante lo desconocido.

Unos 100 años antes de que viviera Sócrates, en China apareció una misteriosa figura, el gran sabio Lao-Tse. En el libro del Tao se habla sobre lo mismo y se considera que el creer que se sabe es una enfermedad:

"Saber que no sabemos
es un gran conocimiento.
Pensar que sabemos, cuando no sabemos,
es una gran enfermedad.
Sólo aquel que sabe que está enfermo
puede curar su enfermedad.
El sabio tiene salud.
Él muestra a los demás sus enfermedades
y así pueden ser curados"
Tao Te Ching LXXXI, versión J. Mascaró

Este mundo es una enfermedad --todos estamos enfermos de la muerte y el sufrimiento y volveremos al ciclo de renacimiento y muerte; al menos esto es lo que señalan gran parte de los sistemas filosóficos espirituales, de los Upanishads  a Buda y a Platón. 

Es la ignorancia la que produce el sufrimiento. 

Lo primero es saber que vivimos de manera ignorante, ya que de otra forma no sufriríamos. No hay enfermedad más grave que creer que uno sabe, cuando en realidad sólo tiene el medicamento, los recursos para cubrir o paliar los síntomas de una profunda ignorancia. 

Es la sabiduría la que cura y libera, la medicina de los grandes maestros como Sócrates, como Lao-Tse, como Buda, la cual debe de ser hecha propia, ya que es intransferible hasta que no se experimenta como una verdad interior.

Pero incluso desde una perspectiva no espiritual resulta evidente que nuestra sociedad de la información padece un caso especialmente agudo de confundir justamente estar informados con saber, y de ahí un falso creer. 

Lo analizamos extensamente en este ensayo sobre las diferencias entre la sabiduría, el conocimiento y la información. Y es que, como dice Maria Popova del sitio Brain Pickings, el hecho de que hoy todos sientan que deben tener una opinión sobre todo produce más ignorancia:


Vivimos en un mundo donde abunda la información, pero enfrentamos una creciente escasez de sabiduría. Y lo que es peor, confundimos la una con la otra.

Creemos que tener más acceso a la información produce más conocimiento, y esto resulta en sabiduría. Pero, si acaso, lo opuesto es verdad --más y más información sin el contexto y la interpretación adecuada sólo confunde nuestro entendimiento del mundo en vez de enriquecerlo.

Moral Y Sentimientos


Nos hacemos la pregunta, ¿se puede juzgar si una acción es buena o mala sin tener sentimientos? ¿Cuánto están ligados los sentimientos a la moral?

Al ser amoral, no puedes juzgar lo que es moral o inmoral. Por lo tanto, en ese caso te vas a regir por lo que tengas establecido. 

Si alguien te dice que eso es bueno y eso es malo, tu vas a a seguir ese criterio porque es lo que te han enseñado, no porque pienses que sea así.

Entonces nos hacemos otra pregunta, ¿es posible no sentir nada por nadie?
Dexter afirma que él es un psicópata y no siente nada… pero yo opino que no se puede no sentir absolutamente nada por nadie. Una persona y sus acciones te van a transmitir algo, sea bueno o malo, y a raíz de eso vas a tener una opinión distinta de cada persona. Por ejemplo, Dexter se preocupa por su hermana y su familia, por lo que eso implica sentir cariño y afecto por ellos.

Dexter hace distinción entre personas buenas y malas porque es el criterio que le dio su padre. La moral se guía por la regla: “no hagas lo que no te gustaría que te hicieran”. Por lo tanto pienso que la moral y los sentimientos están ligados hasta cierto punto.

Por un lado, para establecer qué es moral e inmoral tienes que seguir esa regla, y por lo tanto ahí ya entran en juego tus sentimientos y la razón. Sin embargo, una vez establecidos los puntos vas a tener que seguirlos gracias a la razón solamente. Ya que puede haber veces  en las que tus sentimientos te pidan hacer algo inmoral.


No podemos establecer hasta que punto intervienen los sentimientos en la moral, pero como dijo Anatole France: “La moral descansa naturalmente en el sentimiento”



Participación Ciudadana

Cuando la sociedad percibe a los políticos como actores de un teatro -mucho flyer, mucha pose pero pocas propuestas- ajeno a sus intereses e inquietudes, pierde la confianza en ellos, refugiándose, lamentablemente, en el escepticismo y la apatía social. Su alejamiento de la participación política -incluyendo la electoral- es aprovechado con facilidad por esos portadores de propuestas demagógicas, que explotarán el sentimiento de inseguridad generado por el propio sistema.

