sábado, 2 de marzo de 2019

El Ser Iracundo

La ira puede provocar trastornos cardíacos. Más de treinta años de investigación han demostrado que la ira suele ir acompañada de trastornos cardiovasculares. Aunque nuestra ira no nos haya producido daños graves aún, sus efectos nocivos podrían estar incubándose en este mismo momento. 

Se ha preguntado alguna vez ¿Qué ocurre en nuestro cuerpo cuando nos enfadamos? Hay cambios fisiológicos como el incremento en la tensión muscular, el ritmo cardíaco y respiratorio y el metabolismo, por ejemplo, nos ayudan a prepararnos para la acción cuando estamos enojados.

La adrenalina afluye a nuestro flujo sanguíneo y la sangre llega hasta nuestros músculos y no es extraño que algunas personas cuando están enojadas, hablen de la necesidad de golpear lo que consideran blanco de su ira. Sus cuerpos están preparados para hacer exactamente eso.

Así pues, la ira nos puede ayudar a enfrentarnos a cualquier cosa que amenace nuestra vida o a cualquier otro tipo de emergencias. Pero no tiene mucho sentido cuando estamos reaccionando, de manera iracunda, ante alguna de las frustraciones habituales de la vida cotidiana, es decir: si nos sentimos frustrados constantemente, si no logramos lo que queremos, estaremos predispuestos a sentir ira y a desquitarnos con cualquier persona u objeto en el que depositemos nuestra emoción.

¿Te enojas rápidamente? Si eres de los que “se prende” en un segundo, de los de “mecha corta”, ten presente que los aumentos repentinos de la presión sanguínea que acompañan tu ira, incrementan la fuerza con la que fluye la sangre por tus arterias. Estos aumentos de flujo sanguíneo suelen debilitar y dañar el fino revestimiento de las arterias y producir cicatrices o agujeros, si las aterías se lastiman, puedes ser candidato a padecer enfermedades coronarias.

Además de un daño físico, existe otro daño igual de importante, una persona iracunda pierde amistades, genera un ambiente tenso en su trabajo, daña sus relaciones personales. En ocasiones, hay una tendencia a “desquitar” la frustración (estrés en muchos casos) con la pareja, ya que una persona iracunda rara vez razona su actuar, genera un comportamiento agresivo con quien no es la causa de su enojo. Está por demás mencionar que esto en muchos hogares es causa de violencia intrafamiliar.


¿Qué gana uno con enojarse? La respuesta es sencilla: nada. Si vemos, el estar enojado provoca más daño y tiene más consecuencias negativas para nosotros y quienes nos rodean. Esto no significa que nunca debemos mostrar enojo, sino que con el afán de mantenernos sanos física y psicológicamente es mejor regular nuestras emociones, hablar y no evitar la situación que genera nuestro malestar ya que evidentemente huir no es la mejor solución, al menos no es la más adaptada socialmente hablando.

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