viernes, 4 de mayo de 2018

Entre La Vida Y La Muerte

Cualquiera que sea nuestra fe, es a menudo incomodo el enfoque de la muerte, y el morir no refleja lo que creemos. Eso de saber que hay más allá de la vida y la muerte con frecuencia a mucho nos hace sentir írritos cuando estamos sobre el tema. De lo contrario, ¿Por qué el miedo a la muerte siendo cristianos, y sabiendo que el cielo está en el otro lado? ¿Por qué el ateo se aflige, cuando él es de la opinión de que nuestro intervalo de tiempo en esta tierra no es más que una mota efímera e irrelevante de polvo?

Si la reencarnación fuera nuestra creencia, entonces ¿Por qué habríamos de ser afectados tan profundamente y por qué habríamos de llorar si sabíamos que estábamos regresando? Nuestro enfoque de la muerte en ocasiones no es simplemente hipócrita, simplemente no tiene sentido.

La muerte es la parte más inevitable de la vida, y que optamos por ignorar su inminente llegada, lo mirarmos en su mayor parte por con el miedo y el desprecio. Sin embargo, a menudo se encuentra en presencia de la muerte nuestras más grandes revelaciones. La muerte pone las cosas en perspectiva. 

Esas cosas que pensamos importante pronto tienen poca relevancia, y empezamos a reflexionar sobre todo lo que es importante para nosotros. Es un momento que dejamos, que consideramos… para reflexionar.

Uno de nuestras más grandes revelaciones es la forma que tenemos de expresar nuestro verdadero afecto no contenida para otro, hasta que hayan pasado por esto, cuando somos consumidos de repente por el dolor de lo que hemos perdido.
Las emociones hierven por encima, y todas las cosas que nos hubiera gustado haber dicho llegan a la superficie de nuestros pensamientos. En ese momento en que suelen tener en cuenta que quizás tanto dolor no es suficiente para reparar su muerte.

En verdad, nuestro dolor es una pena que nace del hecho de que llevamos a cabo nuestra expresión. Pero cómo nos sentimos realmente mientras que la persona estaba viva, ¿Es nuestro dolor igual sabiendo que tal relación no fue vivida a plenitud como fue ofrecido por la constelación?

La tragedia de nuestro enfoque de la vida y la muerte, es que no queremos ver a la muerte como un ciclo continuo de la vida. Es el secreto a voces que todo el mundo sabe, pero no se atreve a hablar. Y así, cuando otro muere, actúan sorprendidos, como si fuera algo que no se pudo prever, cuando la verdad es que la muerte podría amanecer sobre todos nosotros, desde el día en que nacimos.

De la vida y la muerte, es necesario aprender que debemos apreciar más, amar más, dedicar más tiempo a reflexionar sobre la grandeza de nuestro ser, abrirse, tener el valor de expresar su ternura, olvidar el argumento, y dejar que sea necesario demostrar que tenía razón y aceptar que simplemente estaba equivocado, de amar sin nada que lo detenga, de dar cariño entero a sus hijos, hermanos, madre, padre, abuelos tíos, amigos y hasta los enemigos.

Porque cuando a tu alguien tú te entregas todo tu amor y lo hace realmente feliz, y vives plenamente los momentos que pasan juntos, tú no tienes deudas con él, sabes que lo hiciste bien aunque haya partido temprano.

Pero no lo hacemos. La defensa es nuestro juego final, y vivimos protegidos hasta el final.

La ansiedad y el ajetreo nos consumen, y la vida pasa, pasa y sigue pasando. No es de extrañar que lloremos cuando otra muerte cerca de nosotros pasa por encima, aunque nosotros realmente nunca llegamos a conocerlos.

Así que nos aferramos, se aferran a la ilusión de que lo era, todavía lo es, cuando la verdad es que lo que era, ya no se puede, y en verdad tal vez nunca lo fue.

Nos ligamos en las memorias aunque no fuera cierto… incluso, nos desesperada al tratar de recordar algo bueno. Hemos sido consumidos por el dolor y la culpa, sin darnos cuenta de que la vida, por su parte, continúa floreciendo en nuestra puerta, bailando al ritmo eterno de un ritmo armónico y divino que nos llama constantemente para saber y entender que la vida no tiene fin, ni principio, sin alta, sin ninguna baja, sin términos medio. ¡Es simplemente la vida!


Es simplemente un pulso universal, un pulso a la que todos pertenecemos. El ciclo de vida es tal que siempre hay una oportunidad de volver a vivir lo que no hemos elegido antes. Esa es su verdadera belleza. No hay muerte, sólo el amor, y es un amor que eternamente debemos recordar.

Las Aptitudes


Llamamos aptitudes a las distintas capacidades que una determinada persona tiene para realizar algo adecuadamente. 

Las aptitudes se refieren tanto al ámbito psicológico como al físico o corporal. 

Se puede hablar de aptitudes innatas, es decir, que se poseen desde el mismo momento del nacimiento, que dependen de factores constitucionales.

Hay personas que nacen especialmente dotadas para ejercer una labor en determinados campos y, ya desde niños, vemos que tienen una constitución física ideal para algunos deportes, o habilidades manuales, artísticas, sociales, intelectuales, etc.; pero si estas aptitudes no se desarrollan lo suficiente, el resultado final puede ser que estas personas lleguen a cierta edad sin destacar en los ámbitos para los cuales habían nacido especialmente dotadas. Por tanto, hay que considerar también la importancia de los factores adquiridos.