Y a todas luces se hace impostergable recuperar la noción de partido como movimiento de organización de lucha para el rescate del país y no como simple administrador de “posibles escuálidos” cargos públicos (alimentado con aquello de “los espacios que se pueden perder”) o como simple maquinaria electoral. 

Resulta vital la noción de partido generador de sentido común, de proyecto nacional, de articulador de espacios de intermediación con el Estado, sin las sospechosas componendas tras bastidores, con diálogos sin más allá. Se presenta como apremiante que cambien su concepción de partido y la relación con las organizaciones de la sociedad.

Sin embargo, no son los políticos los únicos responsables de cuánto pasa en el ámbito político. Hannah Arent (¿Qué es la Política?) anotaba que ser libres comporta asumir en cada uno de nosotros la posibilidad de cambio, y que la mejora de la actividad pública tan sólo depende de nosotros, de lo que estamos dispuestos a construir.

Abandonar el espacio público por escepticismo, desaliento, apatía, resulta muy peligroso y supondría la entrega definitiva de una herramienta que -aunque ya maltrecha- es fundamental para la mejora de nuestra calidad. La búsqueda de una mejor representatividad, de mecanismos de control ciudadano más eficientes y de una mayor participación ciudadana resulta un pilar para la gobernabilidad de nuestro sistema político.

Por ende, contrario a cuantos enarbolan la bandera de la antipolítica, se requieren partidos y movimientos políticos fuertes, asambleas y cuerpos colegiados eficientes y una sociedad civil que exija, demande y actúe para lograr estos objetivos.

Contra el despotismo, la corrupción y el cinismo no valen sofismas ni pretextos. Cada vez se nos hará más difícil resistir a la mentira y la coacción. Mientras más demore la sociedad civil en regresar al entusiasmo por los partidos o al reconocimiento de su imperiosa necesidad, más tiempo tardará la reconstrucción de un sano tejido político.



Leer Para Aprender


Formar lectores en el siglo XXI exige atender como mínimo a una triple dimensión: formar personas que puedan leer, que puedan disfrutar con la lectura y que puedan utilizarla para aprender y pensar. ¿Qué necesitan los alumnos para ser lectores competentes? (a nivel individual y contextual) ¿Se desprende de la competencia en lectura la capacidad de utilizar la lectura para aprender?

¿Qué características poseen las situaciones de enseñanza que permiten un uso estratégico de la lectura para aprender? Los contextos de enseñanza deberían garantizar el enfrentamiento de los alumnos con múltiples textos que les proporcionen la posibilidad de hacer un uso real de las competencias implicadas en la comprensión.

La lectura ha sido importante para el hombre desde hace 3000 años. 

Los sumerios en Babilonia y los fenicios en la Península Ibérica inventaron y utilizaron códigos para leer y escribir. A partir de entonces, gozamos del privilegio de la lectura, ya sea en un formato impreso o bien en un formato virtual de Internet.

La lectura y el gusto por leer están estrechamente ligados a la vida porque permiten el intercambio de información, el desarrollo del conocimiento, el crecimiento personal y la interacción en la sociedad. 

Desde la infancia hemos escuchado acerca de la importancia de la lectura, de los conocimientos que por medio de ella se adquieren, así como de la necesidad de leer para conocer, apreciar, cuestionar la palabra escrita y adquirir una capacidad crítica.

La lectura es imprescindible para ser buenos ciudadanos, participar críticamente e incorporarnos activamente en la sociedad; contribuye al desarrollo de todas nuestras capacidades: adquirir conocimientos, descubrir valores estéticos y éticos, acceder a diversos espacios y tiempos, conocer obligaciones y derechos. 

Leer es una puerta abierta al empleo, la ciencia, la política, el teatro, la música, la aventura, la cultura, la comunicación con la sociedad.


No obstante, no todas las personas saben leer, y otras no comprenden lo que leen.

jueves, 3 de mayo de 2018

Perseverancia Y Constancia

Las actuaciones esporádicas pueden ser interesantes, irrupciones iluminadas por un fogonazo, el destello del arrebato o la magia del instante. 

