jueves, 3 de enero de 2019

Infancia Y Educación

Si la pobreza afecta de manera grave al conjunto de la población de Iberoamérica, parece cebarse especialmente con la infancia, puesto que más de la mitad de los niños y niñas de la región sufren sus efectos. Según datos de CEPAL, el porcentaje de niños de 0 a 12 años en situación de pobreza es del 59% (51% en las ciudades y 80% en el campo). La pobreza infantil está a menudo asociada con una exclusión en el acceso a los servicios y a las oportunidades que les corresponden, lo que contribuye a perpetuar su transmisión intergeneracional. La situación se agudiza especialmente en las áreas rurales donde se muestra como un factor que tiende a su reproducción y que impulsa la emigración a las zonas urbanas y a otros países, generando, con ello, nuevos problemas de integración.

La población analfabeta y los jóvenes con bajos niveles de escolarización constituyen el crudo testimonio de la deuda que tiene la sociedad con una importante parte de la población. Ellos son los desfavorecidos históricos de los sistemas escolares, porque ellos estaban en edad escolar cuando la escolarización primaria tendía a la universalidad, pero el sistema no logró asegurarles la inclusión educativa y los estudios elementales. La cifra de analfabetos se sitúa en torno a los 34 millones de personas, casi el 10% de la población, mientras que el 40% de las personas jóvenes y adultas (cerca de 110 millones de personas), no han terminado sus estudios de educación primaria.

Las familias con muy bajos ingresos y con reducidos recursos personales tienen serias dificultades para promover el compromiso de sus hijos con los objetivos escolares e incluso para garantizar su asistencia a la escuela. Y muchas familias en los países latinoamericanos se encuentran en esta situación. Las familias se ven abocadas a que sus hijos trabajen o a que cuiden de los hermanos pequeños en vez de asistir a la escuela. Para estos alumnos, de poco sirve la ampliación de la educación obligatoria. Posiblemente, la conciencia colectiva de la radical importancia de la familia en la educación conduzca a que este tema forme parte inexcusable de las futuras reformas de los sistemas educativos.

El apoyo a las familias debe ir acompañado de una atención especial a la educación de los niños desde sus primeros años de vida, ya que es en estos años en los que se establecen las bases madurativas, de salud y neurológicas, los esquemas básicos de conocimiento, la provisión de estímulos y de información enriquecedora sobre todo a través del lenguaje, del desarrollo de la socialización, de las rutinas de la vida diaria y, finalmente, de la participación del niño en los procesos de aprendizaje en entornos escolares. 

Por todas estas razones, la OEI considera que su colaboración con los ministerios correspondientes para la educación de todos los niños desde las edades tempranas es la mejor estrategia para combatir la inequidad educativa desde sus raíces.

Por otro lado, es necesario señalar la importancia estratégica de la educación técnico profesional para abrir vías de inserción laboral a los jóvenes y para favorecer el desarrollo económico de los países. La oferta de un sistema integrado de formación técnico-profesional en el que participen las autoridades educativas y laborales, así como la colaboración de los sectores sociales y empresariales en el diseño de los perfiles profesionales y en las prácticas de los alumnos en las empresas es una garantía para que dicha formación responda a las demandas productivas y sea al mismo tiempo una opción atractiva para los jóvenes.

Finalmente, es preciso reconocer que existen colectivos de alumnos especialmente vulnerables: aquellos que forman parte de las minorías étnicas de un país, los que se escolarizan fuera de sus países de origen por haber tenido que emigrar sus familias, los que se encuentran en condiciones sociales desfavorables, o los alumnos que presentan necesidades educativas especiales tienen mayor riesgo de ser excluidos del sistema educativo común. En consecuencia, un sistema educativo sensible a la equidad debe comprometerse en el desarrollo de políticas de inclusión educativa que transformen las condiciones de la enseñanza y garanticen una educación de calidad para todos los alumnos.

Por estas razones, la OEI considera que debe colaborar con los países especialmente en el fortalecimiento de sus políticas de atención a la infancia, de alfabetización y educación básica de las personas adultas, de formación técnico-profesional, de inclusión educativa y de preocupación por las familias inmigrantes, con el fin de asegurar una mayor equidad en los sistemas educativos.



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