Otras veces, las aptitudes iniciales no sólo no se ven progresivamente desarrolladas, sino que se pueden ver disminuidas por diversos factores a lo largo de la vida, como, por ejemplo, por traumatismos, deficiencias físicas o psíquicas o simplemente por la edad; es decir, las aptitudes pueden sufrir un deterioro.

En la práctica, el desarrollo de las diversas aptitudes individuales se ve influido por circunstancias que actúan dentro de tres líneas fundamentales: proporcionalidad con las tendencias, constancia y polarización.

Las aptitudes vienen a ser instrumentos de las tendencias, ya que, en definitiva, suponen la mayor o menor capacidad para lograr un objetivo concreto. Cuando el objetivo de las tendencias («lo que queremos conseguir») está en proporción con nuestras aptitudes («lo que podemos hacer para conseguirlo») es muy probable que lo logremos. 

En este caso actuamos con «realismo, trazándonos objetivos que podemos llegar a superar; durante el camino que necesitamos recorrer para alcanzar el éxito habremos desarrollado nuestras propias aptitudes, ganaremos seguridad en nosotros mismos y nos sentiremos gratificados.

Todo esto hace que nos dispongamos a intentar lograr objetivos progresivamente superiores, ya que, paulatinamente, podemos estar realmente capacitados para conseguirlos. De este modo, resulta importante fijarse objetivos concretos a corto plazo que estén en proporción con nuestras aptitudes, si queremos irlas desarrollando a la vez que logramos una serie de metas.

Por el contrario, si los objetivos son desmesurados en proporción a nuestras aptitudes, se produce inevitablemente el fracaso, con lo que nos sentimos frustrados y con deseos de abandonar ese campo de actuación.

Si los objetivos son demasiado sencillos desarrollamos menos nuestras aptitudes y alcanzaremos un nivel inferior al que hipotéticamente nos correspondería. Es importante, entonces, conocer nuestras aptitudes y sacarles el máximo partido posible.

La constancia es también importante. A pesar de que los objetivos que nos hayamos trazado estén en consonancia con nuestras aptitudes, podemos tener fracasos de mayor o menor envergadura si abandonamos, quedándonos sin lograr unos objetivos que realmente estaban a nuestro alcance, y que hubiéramos conseguido de mantenernos perseverantes. Además, se puede producir un trauma psicológico que afectaría negativamente a nuestra vida psíquica o incluso un complejo.

Por último, hay que considerar la necesidad que se establece en un momento dado de polarizar nuestros esfuerzos en un sentido determinado. El conjunto de aptitudes deben estar lo más orientadas posible hacia objetivos que se sitúen dentro de campos concretos, que, generalmente, corresponden al ámbito profesional o laboral.

La dispersión de objetivos dificulta extraordinariamente la posibilidad de alcanzar un nivel de cierta altura en algunos de ellos, por lo que, cuando una persona tiene tendencias muy diferentes, debe renunciar a algunas de ellas en provecho de la que considere más importante, que debe coincidir con la tendencia para la que esté más dotado. 

Esto no significa una especialización exagerada, sin más, sino una polarización de esfuerzos hacia un determinado campo para profundizar en él, ya que profundizar en varios, en la actualidad, es casi imposible.

Esta actitud es perfectamente compatible con el desarrollo de aptitudes relacionadas con el objetivo principal, ya que tienen una labor complementaria fundamental, y, por supuesto, con un progresivo enriquecimiento cultural que sirve de soporte imprescindible, ya que favorece la maduración de la personalidad, ejerce un gran poder formativo y aporta una amplitud de miras necesaria para encauzar adecuadamente nuestras tendencias.


Dar O No Dar: He Ahí La Cuestión


El término mendigo, es utilizado para referirse a aquellos pobres que piden limosna procede de la palabra en latín mendīcus que era el modo como se denominaba en la Antigua Roma a aquellas personas que tenían algún defecto físico.

Aquellos que habían tenido la desgracia de sufrir un accidente o tenían algún ‘medum‘ [defecto en latín] no solían encontrar empleo o estaban impedidos para desempeñar algún trabajo (teniendo en cuenta que en aquella época la práctica totalidad de los empleos requerían algún esfuerzo físico), por lo que, ante la falta de una faena remunerada, la mayoría de los ‘mendīcus’ acababan pidiendo limosna para poder subsistir.

Con el tiempo acabó generalizándose el término mendigo para referirse a todos aquellos que habitualmente piden caridad, tengan algún defecto o no.

 Se conoce como ‘pordiosero’ a aquella persona sin recursos que vive y se sustenta de pedir limosna.

El término surgió en la Edad Media y comenzó a utilizarse para hacer referencia a aquellos individuos que se ganaban la vida pidiendo limosnas a los demás, ya que éstos utilizaban la coletilla ‘por Dios’ con cada petición: ‘Deme una limosna, por Dios’, ‘Por Dios dele una limosna a este pobre mendigo’, ‘Por Dios, una limosna’.

Al estar convencidos de que se trataba de auténticos profesionales de la mendicidad, se le añadió el sufijo ‘ero’ al final de la coletilla que utilizaban (invocando a Dios), al igual que se hacía con otros oficios: tabernero, alfarero, herrero, carpintero…

Así es como surgió el término pordiosero: ‘por-dios-ero’.


La Dignidad Del Trabajo


Un trabajo debe reunir varios factores para ser considerado un Buen Trabajo. No basta con un buen salario, un buen horario o buenas relaciones por separado. 

Debe existir una integración entre dichos factores y otros tantos más. Por ello, en hemos desarrollado un Decálogo del Buen Trabajo para que sepas cuáles son las condiciones mínimas, más allá de las legales, que un trabajo debiese tener para ser satisfactorio.

