lunes, 7 de mayo de 2018

Asumir Responsabilidades


Es muy frecuente hablar de libertad, de defender esta capacidad del hombre de ser libre, sin embargo no se habla tanto de responsabilidad. Ser responsable supone asumir las consecuencias de los propios actos, de nuestras decisiones.
La responsabilidad no significa sólo responder ante uno mismo, hemos de responder también ante los demás.

Podemos definir a la persona responsable como aquella que asume las consecuencias de sus actos intencionados, resultado de las decisiones que tome o acepte; y también de sus actos no intencionados, de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o, por lo menos, no perjudicados; preocupándose a la vez de que las otras personas en quienes puede influir hagan lo mismo.

Una persona responsable toma decisiones conscientemente y acepta las consecuencias de sus actos, dispuesto a rendir cuenta de ellos. La responsabilidad es la virtud o disposición habitual de asumir las consecuencias de las propias decisiones, respondiendo de ellas ante alguien. Responsabilidad es la capacidad de dar respuesta de los propios actos.

Para que pueda darse alguna responsabilidad son necesarios dos requisitos:

Libertad. Para que exista responsabilidad, las acciones han de ser realizadas libremente. En este sentido, ni los animales, ni los locos, ni los niños pequeños son responsables de sus actos pues carecen de uso de razón (y el uso de razón es imprescindible para la libertad).

Ley. Debe existir una norma desde la que se puedan juzgar los hechos realizados. La responsabilidad implica rendir cuenta de los propios actos ante alguien que ha regulado un comportamiento.

El hombre responde de sus actos ante sí mismo (juicio de conciencia) y otros hombres. A su vez, la responsabilidad ante los demás puede ser de varios tipos: responsabilidad jurídica (ante las leyes civiles), familiar-doméstica (ante la familia), laboral, etc.

Sí. Hay exceso de responsabilidad cuando se piden cuentas -a sí mismo o a otros- de comportamientos que no estaban regulados o que no era preciso regular. Suele darse cuando falta amor a la libertad; por ejemplo, si se pretende regular y controlar todo y al detalle, atenazando diversidad e iniciativas. Pero es más frecuente la irresponsabilidad.

Disminuye la responsabilidad lo que disminuye la libertad, es decir, lo que entorpece la voluntad y el entendimiento, que son las facultades necesarias para realizar acciones libres. Por ejemplo, la violencia, la ignorancia y el miedo.

Es preferible ser hombres libres, dueños de sus actos, capaces de tomar decisiones y de asumir sus consecuencias. Da gusto tener en el propio equipo a alguien que cumple los compromisos con responsabilidad.

La palabra responsabilidad trae malos recuerdos a la imaginación por varios motivos: Normalmente sólo se relaciona con errores o castigos, pues cuando la consecuencia de una acción es un premio no suele hablarse de responsabilidad sino de mérito.

Responder ante otros parece ir contra la propia libertad. Ambas cosas van unidas: sin libertad no hay responsabilidad, sólo quien es dueño de sus actos puede responder de ellos.

La responsabilidad se ve como opuesta a la diversión. En realidad sólo se opone al tipo de diversión sin medida; pues una persona responsable sabe divertirse en los momentos y modos razonables.

Ya hemos dicho también que no vivimos solos en el mundo y que nuestros actos repercuten para bien o para mal en los demás, en este sentido tenemos un compromiso de comportarnos como personas ante la sociedad. 

No podemos concebir nuestras vidas fuera de todo compromiso. Esto ocurre cuando pensamos únicamente en nosotros mismos y no consideramos al resto del mundo, buscando exclusivamente pasarlo bien.


Ser responsable significa obedecer. Obedecer a la propia conciencia, obedecer a las autoridades, obedecer a mis superiores, sabiendo que esa obediencia no se refiere a un acto pasivo, de esclavo, sino a un acto operativo de compromiso, de deber.

El Riesgo De Que La Tecnología Tome El Comando

El ensayista norteamericano Nicholas Carr ha publicado recientemente un libro titulado “Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas” (editorial Taurus), en el que reflexiona y describe múltiples ejemplos de hasta qué punto hemos depositado nuestra fe en las nuevas tecnologías, olvidando que no siempre resultan infalibles.

Sin querer pecar de tecnófobo, pues también alaba las inmensas posibilidades que la Red ofrece para acceder a información o comunicarse,  sí advierte sobre si el exceso de tecnología nos está llevando a perder algo de nuestra esencia humana. 

Permitimos y asumimos que el software lleve a cabo muchas tareas para las que antes utilizábamos nuestro cerebro. Un ejemplo muy ilustrativo es que confiamos en una voz artificial, la del GPS, que nos guía paso a paso hasta nuestro destino cuando vamos conduciendo, incluso aunque percibamos que circulamos por el camino equivocado.  Gracias a los correctores automáticos, cada vez escribimos peor y con más faltas de ortografía.

El señor Carr destaca que a medida que empresas como Facebook, Google, Twitter y Apple compiten entre ellas para ganarse nuestra lealtad, sus aplicaciones y su software tienden a minar el esfuerzo que supone conseguir cualquier cosa y consecuentemente tendemos a perder talentos y capacidades.

Las máquinas están diseñadas por tecnólogos que sólo están preocupados por saber hasta dónde es capaz de llegar la máquina, y no de qué modo puede esta expandir nuestras capacidades. Según palabras del propio autor, “Las innovaciones tecnológicas no se pueden parar, pero podemos pedir que se diseñen dando prioridad al ser humano, ayudándonos a tener una vida plena en vez de apoderarse de nuestras capacidades”.

 Es como si al poner el GPS hubiéramos ido perdiendo el rumbo o la capacidad de orientación. Y esto no es un juego de palabras. Es muy interesante el capítulo del libro que dedica a los esquimales y que resumo a continuación.

La pequeña isla de Igloolik, en la costa de la península de Melville, perteneciente al territorio Nunavut del norte de Canadá, es un lugar desconcertante en invierno.

La temperatura media se aproxima a los veinte grados bajo cero. Capas gruesas de hielo marino cubren las aguas aledañas. No hay sol. A pesar de las espantosas condiciones, los cazadores inuits se han aventurado fuera de sus casas durante unos 4.000 años atravesando miles de kilómetros de hielo y tundra en busca de caribús y otras presas. 

La capacidad de los cazadores para recorrer vastas extensiones de terreno ártico árido, en el que hay pocas marcas, las formaciones de nieve están en continuo movimiento y los rastros han desaparecido a la mañana siguiente, ha fascinado a viajeros y científicos desde que, en 1822, el explorador inglés William Edward Parry anotase en su diario la “precisión asombrosa” del conocimiento geográfico de su guía inuit.

La extraordinaria pericia para orientarse de los inuits no surge de la destreza tecnológica —han evitado los mapas, las brújulas y otros instrumentos—, sino de una comprensión profunda de los vientos, las formas de las ventiscas, el comportamiento animal, las estrellas, las mareas y las corrientes. Los inuits son maestros de la percepción.

