Si pensamos
solamente en nosotros, alimentamos nuestro pequeño yo, alimentamos nuestro Ser
individual. Entonces, llegamos a ser nuestra imagen individual. Y nuestra
imagen propia es nuestro yo.
Tal como sentimos, pensamos y hablamos, así nos
imponemos un sello individual a nosotros mismos, porque lo humano inferior, es
decir, lo no divino que creamos, se introduce en la estructura de partículas de
nuestra alma. De allí irradia a través de todo el cuerpo impregnándolo con ello
totalmente. Nuestra constitución externa, todo nuestro comportamiento, nuestros
movimientos, nuestros gestos y mímica, nuestra expresión del rostro, así como
la forma de nuestro cuerpo, son la imagen de nuestros sentimientos,
sensaciones, pensamientos, palabras y actos.
La gente joven es
frecuentemente bonita, porque es joven. Sin embargo, la verdadera belleza es la
luz que irradia de un alma madura, independientemente de la edad terrenal. La
belleza resulta de los valores internos, de la virtud y pureza del alma.
También del rostro de una persona anciana puede irradiar el brillo de la bondad
y del altruismo. Con los años los aspectos característicos de nuestro mundo de
sensaciones y pensamientos se van grabando más y más en nuestra figura externa.
Al mirarnos sinceramente en el espejo, este nos muestra qué aspectos humanos
nos caracterizan.
Mediante la auto observación
de nuestro comportamiento podremos reconocernos y tomar las medidas necesarias
para nuestra vida. Entonces, podremos decidir libremente: ¿Queremos ser divinos
o no divinos, es decir, permanecer siendo netamente humanos? Divino significa,
entre otras cosas, estar sanos, fuertes, alegres, equilibrados y dinámicos.
Humano significa en el transcurso de nuestra vida: estar cansado, ser débil,
problemático, pendenciero, enfermizo y a menudo gravemente enfermo. Nosotros
mismos lo decidimos mediante nuestra manera de sentir, pensar, hablar y actuar.
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