El primer requisito y más fundamental es que en tu lugar de trabajo se respete la dignidad del ser humano. Pero ¿qué entendemos por dignidad?

La dignidad hace referencia al valor inherente del ser humano por el simple hecho de serlo en cuanto a ser racional y dotado de libertadEs el derecho que tiene cada ser humano, de ser respetado y valorado como ser individual y social por el solo hecho de ser persona, independientemente de cualquier característica particular que pudiera poseer. 

La dignidad no es una cualidad accidental (como la de ser hombre o mujer, sano o enfermo, rico o pobre), sino que es algo esencial. En otras palabras, no hay ser humano que esté desprovisto de valor intrínseco, de dignidad.

Para comenzar debemos entender que el respeto a la dignidad es extensivo a todas las personas con las que interactuamos o compartimos en nuestros trabajos. Esto incluye a trabajadores, empleadores, clientes y proveedores. Es necesario considerar al otro como a uno mismo, cuidando su vida y en la medida de lo posible facilitándole los medios para vivirla dignamente.

Se oponen a la dignidad humana, los tratos humillantes, discriminatorios, la violencia y la desigualdad legal. Por tanto para cuidar la dignidad de las personas en nuestro trabajo debemos pensar siempre si nuestra acción, actitud u omisión está perjudicando en alguna u otra forma la dignidad del otro.

La dignidad implica además la libertad de trabajar y el derecho de acceder a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones, sin discriminaciones de sexo, raza, creencia.

Por tanto, cada vez que una mujer es discriminada salarialmente, cada vez que un migrante es discriminado en cuanto a que no posee las mismas condiciones de trabajo que sus compañeros, es una falta a la dignidad humana. 

Cada vez que en nuestro lugar de trabajo se pone en riesgo nuestra vida por falta de sistemas de seguridad es una falta grave a nuestra dignidad humana, así como cada vez que somos víctimas de acoso laboral.

La persona denominada trabajador debe considerarse siempre como sujeto de protección, cuidando tanto la integridad corpórea como la moral en el desempeño de su labor, no pudiendo posibilitarse cualquier injerencia hacia su privación o violación.

La dignidad y la sana convivencia son la base fundamental para que pueda existir una sociedad en armonía, y se pueda lograr el pleno respeto de la persona. Es a partir del reconocimiento y el respeto a la dignidad humana que en las comunidades se otorgan e imponen derechos y obligaciones para la vida en sociedad. 

Implica la obligación de asumir, de manera solidaria, el desarrollo de las potencialidades, presentes en la naturaleza de todo ser humano y hace posible la realización de la persona en todos sus aspectos.


Cabe insistir en que todo trabajo es digno e importante por el hecho de ser realizado por una persona. 

La dignidad del trabajo no reside en el tipo de trabajo que uno realiza sino en la persona humana que lo realiza. Por ello, es la persona humana quien confiere dignidad a cualquier trabajo y es el trabajador quien hace digno el trabajo. 

El trabajador debe por tanto siempre, tratar y ser tratado dignamente.

Entrometidos


En estos días estuve leyendo una fábula que me enviaron por correo y la verdad para reenviárselas es como demasiado larga, pero luego de leer y leer y leer lo que más  me gustó fue la moraleja del cuento.  

¿Qué cuál fue la moraleja? Pues ahí les va:

Cada quien mete y saca de su saco lo que quiere.

Claro, para entender esto debería reenviar la fábula, pero es muy larga así que yo solo la traduzco más criollamente de la siguiente manera:  

No te metas con mis temas porque son míos y no son problemas tuyos.  

 Yo siempre digo que la gente es tan cómoda, tan fresca, tan metida, tan metiche,  tan CHISMOSA (porque si fuera de buena intención no lo harían a escondidas, ¿no?) que le encanta meterse en la vida de los demás sin ver que su propia vida da más tela para cortar que la que están criticando o chismoseando.  

Yo por eso VIVO Y DEJO VIVIR.

No me meto en la vida de nadie para que NO SE METAN EN LA MÍA.  

Hago mi vida como mejor me place porque estoy consciente y feliz de saber que no le hago daño a nadie y sobre todo NO ME METO EN LA VIDA DE LOS DEMÁS.  

Pero, como en esta vida todo no es perfecto, siempre hay quien se mete donde no le importa, pregunta lo que no es asunto suyo y chismosea como si la vida que llevara no diera ya bastante pena.  

En fin, me gustó mucho esa fábula y quise traducir la moraleja porque nunca esta demás, ¿verdad ?

Displicencia


Quien se comporta con desprecio hacia los demás, actúa con desgana y expresa indiferencia por los otros, tiene una conducta displicente. Supone una actitud muy poco respetuosa y propia de personas soberbias e intolerantes.

Etimológicamente, el término displicencia proviene del latín, concretamente del vocablo displicentia.

La actitud displicente es la cara opuesta de la amabilidad, el respeto y la buena educación. En el trato con los demás hay una norma general no escrita que conviene recordar: hay que tratar a los otros como nos gustaría ser tratados.

La persona displicente puede tener sus motivos personales para comportarse con altanería e indiferencia, ya sea porque se cree superior o porque no le interesa lo que ocurre a los otros. A pesar de sus razones, su actitud indica mala educación y una nula empatía.

La palabra displicencia no siempre se usa para describir el comportamiento despreciativo hacia alguien, ya que en ocasiones hace referencia al escaso interés en una actividad. Cualquier persona que realice una tarea o actividad sin determinación e interés también puede considerarse como displicente. 

En este sentido, su actitud no se proyecta sobre otra persona sino que se manifiesta en una actividad concreta.