O al menos lo eran. Algo cambió en la cultura inuit con el cambio de milenio. En el año 2000 el Gobierno estadounidense levantó muchas de las restricciones del uso civil del sistema de posicionamiento global. La precisión de los dispositivos GPS mejoraba incluso aunque cayeran sus precios. 

Los cazadores de Igloolik, que habían intercambiado sus trineos por motos de nieve, empezaron a confiar en mapas e instrucciones generados por ordenador para desplazarse. Los inuits más jóvenes tenían especiales ganas de usar la nueva tecnología.

En el pasado, un cazador joven tenía que soportar un aprendizaje largo y arduo con los mayores. Al comprar un receptor barato GPS, podía saltarse el entrenamiento y descargar la responsabilidad de la navegación sobre el dispositivo. 

También podía viajar en algunas condiciones, como una niebla densa, que solían imposibilitar las salidas de caza. La facilidad, comodidad y precisión de la navegación automatizada hacían que las técnicas tradicionales inuits pareciesen anticuadas.

Pero a medida que los GPS proliferaron en Igloolik, empezaron a circular noticias sobre graves accidentes de caza con heridos e incluso muertos. Con frecuencia la causa fue rastreada hasta topar con la confianza excesiva en los satélites. Si un receptor se rompe o sus baterías se congelan, un cazador que no ha desarrollado un buen sentido de la orientación puede perderse fácilmente en una extensión sin ningún distintivo y verse expuesto a peligros.

Incluso si los aparatos funcionan adecuadamente, presentan riesgos. Al seguir las instrucciones GPS, atravesarán hielo peligrosamente delgado, se acercarán a acantilados y se meterán en otros peligros que un navegante formado hubiese evitado por sentido común y precaución.


El antropólogo Claudio Aporta, de la Universidad de Carleton en Ottawa, ha estado estudiando a los cazadores inuits durante años. Afirma que, si bien la navegación por satélite ofrece ventajas atractivas, su adopción ya ha producido un deterioro de la capacidad de orientación. El cazador que se traslada en una moto de nieve con GPS dedica su atención a las instrucciones del ordenador y pierde de vista su entorno. Viaja “con los ojos vendados”, como dice Aporta. 

Un talento singular que ha definido y distinguido a un pueblo durante miles de años puede evaporarse en una generación o dos.

Convivir Y Compartir


“La idea de convivir con las y los demás es un instrumento entre varios para combatir los prejuicios que impiden la concertación. De esta manera, parecería adecuado que la educación se diera a dos niveles; en un primer nivel, en el descubrimiento gradual del otro; en un segundo nivel, en la participación de trabajos en común, con un método de solución de conflictos presentes. Descubrir al otro u otra tiene una doble misión, una que es enseñar la diversidad de la especie humana, la otra contribuir a una toma de conciencia de las semejanzas y la interdependencia entre todos los seres humanos; ello teniendo en cuenta que el descubrimiento del otro pasa forzosamente por el descubrimiento de uno mismo o una misma”.

Esto quiere decir que hay que aprender a vivir junto con los demás en una cultura de paz, respetando los derechos de los demás y, sobre todo, respetando todas las formas de vida sobre el planeta.

Para poder tener una convivencia pacífica, para interactuar y conocer a los demás y para lograr trabajar por objetivos comunes, es importante desarrollar una serie de valores y actitudes como los que se señalan a continuación:

Desarrollo del autoconocimiento y la autoestima. Tarea que niños y niñas deben emprender desde la primera infancia.
Desarrollar la empatía, es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Aquí es importante que niños y niñas tengan la oportunidad de iniciarse en la empatía, aunque esta no se adquiera en esta etapa, pero sí se sientan las bases para su desarrollo.
Resolución de conflictos sin violencia. Los niños y las niñas se ejercitan en la resolución de conflictos haciendo uso del diálogo y el respeto al otro.
Cooperación. Aprenden a compartir y trabajar en equipo por un bien común, disfrutando de las metas alcanzadas en grupo.
Tolerancia a las diferencias. Los niños y las niñas se pueden reconocer como diferentes a nivel personal pero iguales en derechos.

Los niños y niñas deben aprender que cuidar el medio ambiente es cuidar la vida humana. Es importante, pues, que aprendan que el ser humano tiene la responsabilidad de utilizar los recursos con sabiduría, de vivir, no de destruir.

Si destruimos el ambiente, estaremos perjudicándonos a nosotros mismos y a los demás, incluso a las generaciones futuras. Cuidar el mundo es cuidarnos. Los niños y niñas tienen que aprender que sus acciones tienen repercusiones y que, en la medida en que protejamos nuestro ambiente inmediato, podemos conservar nuestro país y nuestro planeta y garantizar un legado de supervivencia para las futuras generaciones.


La escuela es un lugar idóneo para que niños y niñas desarrollen su conciencia sobre el medio ambiente. Tener conciencia ambiental implica que los niños y las niñas conozcan el ambiente, lo cuiden, lo protejan y conserven. 

Es importante recordar que para que ellos puedan asimilar estos conceptos y desarrollar esa conciencia se requiere que puedan vivirlos a través de experiencias significativas y cotidianas.

Mejor...Mañana

 “Mañana prometo que lo hago”. Piensa en cuántas veces has dicho esta frase y el mañana se te ha convertido en una semana, un mes, un año, o incluso en nunca. 
El mal hábito de postergar lo que puedes hacer ahora viene de satisfacer nuestra comodidad inmediata (ver televisión, dormir, hablar por teléfono por horas) y esperar hasta el último momento para hacer las cosas que debes hacer ya sea trabajar, estudiar, ir al gimnasio, comer sano, entregar un proyecto, etc.
Algunas de las razones por las cuales postergamos actividades es porque las percibimos como aburridas (lavar la ropa u organizar el cuarto), difíciles porque demandan mucho tiempo o esfuerzo (buscar trabajo, terminar el proyecto, estudiar para el examen), o porque creemos que funcionamos mejor bajo presión. Nuestras percepciones muchas veces son erradas.
 Trabajar bajo presión no nos hace mejores trabajadores, por el contrario nos lleva a cometer más errores y no nos permite dar el 100% de nuestro potencial. El reto que debemos afrontar es que el “dejarlo para mañana“ se nos convirtió en un hábito inconsciente del cual perdimos control.

Siempre Enfocados


El enfoque consiste en estar presente, y ser consciente de lo que se está haciendo. Ser conscientes de la actividad, o tarea que estamos desarrollando en ese preciso instante, sin distracciones o pensamientos dispersos que interfieran en su realización.