Pero hemos de aprender a saborear la firmeza y la perseverancia de la constancia, no siempre tan llamativas, como formas intensas de consistencia, de persistencia, de resistencia.

Importantes logros aguardan tras un trabajo cuidado y minucioso, tras la coherencia de una labor de insistencia. Ello exige no pocas veces paciencia.

Activa, pero paciencia.

Tarea compleja. No es de extrañar que un sordo cansancio parezca habitar ciertas arduas, prolongadas y necesarias tareas. En ese caso tenemos tendencia a la supuesta agitación de un ir y venir que bien puede ser en algunos casos una muestra de debilidad. No nos referimos ahora a la pertinencia de ciertas estrategias, dado que en ocasiones éstas no son lineales sino que resultan muy mezcladas, muy combinadas, muy diversas. Y no pocas veces compatibles. 

Pero, en ocasiones, de lo que simple y llanamente carecemos es de constancia. Somos inconstantes. Y no sólo individualmente también colectiva y socialmente.

No está mal hacer planes, pero esa permanente tendencia a planearse y programarse en cada momento, como forma de eludir la coherencia y la intensidad de una adecuada organización de los asuntos, confirma asimismo que encontramos más atractivo vislumbrar ocasionalmente que hacer con perseverancia. Y ahí nos quedamos. 

La acción se diferencia de la actividad en que no es simplemente una actuación incidental. La acción puede ser puntual, incluso ínfima, concreta, bien concreta, pero requiere un cierto concepto, si no de totalidad, sí al menos de integridad. 

Quizá vivimos tiempos en que hay mucha actividad y poca acción.

Creemos resolver nuestro desconcierto empezando una y otra vez, como si en los inicios habitara una pureza aún no contaminada por las acciones y por las decisiones. Ese supuesto nuevo comienzo nunca es inocente y no suele resultar tan deslumbrante e inaugural. La constancia es también una forma de reconocimiento

No se trata de empecinarse en los errores y en los fracasos, pero sí de aprender de ellos, con ellos, por ejemplo, para no tratar de empezar cada vez. 

La falta de constancia tiene tendencia, no sólo a repetir, sino a reproducir, a veces de otra forma no necesariamente mejor, lo que se reinicia. 

Para generar hay que saber recibir lo que se nos entrega. Considerar que crear es sólo el gesto de ponerse a la obra olvidando todo lo logrado es ignorar que el resultado es también en verdad creación. Y no sólo individual. Y que exige dedicación, tesón. Y no poco conocimiento.

La dimensión, no siempre evitable, del hacer como espectáculo, incluso del hacer más íntimo, oculta en ocasiones la falta de generosidad para cuanto se viene haciendo, por otros o por uno mismo, la poca perspectiva para cuanto habrá de venir y la entrega a lo inmediato, sea lo que fuere, lo que lo convierte pronto, demasiado pronto, en pasado.

Educar en la constancia es más que apelar al necesario esfuerzo y trabajo, sin duda imprescindibles. Se requiere algún horizonte y enfoque para la labor, para la tarea, con una determinada orientación y finalidad y con una definida motivación. Para afrontar la incapacidad para la coherente persistencia se requiere el cultivo personal y social de la firmeza. Ésta no es simple contundencia impuesta, sino el cuidado de la fortaleza y la entereza, decisivas para confirmar, consolidar y validar posturas, para hacer valer las buenas razones y defenderlas. Hemos de hacerlo a pesar de nuestras propias incongruencias y contradicciones, que no han de paralizar nuestro afán y nuestro tesón, sino que han de orientarse también hacia nosotros mismos.
No es cuestión de desistir. No hablamos ya sólo de la constancia como un valor imprescindible en la acción, sino como aquello que permanece como un don, como un legado fehaciente por la labor permanente y coherente. Queda constancia, deja constancia.


No cejar no es limitarse a resistir en una actitud intransigente. En muchas ocasiones, más que una posición adoptada o fijada, más que una manera resuelta de conducirse, consiste en no archivarlo todo en el desván, no de los despropósitos sino, lo que es peor, de los propósitos

Sin constancia no necesitamos de los otros para impedir nuestra acción. Nos bastamos a nosotros mismos.