El estudiante desmotivado por sus estudios o el trabajador que no se compromete en su actividad laboral, son ejemplos típicos de comportamientos displicentes. 

En ocasiones, ciertos gestos o tonos de voz (por ejemplo, un bostezo o una mueca expresando falta de interés) se pueden considerar como displicentes.

Las personas que se comportan normalmente con apatía a la hora de realizar una tarea se sienten desconectadas emocionalmente. 

En otras palabras, cumplen con sus obligaciones, pero sin ningún tipo de entusiasmo por lo que están haciendo.

Si bien en algunos casos puede haber una razón que justifique este comportamiento (por ejemplo, alguien que trabaja en una situación de explotación laboral), la actitud displicente es una reacción psicológicamente dañina y poco recomendable. 

Así, si tenemos que cumplir con una obligación porque no queda más remedio, es preferible hacerlo con un mínimo de entusiasmo y no con indolencia y dejadez.


Para comprender el verdadero significado de una palabra puede ser útil recordar las palabras con un significado contrario, es decir, los antónimos. 

En este sentido, cortesía, amabilidad, agrado o satisfacción son algunos de los antónimos de displicencia.



Solución De Conflictos


El conflicto forma parte de la vida y es un motor de progreso, pero en determinadas condiciones puede conducir a la violencia. Para mejorar la convivencia educativa y prevenir la violencia, es preciso enseñar a resolver conflictos de forma constructiva; es decir, pensando, dialogando y negociando.

Un posible método de resolución de conflictos se desarrolla en los siguientes pasos:

Definir adecuadamente el conflicto.
Establecer cuáles son los objetivos y ordenarlos según su importancia.
Diseñar las posibles soluciones al conflicto.
Elegir la solución que se considere mejor y elaborar un plan para llevarla a cabo.
Llevar a la práctica la solución elegida.
Valorar los resultados obtenidos y, si no son los deseados, repetir todo el procedimiento para tratar de mejorarlos.

Una buena idea puede ser ir escribiendo las distintas fases del proceso, para facilitar su realización.

En los programas de prevención de la violencia escolar que se están desarrollando en los últimos tiempos, se incluyen la mediación y la negociación como métodos de resolución de conflictos sin violencia.




La Lucidez


La lucidez es un estado de ánimo doloroso. Estar lúcido implica “conocer” en su sentido más amplio. Es percibir hasta en las menores cosas las distintas facetas de la vida. Es una duermevela, una vigilia en medio de la noche.

Estar lúcido es alcanzar un nivel de conciencia trascendente que  provoca la complejidad del ser y sus circunstancias. Es ver claramente, como decía Pablo, Apóstol de Jesucristo, no por un espejo, sino cara cara. Es no intuir la entropía sino abarcarla en su conjunto con todo lo que ello implica.

Estar lúcido es asimilar la esencia del conocimiento primordial. Es un abarcar en la milésima de un segundo las viejas claves perdidas en el tiempo. Y saber de veras. Saber que el equilibrio supremo está en soportar las vicisitudes cotidianas con una mirada “más allá del bien y del mal” al decir de Nietzsche, el más atroz de los desesperados.

Estar lúcido es alcanzar el punto culminante del hombre y de las cosas.  Es el “estar iluminado”, es  el “entender” soportando los mayores dolores con los más desenfrenados placeres.  Es estar abierto al Todo, al Todo, así con mayúsculas. Y es aterrarse por ese conocimiento que alguna vez estuvo vedado a los hombres, pero que algunos lograron alcanzar.

Estar lúcido es traspasar los umbrales de lo cotidiano. Es ver más allá. Es “aprehender” de una forma total, circular. Estar lúcido es descarnarse. Ser un atalaya en la soledad como Ezequiel, profeta en medio de Israel.

Saber las verdades y tolerar ese conocimiento que puede ser atroz, es estar lúcido. Porque es ver hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es “asir” lo inasible. Es “vivir de veras”. Es ver sin los celajes de la costumbre.

Alejandra Pizarnik, esa gran desesperada de nuestra literatura lo supo. Es que los artistas alcanzan ese estado pavoroso de lucidez. Por eso escribió:

“La lucidez es un don y es un castigo, está todo en la palabra, lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer, el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. 

Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de Lux y de Fergus que quiere decir, el que tiene luz, el que genera luz, el que trae la luz que permite la visión interior, el bien y el mal, todo junto: el placer y el dolor. La lucidez es un dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez, el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se ven los años y en esto se fue la bella alegría animal”.


Han alcanzado esa lucidez, entre otros, los místicos y los locos. Por eso es que la lucidez pocas veces se perdona y que a algunos ha llevado al ostracismo o al cadalso.

Cuando Crees Que Sabes


Se atribuye a Sócrates decir: "yo sólo sé que no sé nada"; esta frase memorable señala justamente el principio de la verdadera sabiduría. La frase no aparece como tal en la obra de Platón. Sin embargo, el verdadero espíritu de la frase puede encontrarse en La apología, cuando Sócrates responde con humildad a la idea que se tiene de que él es el más sabio de los atenienses. 

Dice ahí que si parece que es más sabio lo es sólo en que "lo que no sé no creo que lo sé". En la humildad y en el correcto juicio de no pensar que se sabe algo que no se sabe yace el principio de la sabiduría. Y es que, y en esto coinciden Platón y Aristóteles, la filosofía nace del asombro o del misterio ante lo desconocido.