El enfoque y concentración, son la capacidad que tenemos para prestar atención, y por consiguiente, para que nuestra actividad, trabajo o estudio, sean de calidad.
Si nos desenfocamos durante la realización de una tarea o actividad, si nos desconcentramos, es más que probable, que cometamos algún error, y lo que es peor, se estima que la mente humana necesita en torno a 10 minutos para volver a conseguir el estado de concentración anterior. ¿Lo imaginas? ¿Imaginas que por dos interrupciones de 5 minutos, necesites 20 minutos para recobrar tu enfoque y concentración?

Por desgracia, no siempre podemos conseguir un estado de enfoque y concentración suficientes, nuestro entorno es agresivo, bullicioso, con múltiples distracciones, ocasionadas por otros o por nosotros mismos. 

Un entorno hostil, con interrupciones acústicas, nos dificultará mucho conseguir el enfoque y concentración deseados.

Algunos ejemplos de distracciones más comunes son:

Nuestra propia mente
Nuestra propia mente es un foco de distracciones, durante la realización de una tarea o actividad, nuestra mente está pensando en otra cosa, o incluso hace que tengamos diálogos internos con nosotros mismos, con lo cual, físicamente estamos desarrollando una actividad o tarea, pero mentalmente estamos pensando en otra cosa, incluso podemos estar discutiendo internamente con nosotros mismos, que haremos el fin de semana, o en las próximas vacaciones.

El resultado será una tarea o actividad desarrolladas de forma mediocre, porque no hemos puesto todo nuestro enfoque y concentración sobre lo que estábamos haciendo.

Este es a mi entender, uno de los peores motivos de perdida de atención, ya que de nosotros depende no perder la atención, en este caso no interviene ninguna interrupción ‘externa’, somos nosotros mismos y nuestra mente quienes generamos la interrupción.


La Buena Disposición


Una buena disposición del ánimo facilita la relación armónica y afectuosa con las personas, al igual que padecer de una mala disposición del ánimo dificulta las relaciones con los demás. 

Y siendo ambas disposiciones del ánimo tan excepcionalmente importantes para bien o para mal, ¿cuál es la razón de no trabajar por la primera y por extinguir la segunda? Simplemente, porque no se nos ha dicho cómo hacerlo.

Una buena disposición del ánimo impacta en las funciones fisiológicas y mecánicas de nuestro cuerpo: nos sentimos ligeros, nos levantamos y sentamos con facilidad, sentimos gusto por el movimiento corporal, nuestros desplazamientos físicos denotan energía. 

En cambio, si nos encontramos en una mala disposición del ánimo, nuestro cuerpo lo sentimos pesado, no hay ligereza ni soltura en nuestros movimientos físicos, se nos impone una fuerte rigidez; sentimos incomodidad con nuestras reacciones físicas.

Nuestra mala disposición del ánimo se manifiesta en una languidez de nuestro espíritu. "La pereza, que es una languidez del alma, constituye un manantial inagotable del tedio", escribió Fenelón. 

La mala disposición del ánimo irremediablemente nos conduce al mal humor, la irritabilidad, y a una visión pesimista de la vida y del mundo. 

Sobre esto, Goethe escribió una reflexión apropiada al caso: "Sucede con el mal humor lo que con la pereza. Hay una especie de pereza a la cual propende nuestro cuerpo, lo que no impide que trabajemos con ardor y encontremos un verdadero placer en la actividad si conseguimos una vez hacernos superiores a esa propensión" (la propensión al mal humor).

La buena disposición de nuestro ánimo es hermana de la jovialidad, entendida como alegría y una apacibilidad de nuestro ánimo. Estamos joviales cuando vemos que nuestro mundo interior encaja con el mundo exterior, cuando no necesitamos de nada extraordinario para sentir elevado nuestro corazón. Nuestra jovialidad es como un imán que atrae hacia nosotros a muchas personas.

La mala disposición de ánimo es hermana de la tristeza y hermano del pesimismo. De hecho, cuando una persona padece ya de una crónica mala disposición de ánimo, al saludarla con la mano o con un abrazo, sentimos que nuestra energía se vacía. Y en cambio, cuando saludamos a una persona con una buena disposición de ánimo, conservamos nuestra energía, o bien, la incrementamos.

Es absolutamente cierto que un ánimo triste y abatido entorpece las funciones fisiológicas del cuerpo, y es cierto también que la actividad física ligera modifica increíblemente, para bien, el ánimo abatido de una persona.


La persona triste y pesimista tiene estropeada la visión de sí misma y del mundo. 

Por lo general, se mete en su coraza y no quiere salir de ella. El mundo le parece difícil y siente que no encaja en él. Todo lo ve negro, complicado, y no se siente capaz de hacer lo que quiere. Se esconde en la resignación y renuncia a los placeres de la vida, los que le parecen inalcanzables. 

Uno de los rasgos dominantes de estas personas consiste en que se sienten depositarias del dolor, como si fueran las únicas que sufrieran en el mundo; por ello, no son solidarias con nadie, pues nada tiene que compartir, y sí en cambio sienten que son los demás quienes deben acudir en su ayuda.

La Concentración

¿Te cuesta concentrarte?

Esto es un problema, pues si queremos ser productivos necesitamos ser capaces de concentrarnos por largos períodos de tiempo en aquellas tareas que nos llevarán a completar nuestros proyectos.Solo los proyectos terminados dan frutos, y es difícil terminar proyectos sin concentración en el trabajo y sin atención en lo importante.

Pero esto va más allá de la productividad. Mejorar nuestra capacidad de concentración y de atención tendrá efectos positivos en otros aspectos también importantes de nuestras vidas, como en el aprendizaje, en las relaciones personales e incluso en nuestro estado psicológico y emocional, por sentir que retomamos el control de las cosas, pasando de un modo de vida reactivo a uno más proactivo.

El Cultivo De Valores


Es el individuo, el real "espacio" donde se cultiva valores. Los valores no son algo abstracto, ellos se traducen en comportamientos y actitudes propios de los seres humanos.

La persona es la responsable directa en el cultivo de valores (semillas). Los referentes externos simplemente están como fuente propositiva de valores ejerciendo más o menos su influencia sobre el individuo, pero en últimas es éste quien por medio de su libertad toma la decisión de elegirlos y configurar así su identidad personal.

Se realiza una analogía del terreno con la vida del ser humano. Somos lo que hemos permitido sembrar en nuestra vida.

La riqueza de significado que nos ofrece la consideración del ser humano como terreno apto para el cultivo de valores desde esta pedagogía es bastante grande.

Así podremos confrontar en cada persona la responsabilidad en el cultivo de su identidad personal, de su carácter, sus puntos de vista, criterios, esquemas mentales, forma de pensar, formas de reaccionar, el cultivo de su carácter, la configuración de su personalidad, el manejo de sus emociones.

Y cuando el terreno son los hijos o estudiantes en un proceso educativo, entonces podremos reflexionar en la influencia que tenemos como padres o profesores para ofrecer la mejor semilla (valores) para que ellos con su libertad tengan la opción de elegir para ser incorporada en su identidad personal al traducirla como acción continua y habitual por medio de su voluntad.


