domingo, 28 de enero de 2018

El Peaje Comunitario


La vida comunitaria es como una autopista: por ella se circula más rápido y más seguro, pero hay que pagar un peaje.

Cuando uno vive solo, puede estar más a gusto, más ensimismado en sus cosas y, al no haber nada que le incomode o le rete, puede estar dando vueltas sin darse cuenta, haciendo su camino más largo de lo debido. 

Transitar la autopista de la vida común, por el contrario, nos hace el camino más rápido y más recto, pero nos pide desprendernos de cuando en cuando de nuestro preciado “dinero” para pagar un peaje.

La vida común nos da seguridad, protección, nos hace sentirnos bien cuando hay buenas relaciones, posibilita sacar lo mejor de nosotros al entregarnos a los demás y disfrutar del amor mutuo, nos anima al ver a los más avanzados, nos sostiene y lleva en volandas cuando flaqueamos, etc., pero nos pide el peaje, sin el cual no se puede ir por la autopista. Y una cosa es clara: cuando se usan las autopistas es porque el peaje merece la pena.

Optar por vivir en comunidad es estar dispuestos a pasar de lo mío a lo nuestro.

Esto puede parecer relativamente sencillo cuando se trata de cosas. 

Todo lo que hay en la comunidad es nuestro, decimos, aunque “esto lo uso yo”, ¡que quede claro! Es algo que todos admitimos con naturalidad. Pero las cosas se complican cuando entran en juego los ideales, las formas comunitarias de proceder, las formas de actuar de los demás con las que nos sentimos incómodos, nuestra misma forma de proceder, que defendemos aunque moleste a los otros o vaya en sentido diverso al grupo. 

Es entonces, cuando debemos meter la mano en el bolsillo para desprendernos de algo nuestro, cuando empezamos a regatear y pedimos un descuento. Llega la hora de pagar el peaje y nos resistimos. 

Comenzamos a soñar, imaginando una comunidad diferente, unas relaciones ideales que no son otra cosa que unas relaciones adaptadas a mis necesidades y forma de ser, unas relaciones que nos dejen ir gratis por la autopista, que nos eviten pagar el peaje. 

¡Cuánto nos cuesta aceptar con paz esas naderías que nos incomodan, esas pequeñas manías de los demás que nos llegan a turbar al obsesionarnos con ellas! Cuanto antes paguemos el peaje de la aceptación, antes podremos conducir con alegría por la autopista, gozándonos de la meta que se acerca y olvidándonos de las pocas monedas que hemos tenido que dar.

Es inútil que nos engañemos y más vale que estemos prontos a pagar el peaje para poder disfrutar de la autopista comunitaria. 

Las relaciones humanas son siempre muy similares. Somos muy poco originales. Más todavía, tendemos a generar los mismos modelos de relación como si de un cuerpo humano se tratara. Podemos tener diferente color de piel, ser más altos o más bajos, más o menos gordos, con nariz puntiaguda o chata, con rasgos orientales, occidentales o andinos, pero siempre tenemos dos manos, dos pies, dos ojos, una boca, etc. Y si algo nos falta, tratamos de reconstruirlo o compensarlo.

Algo parecido le sucede a la comunidad y a cualquier grupo humano que convive en relación. Todo grupo genera por sí mismo tipos de persona muy parecidos.

Nos asemejamos a las células madres, capaces de transformarnos en cualquier tejido para realizar allí su misión. Cuando un determinado tipo de persona desaparece en un grupo humano (el gruñón, el apocado, el nervioso, el mandón, el bondadoso, el trabajador, el leguleyo, el original, el ecuánime, etc.), no pasa mucho tiempo en que otro ocupa su lugar. 

Eso sucede en todos los sitios, aún en las comunidades más santas. No debemos soñar en grupos humanos donde no existan las formas de ser que me molestan. En el fondo todas son necesarias para mantener el equilibrio del conjunto. Por eso más nos vale pagar cuanto antes el peaje para disfrutar de la autopista.

Ese peaje supone el trabajo del propio corazón, si no queremos ir por la autopista con el freno de mano echado. Afrontar con naturalidad esa realidad es muy importante. Ayuda a mejorar las relaciones, a ser pacientes, a sobrellevar las debilidades de los demás. La ayuda en carretera –corrección fraterna la llamamos- no es echar en cara ni humillar. 

Se puede avisar de los peligros y se puede ayudar a reparar los desperfectos, para lo que el perdón y la misericordia son herramientas indispensables en toda relación humana. Cuando una comunidad toma conciencia de ello y sus miembros trabajan en ello, la comunidad experimenta una gran transformación, aunque siga teniendo sus debilidades.


No estrechemos la autopista con nuestra mezquindad, preocupados de exigir a los demás lo que nosotros no damos, o mostrando nuestra insatisfacción por lo que nos molesta de los demás. La corrección busca el bien del otro con amor. La insatisfacción volcada en la crítica es el desagüe de nuestras aguas fecales.

Dejemos la autopista en su anchura original para que puedan circular todos los vehículos por ella, y no sólo los de nuestra marca. Que nuestra magnanimidad atraiga más que ahuyente, sin que ello signifique permiso para saltarse las normas comunitarias establecidas, supervisadas siempre por la corrección fraterna.

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