Unos 100 años antes de que viviera Sócrates, en China apareció una misteriosa figura, el gran sabio Lao-Tse. En el libro del Tao se habla sobre lo mismo y se considera que el creer que se sabe es una enfermedad:

"Saber que no sabemos
es un gran conocimiento.
Pensar que sabemos, cuando no sabemos,
es una gran enfermedad.
Sólo aquel que sabe que está enfermo
puede curar su enfermedad.
El sabio tiene salud.
Él muestra a los demás sus enfermedades
y así pueden ser curados"
Tao Te Ching LXXXI, versión J. Mascaró

Este mundo es una enfermedad --todos estamos enfermos de la muerte y el sufrimiento y volveremos al ciclo de renacimiento y muerte; al menos esto es lo que señalan gran parte de los sistemas filosóficos espirituales, de los Upanishads  a Buda y a Platón. 

Es la ignorancia la que produce el sufrimiento. 

Lo primero es saber que vivimos de manera ignorante, ya que de otra forma no sufriríamos. No hay enfermedad más grave que creer que uno sabe, cuando en realidad sólo tiene el medicamento, los recursos para cubrir o paliar los síntomas de una profunda ignorancia. 

Es la sabiduría la que cura y libera, la medicina de los grandes maestros como Sócrates, como Lao-Tse, como Buda, la cual debe de ser hecha propia, ya que es intransferible hasta que no se experimenta como una verdad interior.

Pero incluso desde una perspectiva no espiritual resulta evidente que nuestra sociedad de la información padece un caso especialmente agudo de confundir justamente estar informados con saber, y de ahí un falso creer. 

Lo analizamos extensamente en este ensayo sobre las diferencias entre la sabiduría, el conocimiento y la información. Y es que, como dice Maria Popova del sitio Brain Pickings, el hecho de que hoy todos sientan que deben tener una opinión sobre todo produce más ignorancia:


Vivimos en un mundo donde abunda la información, pero enfrentamos una creciente escasez de sabiduría. Y lo que es peor, confundimos la una con la otra.

Creemos que tener más acceso a la información produce más conocimiento, y esto resulta en sabiduría. Pero, si acaso, lo opuesto es verdad --más y más información sin el contexto y la interpretación adecuada sólo confunde nuestro entendimiento del mundo en vez de enriquecerlo.

Moral Y Sentimientos


Nos hacemos la pregunta, ¿se puede juzgar si una acción es buena o mala sin tener sentimientos? ¿Cuánto están ligados los sentimientos a la moral?

Al ser amoral, no puedes juzgar lo que es moral o inmoral. Por lo tanto, en ese caso te vas a regir por lo que tengas establecido. 

Si alguien te dice que eso es bueno y eso es malo, tu vas a a seguir ese criterio porque es lo que te han enseñado, no porque pienses que sea así.

Entonces nos hacemos otra pregunta, ¿es posible no sentir nada por nadie?
Dexter afirma que él es un psicópata y no siente nada… pero yo opino que no se puede no sentir absolutamente nada por nadie. Una persona y sus acciones te van a transmitir algo, sea bueno o malo, y a raíz de eso vas a tener una opinión distinta de cada persona. Por ejemplo, Dexter se preocupa por su hermana y su familia, por lo que eso implica sentir cariño y afecto por ellos.

Dexter hace distinción entre personas buenas y malas porque es el criterio que le dio su padre. La moral se guía por la regla: “no hagas lo que no te gustaría que te hicieran”. Por lo tanto pienso que la moral y los sentimientos están ligados hasta cierto punto.

Por un lado, para establecer qué es moral e inmoral tienes que seguir esa regla, y por lo tanto ahí ya entran en juego tus sentimientos y la razón. Sin embargo, una vez establecidos los puntos vas a tener que seguirlos gracias a la razón solamente. Ya que puede haber veces  en las que tus sentimientos te pidan hacer algo inmoral.


No podemos establecer hasta que punto intervienen los sentimientos en la moral, pero como dijo Anatole France: “La moral descansa naturalmente en el sentimiento”



Participación Ciudadana

Cuando la sociedad percibe a los políticos como actores de un teatro -mucho flyer, mucha pose pero pocas propuestas- ajeno a sus intereses e inquietudes, pierde la confianza en ellos, refugiándose, lamentablemente, en el escepticismo y la apatía social. Su alejamiento de la participación política -incluyendo la electoral- es aprovechado con facilidad por esos portadores de propuestas demagógicas, que explotarán el sentimiento de inseguridad generado por el propio sistema.

Y a todas luces se hace impostergable recuperar la noción de partido como movimiento de organización de lucha para el rescate del país y no como simple administrador de “posibles escuálidos” cargos públicos (alimentado con aquello de “los espacios que se pueden perder”) o como simple maquinaria electoral. 

Resulta vital la noción de partido generador de sentido común, de proyecto nacional, de articulador de espacios de intermediación con el Estado, sin las sospechosas componendas tras bastidores, con diálogos sin más allá. Se presenta como apremiante que cambien su concepción de partido y la relación con las organizaciones de la sociedad.

Sin embargo, no son los políticos los únicos responsables de cuánto pasa en el ámbito político. Hannah Arent (¿Qué es la Política?) anotaba que ser libres comporta asumir en cada uno de nosotros la posibilidad de cambio, y que la mejora de la actividad pública tan sólo depende de nosotros, de lo que estamos dispuestos a construir.

Abandonar el espacio público por escepticismo, desaliento, apatía, resulta muy peligroso y supondría la entrega definitiva de una herramienta que -aunque ya maltrecha- es fundamental para la mejora de nuestra calidad. La búsqueda de una mejor representatividad, de mecanismos de control ciudadano más eficientes y de una mayor participación ciudadana resulta un pilar para la gobernabilidad de nuestro sistema político.