Entonces es importante entender la dinámica de siembra y cosecha de todas las semillas posibles que pueden caer en el terreno del ser humano en el contexto donde este se mueva o interactúe.

domingo, 6 de mayo de 2018

Aceptarnos Tal Cual Nos Vemos


Mirar dentro de uno mismo es muy necesario para hacer pequeños ajustes o grandes cambios. Es como ver nuestra imagen en un espejo y descubrirnos con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, nuestros errores y nuestros aciertos, etc. 

Podremos escuchar a nuestras emociones, identificar todo aquello que no nos está haciendo felices, solucionar problemas que nos están impidiendo crecer. Así, es imprescindible para realizar cualquier diagnóstico.

Pero, mirar demasiado puede volvernos personas ciegas. Por eso, es necesario saber encontrar el equilibrio. Porque analizarnos es positivo, siempre y cuando no caigamos en el extremo de ignorar totalmente lo que ocurre fuera. La siguiente fábula ilustra a la perfección de lo que estamos hablando:

“Un día una mariposa encontró un ciempiés. Nunca había visto un animal así y le asombró cómo podía mover las patas de una forma tan coordinada. Su asombro fue tal que no pudo esconderlo.
-Ciempiés, ¿cómo haces para mover los pies con tanta precisión?
El ciempiés nunca había pensado sobre ello, simplemente lo hacía, le salía de forma natural. Sin embargo, se detuvo a reflexionar sobre su “asombrosa capacidad”.
Al cabo de un rato, y después de mucho pensar, descubrió que ya no podía moverse”.

Si nos fijamos demasiado en nuestro interior, puede pasarnos como al ciempiés. Llegará el momento en el que algo natural, en lo que no habíamos reparado, deje de funcionar como lo hacía antes. Esto suele pasar cuando intentamos encontrarle sentido a aquello que, en realidad, no lo tiene.

¿Alguna vez te has parado a pensar en el latido de tu corazón? Cuando empiezas a reflexionar sobre cómo late sin que tú lo controles, cómo se puede parar en cualquier momento porque sí, puede que empieces a agobiarte. Estás intentando buscar una explicación para algo que no la tiene. El resultado no es muy positivo, pues se traduce en ansiedad y estrés.

Todo esto no quiere decir que no miremos dentro de nosotros. Como bien decíamos es necesario para conocernos, para identificar aquellas emociones que estamos sintiendo y que debemos gestionar adecuadamente. Sin embargo, hacer esto no significa que estemos buscando una explicación para lo que experimentamos, somos o sentimos, sino que estamos identificando todo esto para aceptarnos.

Honrar La Vida


La tercera edad supone una fase que presenta una situación de crisis que, bien resuelta, debería conducir a una etapa productiva y gratificante para la persona. En contraste, la evolución de este proceso de crisis en un sentido improductivo o patológico puede dar lugar a que el individuo enferme o se empeoren sus problemáticas emocionales.

Se encuentra con mucho tiempo y muy poco que hacer, con la dificultad añadida de un empobrecimiento en su red de relaciones por la pérdida de los compañeros de trabajo.

Para la mujer, que trabaja fuera de la casa, la idea de jubilarse implica pérdida de independencia; y la que hasta entonces ha permanecido en casa, la jubilación del marido supone un aumento de su actividad.

La ausencia de éste puede desbaratar el horario y ocupaciones diarias a las que se había habituado, si bien también se pueden compartir en mayor grado las responsabilidades del hogar.

En consecuencia, se suelen repartir los roles en la pareja. 

Es crucial la importancia de encontrar en esta nueva etapa un aspecto que otorgue un sentido nuevo a su existencia.


Transcribo una frase de la letra de un tema que, a mi entender, refleja este sentir:

"Eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida"

El Camino De Toda La Tierra


Lo cierto es que ese sentimiento –mezcla de desolación, congoja, incredulidad y una asombrosa sensación de desamparo– es lo que experimentan gran parte de las personas al perder a un padre o una madre, sin importar la edad. 

Y la sensación se acrecienta al perder al segundo progenitor, y saberse, de pronto, un adulto hecho y derecho, cabeza de familia, último responsable. 

Hay quienes dicen que la experiencia de perder a los padres es la que nos catapulta –listos o no– a la verdadera madurez.

Psicólogos como Alexander Levy, autor de El adulto huérfano, y Hope Edelman, autora de Motherless daughters (Hijas sin madres), coinciden en que este tipo duelo –el de perder a los padres siendo adulto– es el menos mirado, conversado y contemplado. Sin embargo, es el duelo más común, el que todos –si tenemos la suerte de vivir lo suficiente– vamos a enfrentar en algún momento. Sus consecuencias no son ni tan livianas ni tan pasajeras como la sociedad parecería querer hacernos creer.

Levy se dedicó a investigar el tema al perder a sus propios padres, con 50 años cumplidos, y tomar conciencia tras algunos arduos meses de que el impacto de la pérdida le había dado vuelta la vida. En su libro, cuenta que las personas que vienen a verlo en medio de este duelo siempre expresan sorpresa ante la intensidad de sus sentimientos. 

Según Levy el miedo, el dolor, el desconsuelo, la culpa y la sensación de liberación forman parte del abanico de emociones que despierta esta pérdida, y no hay ni un tiempo ni un patrón determinado para atravesarlo. “Cada duelo es individual y sigue su propio curso. Lo que más tranquiliza a mis pacientes es escuchar que todo esto es normal y esperable, y no una forma de locura”, dice el analista.

La muerte de nuestros progenitores suele traer aparejada la certeza de nuestra propia finitud. “Me di cuenta de que soy el próximo en la lista”, es una de las frases que más escuchan los psicólogos en estas circunstancias.

Curiosamente, este aspecto es el que suele resultar más rico para la vida que espera del otro lado del duelo. El tomar conciencia de la finitud de la vida terrenal suele funcionar como la alarma de un despertador. No hay una eternidad para cumplir los sueños, tener hijos, decir eso que nunca dijimos, cambiar o mejorar nuestra pareja. 

Por eso, este jalón en la vida suele funcionar como un rito de pasaje, detonando giros de ciento ochenta grados en la vida de los hijos. “Quizá solo después de que mueren los padres pueden las personas definir ‘qué van a ser cuando sean grandes’”, dice Levy.


Esta misma libertad puede traer culpa, como si nada bueno debiera venir de una pérdida tan dolorosa. 

Pero la verdad es que, al sacrificar aquella parte de nuestra identidad que estaba asociada a la de nuestros padres, se abre la posibilidad de ver quiénes somos de verdad.

Diferencias Sociales


Evidentemente las diferencias en la sociedad ya sea en el ámbito que sea, están, y a la vista de todos.

De todos los ámbitos que pudiesen existir, quisiera enfocarlos en lo que refiere a las diferencias económicas, lo que también nos llevaría a las diferencias en cuanto a la educación de cada persona inserta en la sociedad. 

