miércoles, 2 de enero de 2019

Más Allá Del Horizonte

Filosofía
Más Allá Del Horizonte
El horizonte ha sido siempre un espacio inalcanzable: retrocede a medida que uno avanza hacia él y cuanto más corre uno, más adelanta; no hay modo de atraparlo; y es que el horizonte no es una meta, ni un lugar, ni un confín, por eso no se inscribe en ninguna geografía y no puede ser representado en ningún mapa, ni descrito en texto alguno; sin embargo está allí, más o menos lejano, siempre expectante, atendiendo a lo que sucede frente a él, inmiscuyéndose en los avatares que tienen lugar en su dominio. 

Podríamos decir que el dominio del horizonte es absoluto, ocupa todos los lugares sin estar en ninguno, es real y sensible, y es mental e imaginario, es representable pero no identificable. Su origen griego lo define como lo que limita y Cicerón lo tradujo como finiens y era un término esencialmente vinculado a la astronomía hasta que en el siglo XVII su significado científico se amplió, aunque siempre evocara el lugar del amanecer o del ocaso y permitiera distinguir lo visible y lo invisible, el día y la noche.

La literatura clásica, y también la pintura, siempre fueron fieles al sentido etimológico del horizonte como aquello que determina y limita, y es que el mundo clásico era un mundo cerrado, limitado, finito y ordenado. Lo infinito, ilimitado y abierto causaba estupor hasta en el maestro Pascal que tanto apreciaba los jardines donde las perspectivas convergían en el horizonte y cerraban una totalidad mensurable y armoniosa. Mensurable como la razón, como los límites del conocimiento y como la finitud del entendimiento, que si es capaz de concebir la idea de infinito es porque la ha heredado de Dios. La finitud de la razón y de la existencia tienen por horizonte un orden trascendente que les sobrepasa y les puede santificar.

En el transcurrir del XVII el horizonte sufre una transformación, se difunde en la lengua literaria y su significado se amplía: designa no únicamente la línea del horizonte, sino todo lo que se ofrece a la mirada del espectador. La introducción de este sentido nuevo provocará una inversión de los valores simbólicos del horizonte, se liberará de la idea de límite para asociarse al de extensión y en lo sucesivo se vinculará a adjetivos incompatibles con su etimología, como inmenso, infinito, ilimitado, y esta modificación coincidirá con la profunda transformación de las ideas y de la sensibilidad: la extensión del campo visual es inseparable del crecimiento de los poderes del espíritu. 

En la segunda mitad del XVIII la metáfora se asimila a la actividad del pensamiento humano, puesto que la multiplicación y la extensión de los horizontes desarrollan la inteligencia y favorecen el progreso de la razón. Helvetius afirmará: “El horizonte de nuestras ideas se extiende cada vez más, cada día”.

Esta transformación no únicamente da cuenta de una mutación ideológica e intelectual, sino también de la aparición de una sensibilidad y de una estética nueva que se caracteriza por una reacción contra el clasicismo y que inicialmente se manifiesta en el arte del paisaje, tanto en el de los jardines como en el de la pintura. El jardín clásico, a la francesa, cede frente al jardín inglés con sus pequeños valles, claros y repliegues que sugieren una profundidad que se escapa a la mirada, perdida en una lejanía invisible y misteriosa. El horizonte, entonces, retrocede, huye, se hunde o se cubre, como el horizonte de que, cubierto por el monte y la cuesta, despierta en el poeta la idea de infinito, quietud y eternidad. 

El paisaje pictórico abandona la perspectiva geométrica y se transforma en una perspectiva atmosférica; ya no es el fondo estable de la figuras sino la profundidad indefinida en la que ellas se muestran. Diderot recomendaba a los pintores que “los campos deben extenderse hasta donde el horizonte se confunde con el cielo, y el horizonte se hunde en una distancia infinita”.

La ilimitación del horizonte es una idea constante y fundamental del paisaje romántico, tanto plástico como literario. A Baudelaire le atraían las “perspectives fuyants”, “les gouffres amers”, la “profondeur des perspectives” y para los románticos el horizonte crepuscular suponía el encuentro entre el aquí abajo y el más allá y la necesidad de franquear el horizonte que separa los dos mundos. 

Esta imagen expresa la necesidad de salir de los límites del universo sensible e intelectual del hombre, y la dificultad de acceder a este más allá que se mantiene misterioso y distante, inasible. 

Para Hölderlin, como para tantos alemanes, seguir el curso del sol poniente le permite dejar los límites terrenales para acceder a la patria ideal que el horizonte crepuscular sugiere como infinito y protector. 

A partir del romanticismo el horizonte cubrió todas las analogías posibles, desde la idea de horizonte político en expresión de Tocqueville a la imagen de la nostalgia o del tiempo por venir a la espera de nuevas perspectivas, como metáfora del espacio íntimo o el lugar donde se realiza el deseo, la idea y el amor: “Tu ressembles parfois à ces beaux horizons / qu'allument les soleils des brumeuses saisons”, de Baudelaire.


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