Por ende, contrario a cuantos enarbolan la bandera de la antipolítica, se requieren partidos y movimientos políticos fuertes, asambleas y cuerpos colegiados eficientes y una sociedad civil que exija, demande y actúe para lograr estos objetivos.

Contra el despotismo, la corrupción y el cinismo no valen sofismas ni pretextos. Cada vez se nos hará más difícil resistir a la mentira y la coacción. Mientras más demore la sociedad civil en regresar al entusiasmo por los partidos o al reconocimiento de su imperiosa necesidad, más tiempo tardará la reconstrucción de un sano tejido político.



Leer Para Aprender


Formar lectores en el siglo XXI exige atender como mínimo a una triple dimensión: formar personas que puedan leer, que puedan disfrutar con la lectura y que puedan utilizarla para aprender y pensar. ¿Qué necesitan los alumnos para ser lectores competentes? (a nivel individual y contextual) ¿Se desprende de la competencia en lectura la capacidad de utilizar la lectura para aprender?

¿Qué características poseen las situaciones de enseñanza que permiten un uso estratégico de la lectura para aprender? Los contextos de enseñanza deberían garantizar el enfrentamiento de los alumnos con múltiples textos que les proporcionen la posibilidad de hacer un uso real de las competencias implicadas en la comprensión.

La lectura ha sido importante para el hombre desde hace 3000 años. 

Los sumerios en Babilonia y los fenicios en la Península Ibérica inventaron y utilizaron códigos para leer y escribir. A partir de entonces, gozamos del privilegio de la lectura, ya sea en un formato impreso o bien en un formato virtual de Internet.

La lectura y el gusto por leer están estrechamente ligados a la vida porque permiten el intercambio de información, el desarrollo del conocimiento, el crecimiento personal y la interacción en la sociedad. 

Desde la infancia hemos escuchado acerca de la importancia de la lectura, de los conocimientos que por medio de ella se adquieren, así como de la necesidad de leer para conocer, apreciar, cuestionar la palabra escrita y adquirir una capacidad crítica.

La lectura es imprescindible para ser buenos ciudadanos, participar críticamente e incorporarnos activamente en la sociedad; contribuye al desarrollo de todas nuestras capacidades: adquirir conocimientos, descubrir valores estéticos y éticos, acceder a diversos espacios y tiempos, conocer obligaciones y derechos. 

Leer es una puerta abierta al empleo, la ciencia, la política, el teatro, la música, la aventura, la cultura, la comunicación con la sociedad.


No obstante, no todas las personas saben leer, y otras no comprenden lo que leen.

jueves, 3 de mayo de 2018

Perseverancia Y Constancia

Las actuaciones esporádicas pueden ser interesantes, irrupciones iluminadas por un fogonazo, el destello del arrebato o la magia del instante. 

Pero hemos de aprender a saborear la firmeza y la perseverancia de la constancia, no siempre tan llamativas, como formas intensas de consistencia, de persistencia, de resistencia.

Importantes logros aguardan tras un trabajo cuidado y minucioso, tras la coherencia de una labor de insistencia. Ello exige no pocas veces paciencia.

Activa, pero paciencia.

Tarea compleja. No es de extrañar que un sordo cansancio parezca habitar ciertas arduas, prolongadas y necesarias tareas. En ese caso tenemos tendencia a la supuesta agitación de un ir y venir que bien puede ser en algunos casos una muestra de debilidad. No nos referimos ahora a la pertinencia de ciertas estrategias, dado que en ocasiones éstas no son lineales sino que resultan muy mezcladas, muy combinadas, muy diversas. Y no pocas veces compatibles. 

Pero, en ocasiones, de lo que simple y llanamente carecemos es de constancia. Somos inconstantes. Y no sólo individualmente también colectiva y socialmente.

No está mal hacer planes, pero esa permanente tendencia a planearse y programarse en cada momento, como forma de eludir la coherencia y la intensidad de una adecuada organización de los asuntos, confirma asimismo que encontramos más atractivo vislumbrar ocasionalmente que hacer con perseverancia. Y ahí nos quedamos. 

La acción se diferencia de la actividad en que no es simplemente una actuación incidental. La acción puede ser puntual, incluso ínfima, concreta, bien concreta, pero requiere un cierto concepto, si no de totalidad, sí al menos de integridad. 

Quizá vivimos tiempos en que hay mucha actividad y poca acción.

Creemos resolver nuestro desconcierto empezando una y otra vez, como si en los inicios habitara una pureza aún no contaminada por las acciones y por las decisiones. Ese supuesto nuevo comienzo nunca es inocente y no suele resultar tan deslumbrante e inaugural. La constancia es también una forma de reconocimiento

No se trata de empecinarse en los errores y en los fracasos, pero sí de aprender de ellos, con ellos, por ejemplo, para no tratar de empezar cada vez. 

La falta de constancia tiene tendencia, no sólo a repetir, sino a reproducir, a veces de otra forma no necesariamente mejor, lo que se reinicia. 

Para generar hay que saber recibir lo que se nos entrega. Considerar que crear es sólo el gesto de ponerse a la obra olvidando todo lo logrado es ignorar que el resultado es también en verdad creación. Y no sólo individual. Y que exige dedicación, tesón. Y no poco conocimiento.

La dimensión, no siempre evitable, del hacer como espectáculo, incluso del hacer más íntimo, oculta en ocasiones la falta de generosidad para cuanto se viene haciendo, por otros o por uno mismo, la poca perspectiva para cuanto habrá de venir y la entrega a lo inmediato, sea lo que fuere, lo que lo convierte pronto, demasiado pronto, en pasado.