Algunas quizás tuvieron la oportunidad y la desperdiciaron, otros la aprovecharon, o también otros que nunca la tuvieron lo que los llevo a estar en la condición en la que están.

Para adentrarnos en el tema hay que dejar en claro algunos puntos de vista con respecto a lo que se considera como diferencia económica. Cuando hablamos de diferencias en la economía nos referimos a las distintas clases sociales que se han insertado en la sociedad, no desde ahora claro, sino desde mucho tiempo atrás,  estas clases se diferencias por un factor predominante en la economía, el dinero. 

La posesión del dinero de cada clase social, ya sea alta, media o baja es lo que los hace diferentes. Ahora bien, ¿que podríamos decir de la clase baja? bueno por un lado se puede decir que viven en condiciones precarias, no tienen una economía estable, al extremo de tener que vivir con mil pesos diarios, incluso menos. y ¿de la clase media? tienen una economía estable, no les sobra ni les falta. Pero, ¿que podríamos decir de los ricos? si nos enfocamos en la adquisición de una buena base de estudios, se podría decir que es lo que a esta clase los favorece, pueden tener un trabajo bien remunerado y con eso tener una vida económica estable.

Como se mencionó anteriormente las diferencias entre clases viene desde mucho antes. La diferencia entre los ingresos de las personas en una misma sociedad es lo que provoca la desigualdad social. 

La globalización entra en juego en un  tema como este, si bien con la globalización se puede decir que se expande el arte, la cultura, información  etc. 

Con todo esto nos adentraríamos al sistema capitalista. Podríamos decir que es el capitalismo es la causa de la pobreza y la desigualdad en la sociedad, podríamos decir que la globalización favorece el enriquecimiento de unos a costa de la pobreza de otros.


El “No Estar Ni Ahí”


Cuál es su significado? Todo el mundo lo sabe. Se refiere a que algo “no importa nada”.

¿Por qué se volvió una expresión tan exitosa?, ante todo debemos considerar que el pobre debe tener los nervios muy templados para poder sobrevivir. No puede estar desilusionándose cada cinco minutos por niñerías. 

La cantidad de desgracias y tragedias que le ocurren al pobre promedio es grande, por lo tanto, debe ser capaz de establecer un filtro de lo que ocurre en el mundo.

¿Qué la guagua tiene hambre o frío? Pues que se aguante. Ya sabemos que las guaguas de “clase media” son mucho más mimadas, al menos en lo que atañe a las necesidades básicas. Por lo tanto, para el pobre, el “no tomar en cuenta” las nimiedades de la vida cobra capital importancia.

Decir “no importa” no basta para expresarlo. Se requieren nuevas expresiones. 

Es como el esquimal que tiene decenas de palabras para decir “nieve”.

Él es capaz de hallar todo un mundo de sutilezas en algo que al occidental o al hombre blanco le parece de una monotonía exasperante. De la misma forma, el pobre puede hallar todo un mundo de sutilezas en la desesperanza.

No es lo mismo la desesperanza “por amor”, que la desesperanza porque falta comida o que haga frío o que los niños estén enfermos o la desesperanza por deudas, etc.

Cada desesperanza, en principio, debiera tener si no una palabra, al menos una expresión que, debido a su unidad conceptual, viene a representar una palabra completa.

Es curioso eso de “no estar ni ahí”. Se refiere a “no estar ni siquiera ahí”. 

Si tratáramos de hacer un análisis “literal” creeríamos que se refiere a una actitud no-empática con el otro: no estoy ni siquiera en condiciones de ponerme ahí, en el lugar en que estás tú, y eso significa “no importa”. Esa explicación no me convence.

Más bien, me parece como muy probable que, en su origen, el modismo se acompañara de juntar los dedos indicando un tamaño bastante pequeño. Según eso, no estar “ni siquiera ahí” sería el equivalente a “me importa un comino”.


Solo especulo, así que si alguien tiene otra teoría, mejor o peor, que avise.

Saber Esperar



Para vivir en armonía, es necesario ser indulgente y tolerante, pues no debemos esperar que otra persona actúe igual que uno, ya que todos los seres humanos tienen su propia manera de pensar y, por lo tanto, es normal que vean las cosas de forma diferente, lo cual debemos respetar.

No podemos esperar que si somos católicos, todos lo sean, o si somos demócratas o republicanos, pensar que somos los únicos que tenemos la razón o que porque somos de determinado país, eso nos hace mejores que otros seres humanos.

La tolerancia no es sumisión, es comprensión, amor y respeto hacia nuestros semejantes.


Así como recibimos de buen grado los elogios, también debemos estar dispuestos a aceptar las críticas, mientras éstas sean respetuosas.

Las Diferencias De Opinión


Una de las cuestiones que genera más problemas en la red es la de distinguir entre gustos y criterios. Es decir, entre juicios fruto de una pasión personal y los que lleguen como consecuencia de una experiencia en el tema.
La comunicación horizontal hace posible que todos emitamos nuestras opiniones y éstas sean conocidas por un creciente número de personas; el error está en la deducción subsiguiente de que todas las opiniones tienen el mismo valor. De hecho, todas las opiniones cuestan lo mismo -nada-, pero no todas valen lo mismo.

La comunicación horizontal, además, condena al receptor a ejercer el trabajo de distinguir quiénes lanzan sus opiniones a la red como fruto de un conocimiento sobre un tema, o quienes lo hacen como diletantes multidisciplinares, sin más afán que el de darse a valer ante el mundo. Antes eran los responsables de los periódicos quienes hacían esa distinción al publicar o no un texto. Ahora, por suerte, hay forma de sortear a los gatekeepers; pero hay que esforzarse para distinguir y atesorar las direcciones web de quienes aportan algo, una vez discriminadas de las mucho más numerosas que opinan diferente.

Todas estas afirmaciones pondrán de los nervios a buena parte de quienes me lean. Pero lo cierto es que, aunque todos los votos tienen el mismo peso en unas elecciones –y así debe ser-, y todas las opiniones deben ser respetadas, de ahí no debe colegirse que todas las opiniones son emitidas con el mismo fundamento y tienen la misma utilidad para los demás.

Por mi parte, hace tiempo llegué a la conclusión de que tengo algunos gustos que no necesariamente debo compartir con el mundo, porque igual no tienen valor por sí mismos.
Al abrirse las ventanas del mundo gracias a internet, espero que todos seamos capaces de conocer más y más cosas. Y de ser capaces de admitir plácidamente que algo no es necesariamente malo, si lo que ocurre es tan sólo que sentimos desinterés por profundizar en ello.

Aunque igualmente confío en que vayamos evitando el caer en el peligro opuesto: el de un relativismo que nos obligue a no descalificar algo que nos disguste, cuando se trate de una cuestión de la que tengamos la formación suficiente. 

La corrección política puede, a la larga, ser tan mala como la ignorancia orgullosa, si es que nuestro objetivo al comunicarnos a través de internet es el de contribuir a que nuestros lectores distingan el grano de la paja.


Conciencia Social


El término de conciencia social hace referencia a la capacidad de determinados individuos, grupos u organizaciones sociales de percibir aquellas realidades circundantes que requieren atención, de reflexionar sobre ellas y en algunos casos, de actuar para la transformación de las mismas.

La idea de conciencia social está hoy altamente extendido por el importante aumento de grupos poblacionales en inferioridad de condiciones (inferioridad que se representa a nivel económico, ideológico, étnico y sexual) y por la necesidad cada vez más acuciante de actuar de modo positivo en la modificación de esas realidades sociales alternativas a la de uno mismo.

Tener conciencia sobre algo significa tener el suficiente conocimiento. En otras palabras, cuando nuestra razón nos permite conocer una realidad, decimos que somos conscientes.

Desde el punto de vista de la psicología, la conciencia del individuo expresa su predisposición racional para entender el mundo que le rodea.

Como individuos somos conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor y ese grado de conciencia es, precisamente, la esencia de nuestra conciencia social como individuos. Por otra parte, la propia sociedad conforma una entidad autónoma y en este sentido una colectividad también tiene una cierta conciencia social. Así, cuando en el seno de la sociedad se reconocen ciertos problemas que afectan de alguna manera a todos se produce una conciencia social colectiva.

Ligado muy fuertemente a las ideas de solidaridad y compromiso, la conciencia social es el primer paso en el camino hacia la alteración de estructuras de discriminación voluntaria e involuntaria ejercidas sobre determinados grupos sociales dentro de una comunidad.


La conciencia social, por tanto, tiene que ver con la posibilidad de estar al tanto de los problemas intrínsecos a una sociedad que requieren solución. 

Si bien normalmente se utiliza la idea de conciencia social para hacer referencia a la necesidad de actuar en beneficio de aquellos que viven en situaciones de pobreza, marginalidad y exclusión, también con ella se puede hacer referencia a la importancia del cambio de estructuras o pautas de comportamiento que afectan al conjunto de una sociedad, por ejemplo, el cuidado del medio ambiente, el respeto por las normas de tránsito, etc.



sábado, 5 de mayo de 2018

La Renovación Personal


Es importante que te des cuenta del momento en que necesitas renovar tus recursos internos, aunque en ocasiones te suceda que por ir demasiado de prisa a dónde quieres llegar, dejas de ver los indicadores de que es tiempo de hacer un alto en el camino.     

No sea que te suceda como  el cuento del leñador, quien se propuso firmemente ser el mejor del lugar, así que el primer día tomó su sierra y logró talar 15 árboles en una jornada, muy emocionado, al día siguiente se levantó más temprano y se propuso elevar el número de árboles talados, sin embargo logró terminar  sólo 10, sorprendido por esto, al día siguiente llegó aún más temprano y se esforzó por hacer el trabajo más rápido que lo normal, sin embargo pasaron los días y por más que se esforzaba por aserrar más rápido y con más fuerza, cada vez su desempeño era peor, pues talaba menos árboles, a pesar de que le dedicaba más tiempo y esfuerzo a esa actividad.   

Esto era incomprensible para él, hasta que otro leñador le preguntó ¿Te has dado tiempo para afilar la sierra? Entonces descubrió que estaba trabajando con una herramienta ya casi inservible.  Nunca se dio tiempo para renovarse.

Eso hacemos en ocasiones con nuestra persona, queremos rendir y ser más productivos, pero no nos damos cuenta que estamos desgastándonos, en nuestra salud, usando herramientas obsoletas, o tratando de aplicar estrategias que ya no dan los resultados que esperábamos para nuevas situaciones, o no nos damos tiempo para descansar y desconectarnos del trabajo, etc.  

La falta de renovación es como olvidarnos de poner gasolina al coche, tarde o temprano nos quedaremos sin movimiento.  La naturaleza nunca perdona la falta de cuidado que tengamos con nuestro cuerpo y nuestra mente.     No nos damos tiempo para renovar nuestras capacidades,  simplemente tomamos el camino y nos vamos de frente sin “afilar la sierra” y terminamos cansados, enfermos y desgastados.

A veces las crisis existenciales o accidentales nos obligan a cambiar de perspectiva.  La muerte de un ser querido, una enfermedad, un problema de relaciones personales, la pérdida de un empleo, un cambio de ciudad, etc.  Son causas externas que nos obligan a detenernos y a replantear nuestra vida. ¿Qué debo hacer para superar esta situación? 

La respuesta es renovarse, principalmente en lo espiritual, hay que encontrar un ancla que te ayude a sortear las dificultades de la tormenta.  

Dependiendo de la situación, la pregunta más importante debe ser ¿Qué estoy aprendiendo de esto que me pasó?  ¿Qué necesito hacer para seguir adelante?  Es importante que tú seas quien tome la iniciativa, no le dejes a la vida que decida por ti, la vida no sabe quién eres ni lo que vales, hará cualquier cosa.  No te dejes llevar por la vida, toma tú el control.

Hay etapas en la vida en la que sientes la necesidad de madurar y dar un paso adelante, formalizar una relación, consolidarte en el trabajo, tener una familia.  
O bien cuando deseas dar la vuelta a la página, por ejemplo, cuando ya no quieres ser empleado sino convertirte en un empresario, tienes un proyecto que debes terminar, y llegas a la conclusión de que necesitas cambiar de lugar en donde vives, o tal vez debes ya terminar con esa relación que no va hacia ningún lado, etc.  

Esos son momentos en los que es necesaria la renovación personal.