Educar en la constancia es más que apelar al necesario esfuerzo y trabajo, sin duda imprescindibles. Se requiere algún horizonte y enfoque para la labor, para la tarea, con una determinada orientación y finalidad y con una definida motivación. Para afrontar la incapacidad para la coherente persistencia se requiere el cultivo personal y social de la firmeza. Ésta no es simple contundencia impuesta, sino el cuidado de la fortaleza y la entereza, decisivas para confirmar, consolidar y validar posturas, para hacer valer las buenas razones y defenderlas. Hemos de hacerlo a pesar de nuestras propias incongruencias y contradicciones, que no han de paralizar nuestro afán y nuestro tesón, sino que han de orientarse también hacia nosotros mismos.
No es cuestión de desistir. No hablamos ya sólo de la constancia como un valor imprescindible en la acción, sino como aquello que permanece como un don, como un legado fehaciente por la labor permanente y coherente. Queda constancia, deja constancia.


No cejar no es limitarse a resistir en una actitud intransigente. En muchas ocasiones, más que una posición adoptada o fijada, más que una manera resuelta de conducirse, consiste en no archivarlo todo en el desván, no de los despropósitos sino, lo que es peor, de los propósitos

Sin constancia no necesitamos de los otros para impedir nuestra acción. Nos bastamos a nosotros mismos.

Rebelión intelectual


Intelecto

La gran rebelión pendiente es la rebelión intelectual.

Todas las revoluciones auténticas, de hecho, empiezan con una rebelión:
la Toma de la Bastilla, el Octubre Rojo, el mayo del 68. 

La mayor parte de las rebeliones empiezan con una matanza, o un asesinato, o la destrucción de edificios notables o enseres valiosos. 

Muy pronto se convierten en revoluciones sangrientas, inhumanas. A veces el baño de sangre no se produce al inicio, sino al final. Es el caso del pobre Gandhi, que vio cómo su rebelión pacífica acababa en las brutales masacres que sucedieron a la partición de la India. 

Parece evidente que la única rebelión que no provoca una Némesis horrenda es la rebelión intelectual.

Rebelarse intelectualmente no es fácil. Lo que se rebela es el intelecto, una habilidad humana usualmente atrofiada. El pensamiento humano es semejante a una caja de herramientas y el intelecto es una de esas herramientas. 

Su uso experto es el resultado de un largo aprendizaje, asociado obviamente a la lectura. Leyendo se cultiva el intelecto, aunque esto no significa que leyendo disfrutemos más de la vida. No se cultiva el intelecto para ser felices, sino para ser libres.

Luego, si acaso, somos felices porque somos libres, pero no necesariamente.

Quien busque la felicidad, de hecho, no debe cultivar el intelecto. Los simples
de espíritu suelen disfrutar de la bienaventuranza.

La libertad de espíritu no es otra cosa que la libertad intelectual.

Es una forma de libertad sin pautas ni guión previo. 

Uno se libera intelectualmente cuando se libera.

De pronto, dice no y sabe porque lo dice. No a esto, y a esto, y a esto, y a lo otro.

Cada no es, a la vez, un sí. Los que osan liberarse de este modo parecen arrogantes.

¿Cómo se atreven a decir no cuando todos dicen sí? ¿Cómo se atreven a decir sí cuando todos dicen no? La liberación intelectual es incómoda, no favorece en absoluto el trato social.

El que se libera es un Cándido volteriano que provoca pequeñas catástrofes
a su alrededor. A nadie le gusta tratar con un liberado intelectual. Suscitan un
poco de prevención, de miedo o, incluso, de repugnancia. 

El liberado intelectual es un Gregor Samsa para el común de los mortales. 

Su presencia molesta, abruma,irrita, entorpece el normal discurrir de las cosas.


Trascendencia




Filosofía
Ese cambio fundamental puede realizarse cuestionándonos en torno a nosotros y al medio en el que vivimos: a) ¿Ese objetivo vale la pena?; b) ¿Es necesario?;
c) ¿Necesito cambiar del todo?

No obstante, hay momentos en que la confusión puede abrumarnos ante estas preguntas, por lo que Krishnamurti explica que cuando uno está confundido, se debe pausar todo tipo de actividad mental; de lo contrario, sólo comenzaremos a saturar a nuestra confusión:

Observa las actividades de la mente sin intentar cambiarlas o ponerles un fin, porque en el momento en que encuentres un final, regresarás a la dualidad de ‘yo, no-yo’. Es la mente la que no está consciente de sus propias actividades que alguien más introdujo, y de las cuales nos volvemos esclavos.

De modo que para liberarnos de este abrumo y realizar una transformación fundamental, es cuestión de comprender el proceso de nuestro propio pensamiento: ¿de dónde vino?, ¿con qué está relacionado?, ¿es funcional o útil?…

Una vez que seamos conscientes de ello, menciona Krishnamurti, nos damos cuenta de que la mente es:
quien crea el problema, mi ser mental es el resultado del tiempo, de la memoria, de la noción del ‘yo’, el cual siempre estará deseando ‘más’, por inmortalidad, por continuidad, por permanencia en el aquí y en el ahora. 

Pero es la incertidumbre en nosotros mismos lo que conlleva las manifestaciones externas de la ambición personal, el deseo de ser alguien, la actitud agresiva frente a la vida.

Así que al liberar esa angustia latente, el cambio radical y fundamental se realizará desde el interior y nos conectará con una lujuria por la vida, con una viveza en los vínculos, con una trascendencia de los bienes materiales:
Para tener la plenitud interna de la vida, la cual incluye a la muerte, la mente debe liberarse de sí misma desde el conocimiento. 