La Suma De Nuestras Decisiones


Somos la suma de todas nuestras decisiones anteriores. El día de hoy es un resumen de todas las decisiones que tomamos ayer y anteayer. Cuando alguien se pregunta “¿Cómo he llegado a esto?”, debería repasar la larga lista de elecciones que ha tomado en los últimos años. Y quien se pregunte:  “¿Cómo será mi vida en el futuro?”, debería examinar las decisiones que toma hoy en adelante. Como dice el adagio: una cosa lleva a otra. Por todas estas razones, aprender a tomar decisiones es una habilidad fundamental en la vida que puede aprenderse.
Con cada decisión, la vida toma una dirección, se bifurca, se desdobla; por eso, decidir genera temor. Miedo a equivocarse. Así, algunas decisiones quedan suspendidas en el aire. Aunque “no decidir” es también una decisión, de modo que es literalmente imposible no tomar decisiones. De alguna manera, deliberada o no, ¡siempre estamos decidiendo! Y de todas, la peor decisión es la indecisión. Eso es peor que equivocarse.
Si decidir es un proceso tan importante, ¿cómo es que las personas no cuentan con un sistema que les ayude a hacerlo? Para tomar buenas decisiones se han de cumplir tres supuestos: aceptar la posibilidad de errar, definir con exactitud el problema e identificar las opciones, y usar como herramienta las buenas preguntas. Veámoslo más desarrollado.
EL VALOR DE EQUIVOCARSE
“Si no puedes fallar, entonces no vale la pena (Seth Godin)
Aquí la palabra “valor” tiene dos aceptaciones válidas: la de utilidad y la del atrevimiento. Una vez, alguien a quien leí expresó algo bello: “Si deseas tener más éxito, debes equivocarte más”. Estas sabias palabras me hicieron reflexionar sobre lo poco que nos permitimos probar, errar y aprender. Obviamente, el autor de ese pensamiento se refería al valor del error en el ciclo del aprendizaje: corregir a partir de las equivocaciones, más conocido como método de la prueba y el error ( el método científico). No le faltaba razón: todas las personas con logros significativos han conocido el fracaso y la caída en su camino hacia el éxito. Los errores son una etapa del éxito que no conviene evitar; son demasiado importantes como para tolerarlos o soportarlos. Cometer equivocaciones forma parte de la vida, son naturales y necesarios. Condicionar las decisiones o postergarlas para evitar el error es contraproducente.
En la cultura anglosajona se valora a las personas y empresas que han cometido errores, y los han corregido, por encima de quienes los quieren evitar a toda costa. La lista de empresas y emprendedores con éxito son un ejemplo de quienes, habiendo cometido errores, después, y una vez corregidos, triunfaron. En sus biografías se mencionan grandes errores, y no fracasos, como pueden interpretar algunos, porque solo fracasa de verdad quien no lo intenta. ¿Y la suerte? Me temo que no existe tal cosa: la buena o la mala suerte son una superstición.
Las empresa que mejor sobrevivirán al actual y doloroso reset económico son aquellas que priorizan la creatividad y el talento por encima de jugar a lo seguro. Empresas innovadoras. E innovar significa arriesgar todo lo conseguido para lograr algo aún más valioso para los clientes. Es probable que las empresas que no se atrevan a arriesgar lo conseguido hasta la fecha, para reinventarse de arriba abajo, se queden fuera del mercado.
Las personas extraordinarias son, en realidad, personas ordinarias, pero que en un momento decisivo de su vida toman decisiones extraordinarias. Su grandeza es fruto de una elección arriesgada. Y arriesgarse es precisamente el modo para lograr algo grande en la vida.

Comprendiéndonos


“No podrás nunca dominarte si no te comprendes
a ti mismo, en inteligencia y saber,
en órdenes y amores. Los espejos hacen fácil conocer
tu rostro, pero no hay espejos del alma: tu único
camino de conocerla es una cuidadosa reflexión sobre
ti. Puedes olvidarte de la forma de tu rostro, pero nunca
debes olvidarte de cómo es tu alma e interior, para
poder enmendarte y mejorar faltas. Convéncete de
que te hacen fuerte la cordura y ponderación en tus
acciones, en tanto que la ira te esclaviza. Ten siempre
bien vista la profundidad y alcance de todo”

Conocerse a uno mismo implica un análisis del plano intelectual y emocional, una cuidadosa reflexión sobre ti. No podemos limitarnos al análisis superficial, a lo físico, pues es un medio pero nunca un fin. Hay que trabajar el alma, el interior siempre con un afán de superación de los fallos y defectos y potenciando las virtudes.

En nuestras relaciones con los demás, que nacen desde el «yo», tiene que prevalecer la cordura en las acciones pues la rabia o ira nunca nos llevará a conseguir el efecto deseado. La reflexión y la calma han de ser las bases de nuestras acciones, siempre teniendo en cuenta que la realidad se construye con muchas realidades de  «otros yoes».

Es, por tanto, necesario, tener una visión previa del alcance de nuestros actos, hacia los demás y hacia uno mismo. Una sonrisa, una actitud positiva, unas buenas palabras son más efectivas que lo contrario. Nuestra actitud hacia la vida nos puede abrir o cerrar puertas; es, por tanto, necesario empezar conociéndose a uno mismo en toda su plenitud, en todas sus partes.

El camino de la vida requiere que tengamos unas bases sólidas y que luchemos por nuestros ideales. Nunca va a ser fácil pues siempre nos encontraremos con momentos buenos y malos. Los primeros serán para disfrutarlos, los segundos para aprender y superarlos pero siempre bajo un prisma de compromiso ético hacia los demás y afán de superación.

La Fortaleza De Carácter



Las fortalezas del carácter son un conjunto de rasgos positivos presentes en el ser humano que ayudan a que las personas tengan vidas satisfactorias. Su estudio forma parte de la psicología positiva, cuyo objetivo principal el promover el potencial humano centrándose en el estudio de aquellas experiencias que aportan a las personas una sensación subjetiva de bienestar, así como el estudio de los rasgos positivos individuales y el estudio de las instituciones que permiten que tengan lugar las experiencias y los rasgos positivos.

El libro Character Strengths and Virtues: A Handbook and Classification, de Martin Seligman y Christopher Peterson, es un extenso manual que describe dichas fortalezas. Para desarrollar esta clasificación, un grupo de psicológicos estudió durante tres años diversos textos de diferentes culturas sobre filosofía, religión y psicología y encontraron seis virtudes principales que se repetían de manera consistente en dichos textos. 

Cada una de esas virtudes está a su vez formada por diversas fortalezas, sumando un total de 24. "Las fortalezas son los ingredientes psicológicos que definen las virtudes".

Son las fortalezas que implican cuidar de los demás y ser amistoso.

Amor. Valorar las relaciones cercanas con otros, sentir cercanía con otras personas.

Amabilidad. Ser generoso, compasivo, altruista, agradable con los demás, cuidar de ellos, ayudarles, etc.

Inteligencia social. Capacidad para darse cuenta de los motivos y sentimientos de los demás y de uno mismo, saber qué hacer para encajar en diferentes situaciones y qué cosas son importantes para los demás; 

empatía.
Son las fortalezas que ayudan a llevar una vida en comunidad saludable.

Trabajo en equipo. Responsabilidad social, trabajar como miembro de un equipo, hacer la parte que te corresponda y ser leal al grupo.

Sentido de la justicia. Tratar a los demás de manera justa, sin dejar que los sentimientos personales nos hagan ser imparciales, dar a todos una oportunidad justa.

Liderazgo. Animar al propio grupo a hacer las cosas, manteniendo buenas relaciones entre sus miembros, organizar actividades de grupo que se lleven a cabo.

Son las fortalezas que nos protegen contra los excesos.

Perdón. Ser capaces de perdonar, aceptar los defectos de los demás, no ser vengativo.

Humildad. No considerarse por encima de los demás, dejar que nuestros actos hablen por sí mismos.

Prudencia. Tomar decisiones con cuidado, sin asumir riesgos indebidos, no decir o hacer cosas de las que luego te vayas a arrepentir.


Auto-regulación o autocontrol. Ser capaces de regular lo que haces o sientes, ser disciplinado, controlar las emociones e impulsos.

Imperturbables


Existen distintas características del carácter que definen el modo de ser de una persona. El modo de ser de una persona no se describe, únicamente, por un rasgo en concreto sino por la suma de varias cualidades. Un rasgo habitual de aquellas personas que tienen una gran fortaleza emocional es que son imperturbables, es decir, pueden permanecer inalterables a nivel anímico ante un estímulo externo.

Una persona imperturbable es aquella que tiene un gran control sobre su estado de ánimo y sus sentimientos potenciando el valor de la fortaleza como muestra el estoicismo. Desde el punto de vista de las relaciones personales, aquellas personas que tienen un modo de ser de estas características pueden mostrarse distantes en ciertos momentos al parecer frías.
Sin embargo, no se trata de que las personas que son imperturbables no sientan como las demás sino que sus manifestaciones externas ante un dolor determinado o una emoción intensa, es distinta.

Desde un punto de vista positivo, una persona imperturbable es aquella que tiene una gran inteligencia emocional para resistir una situación de tensión manteniendo la tranquilidad de ánimo. Por ejemplo, tienen una claridad mental importante para tomar decisiones al trabajar bajo presión ya que no se dejan desbordar por la emoción.

Una persona imperturbable es aquella que no pierde la tranquilidad en situaciones en las que otras sí pierden dicha serenidad. Una de las virtudes de una persona que se muestra imperturbable es la paciencia y la capacidad de observación
En ocasiones, las personas que permanecen inalterables ante ciertas situaciones pueden aparentar cierta indiferencia. Sin embargo, que a nivel externo no muestren signos de intranquilidad no debe confundirse con que a nivel interno, no exista una respuesta del sujeto por parte de ese estímulo externo.

Cada ser humano es único e irrepetible. Existen distintas formas de reaccionar ante una misma situación externa. Existen personas que ante una situación determinada sienten una gran inquietud interior mientras que otras logran mantener la serenidad la tranquilidad anímica. Desde este punto de vista, no es posible establecer conclusiones generales y universales sobre el comportamiento humano ya que cada ser humano es diferente. 


Pero además, aquello que una persona muestra a nivel externo no siempre es reflejo de su modo de sentir interno.


viernes, 4 de mayo de 2018

La Buena Lectura



Dicen que a la lectura sólo hay que dedicarle los ratos perdidos, que se pierde vida mientras se lee. Lo cierto es que, agradable pasatiempo para muchos, obligación para otros, leer es un beneficioso ejercicio mental. 

Rendir culto al cuerpo está en boga, pero ¿y dedicar tiempo al cultivo de la mente? “Al igual que nos cuidamos y vamos cada vez más al gimnasio, deberíamos dedicar media hora diaria a la lectura”, sostiene el escritor catalán Emili Teixidor, autor de La lectura y la vida (Columna) y de la exitosa novela que inspiró la película Pa negre.

Favorecer la concentración y la empatía, prevenir la degeneración cognitiva y hasta predecir el éxito profesional son sólo algunos de los beneficios encubiertos de la lectura. Sin contar que “el acto de leer forma parte del acto de vivir”, dice el ex ministro Ángel Gabilondo, catedrático de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del reciente ensayo Darse a la lectura (RBA). Para Gabilondo, la lectura “crea, recrea y transforma. Una buena selección de libros es como una buena selección de alimentos: nutre”.

De la lectura de los primeros jeroglíficos esculpidos en piedra a la de la tinta de los pergaminos, o a la lectura digital, el hábito lector ha discurrido de la mano de la historia de la humanidad. 

Si la invención de la escritura supuso la separación de la prehistoria de la historia, la lectura descodificó los hechos que acontecían en cada época. Los primeros que leyeron con avidez fueron los griegos, aunque fuesen sus esclavos quienes narraban en voz alta los textos a sus amos. Siglos más tarde, la lectura se volvió una actividad silenciosa y personal, se comenzó a leer hacia el interior del alma. “Los grecolatinos vinculaban la lectura a la lista de actividades que había que hacer cada día”, sostiene Gabilondo. “Convirtieron el pasatiempo en un ejercicio: el sano ejercicio de leer”. Fueron los romanos quienes acuñaron el “nulla dies sine linea” (ni un día sin [leer] una línea).

¿Por qué es tan saludable? “La lectura es el único instrumento que tiene el cerebro para progresar –considera Emili Teixidor–, nos da el alimento que hace vivir al cerebro”. Ejercitar la mente mediante la lectura favorece la concentración. 

A pesar de que, tras su aprendizaje, la lectura parece un proceso que ocurre de forma innata en nuestra mente, leer es una actividad antinatural. El humano lector surgió de su constante lucha contra la distracción, porque el estado natural del cerebro tiende a despistarse ante cualquier nuevo estímulo. 

No estar alerta, según la psicología evolutiva, podía costar la vida de nuestros ancestros: si un cazador no atendía a los estímulos que lo rodeaban era devorado o moría de hambre por no saber localizar las fuentes de alimentos. 

Por ello, permanecer inmóvil concentrado en un proceso como la lectura es antinatural.

Según Vaughan Bell, polifacético psicólogo e investigador del King’s College de Londres, “la capacidad de concentrarse en una sola tarea sin interrupciones representa una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico”. Y aunque antes de la lectura cazadores y artesanos habían cultivado su capacidad de atención, lo cierto es que sólo la actividad lectora exige “la concentración profunda al combinar el desciframiento del texto y la interpretación de su significado”, dice el pensador Nicholas Carr en su libro Superficiales (Taurus).

Aunque la lectura sea un proceso forzado, la mente recrea cada palabra activando numerosas vibraciones intelectuales.

En este preciso instante, mientras usted lee este texto, el hemisferio izquierdo de su cerebro está trabajando a alta velocidad para activar diferentes áreas. Sus ojos recorren el texto buscando reconocer la forma de cada letra, y su corteza inferotemporal, área del cerebro especializada en detectar palabras escritas, se activa, transmitiendo la información hacia otras regiones cerebrales. 

Su cerebro repetirá constantemente este complejo proceso mientras usted siga leyendo el texto.


La actividad de leer, que el cerebro lleva a cabo con tanta naturalidad, tiene repercusiones en el desarrollo intelectual. “La capacidad lectora modifica el cerebro”, afirma el neurólogo Stanislas Dehaene, catedrático de Psicología Cognitiva Experimental del Collège de France en su libro Les neurones de la lecture (Odile Jacob). 

Es así: hay más materia gris en la cabeza de una persona lectora y más neuronas en los cerebros que leen. El neurocientífico Alexandre Castro-Caldas y su equipo de la Universidad Católica Portuguesa lo demostraron en uno de sus estudios, junto a otro curioso dato: comparando los cerebros de personas analfabetas con los de lectores, se verificó que los analfabetos oyen peor.