El conocimiento debe cesar para darle espacio a lo desconocido y al sentido materialista de la autorrealización.


La Soberanía Semántica

Se trata de asumir la dirección y la producción revolucionaria de las ideas y se trata de impedir su separación de la práctica. 

Se trata de ejercer la responsabilidad y el derecho de esculpir, con nuestros propios cinceles, -y a nuestro gusto- conceptos para la Batalla de las Ideas. 

Se trata de liberar los caudales expresivos; se trata de la libertad de expresión inteligente y transformadora sin ataduras de clase, sin hegemonías de silencio… sin la ideología de la clase dominante. 

Se trata, pues, de organizar las agendas al calor de nuestras luchas y no al servicio del temario depredador con que las oligarquías nos humillan y nos anestesian.  No se trata de hablar  -sólo- de lo que se “nos da la gana” sino de ordenar ideas sobre lo que se necesita. Resolver los problemas de la humanidad comenzando por casa.

Mientras las cabezas estén infestadas con las baratijas intelectuales que implantan los poderes burgueses en las cabezas de los pueblos, disfrazados de “gustos”, “tradiciones”, “noticieros” o “temas de actualidad”, reinará un sistema de presión económico-política inyectada con incertidumbres, chantajes y trastadas para la desinformación y la manipulación de la realidad. Si hubiese Soberanía Semántica se expresaría en confianza plena sobre las luchas de los trabajadores y no en confianza por el individualismo ni las payasadas de los “buenos muchachos” burgueses.

Sin Soberanía Semántica nos manosean el espíritu y nos lo prostituyen. Lo someten una depauperación de pensamiento y acción donde nos hacen irreconocibles y nos hacen ajenos a nuestras propias identidades. 

El enemigo inocula sus idearios, su erudición, sus saberes y sus valores en nosotros para que creamos que son superiores, mejores y absolutos y, con ello, destruirnos nuestras agendas de combate. 

No esperemos misericordia y menos de las agendas impuestas para anular nuestro pensar libre y obligarnos a hablar y actuar exactamente como a ellos les place, les conviene y les enriquece. Al margen de los acuerdos o desacuerdos que se pueda tener con una u otra semántica revolucionaria no hay impedimento para que reconozcamos la urgencia de la emancipación semántica al calor de la lucha y esa es la clave.

En la industria de los “lavaderos de cerebros” destacan los fanatismos consumistas encadenados a las leyes del mercado burgués. Por eso importa conocer el calibre de las aberraciones de la moral burguesa que norma la calidad del pensamiento por el monto de lo que se paga. Nos lavan el cerebro no para el “libre pensamiento” sino para liberarse ellos de que pensemos libremente. 

Sometida la semántica luego de someter a la economía y a la política, caminamos al abismo de la peor crisis de miseria de pensamiento y despojo intelectual que hubiésemos imaginado… ellos quieren apagar el cerebro de los pueblos, que quede bien lavado y nos dispongamos a comprar y comprar todo lo que acumula en sus bodegas la crisis de sobreproducción que nos asfixiará hasta la eternidad si nos quedamos quietos.



La Dignidad De La Discrepancia

Filosofía
La  Dignidad De La Discrepancia
Giovanni Pico, nacido en Mirandola, cerca de Ferrara en 1463, fue uno de los filósofos más importantes del Renacimiento europeo y lo que hoy llamaríamos un niño prodigio. A los catorce años, mientras estudiaba en la Universidad de Bolonia publicó su primer libro. Luego, con objeto de leer los más importantes libros del conocimiento tradicional (Biblia, Corán, Cábala, Platón, etc.), aprendió, además de latín, griego, árabe, hebreo y caldeo. Su formación filosófica se completó con retórica y lógica matemáticas.

Su obra clave, escrita a los veinticuatro años, fueron las “Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae”, también conocidas como “Las 900 tesis”, o proposiciones recogidas de las más diferentes fuentes culturales, tanto de filósofos y teólogos latinos como árabes, hebreos, caldeos, pitagóricos, platónicos, aristotélicos, e incluso esotéricos, como Hermes Trimegisto.

Tras ser perseguido, condenado por herejía y absuelto se retiró a Florencia, donde murió joven, a los treinta y un años, en circunstancias misteriosas, cuando entraba Carlos VIII de Francia reivindicando su derecho a la corona de Nápoles.

Pico es uno de los más importantes defensores del sincretismo y del estudio comparativo de distintas tradiciones culturales. Se propuso llegar a un acuerdo entre las distintas religiones para llegar a una “paz filosófica”.

Las mencionadas 900 tesis iban precedidas de una introducción, conocida como “Discurso sobre la dignidad del hombre”, en donde se defiende el derecho a la discrepancia, el respeto a las creencias de los demás y el ideal de enriquecimiento de la vida a partir de los diferentes puntos de vista.

En este discurso cuenta cómo, cuando Dios formó al hombre, y puesto que no encontraba ningún modelo para hacerlo, le dio la libertad para que este tuviera la forma y función que deseara. Dice así:

“La naturaleza de las demás criaturas, la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitantes, de acuerdo a tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho ni mortal, ni inmortal. Ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que tú podrás transformarte a ti mismo, en lo que desees.

Podrás descender a la forma más baja de existencia, como si fueras una bestia. 
O podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos”.


Transcurridos algo más de quinientos años de su muerte, siguen siendo sus enseñanzas tan vigentes e importantes como en su época. 

Otro nuevo Renacimiento, otro nuevo Humanismo son necesarios.